Víctor García San Inocencio

Punto de vista

Por Víctor García San Inocencio
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Hacerse viejo en Puerto Rico

Nos los recuerdan, para algunos de manera impertinente, en los noticieros. Viven en la pobreza de la soledad, que no es poco, cuando además se es pobre. Su soledad no es una natural, muchos tienen hijos que estando en el país, parece que creyesen que nacieron de una mata de plátanos.

No se ocupan de sus padres, ni de sus madres. Ni los van a ver, ni los visitan. Eso sí, de seguro aparecen a primera hora para repartir o disponer del que acaso sea el único bien, la única propiedad que dejan sus padres luego de terminar el camino viviente de su amarga vejez en soledad.

Hacerse viejo en el país de la pobreza y de la inequidad; de la dependencia y de la falta de planificación, es más injusto para cada vez un número más creciente de personas. Una cuarta parte del país ya pasó de los sesenta años y mucho más de la mitad vive bajo los niveles de pobreza. Pueden ser cerca de 200,000 quienes viven en extrema pobreza. Luego de María, y aún antes, con las emigraciones forzadas por razones económicas, saltan a la vista en muchas comunidades donde algunos vecinos son el único apoyo. Otros se han quedado aislados en urbanizaciones cerradas, o en apartamentos acompañados sumidos en sus extraordinarias necesidades.

Algunos no tienen suficiente movilidad, a otros les falta la razón, o van perdiendo la memoria y la agudeza de los sentidos. Son parte del Puerto Rico más aplastado e invisibilizado, los que ni tienen pensión para ser recortada, ni pudieron cotizar los 40 trimestres para el Seguro Social.

Un legislador presentó este cuatrienio un proyecto para facultar a los municipios a recibir en garantía la propiedad —en el supuesto que la tuvieren— de estas personas abandonadas, a fin de generar una garantía de recobro de lo gastado en proveerles servicios de cuido. El aguacero que le cayó al proyecto de ley provocó que lo retirase. No ha debido ceder, porque hay un problema que atender de múltiples formas y son necesarias varias iniciativas que incluyen legislación, reglamentación y cambios en la administración de programas junto con mucho dinero. Acompaño algunas ideas-guías pensadas rápidamente.

Un asunto tan abarcador como éste requiere múltiples acercamientos, iniciativas y discusiones francas para adelantar la atención al profundo problema social que reflejan. El hecho de que haga falta aportar conceptos y diseños a largo plazo no justifica posponer intervenir inmediatamente ahora y nunca para que el gobierno se zapatee de sus obligaciones. El apoyo a las personas de edad avanzada, o a quienes tienen padecimientos, que son abandonados o que están precariamente atendidos tiene que brindarse en y desde las comunidades.

El estímulo a la solidaridad vecinal, a la organización de la comunidad y a la capacitación de sus componentes es imperativo si se quiere llegar a este segmento vulnerable de la población que se hace viejo, muy viejo en la soledad o en la pobreza. Hay que instaurar masivamente programas de visitadores y apoyadores y cuidadores, pues son decenas de miles las personas abandonadas.

Se impone hacer un censo local de necesidades sociales —que ha debido hacerse luego de la devastación de María— pero que urge ahora todavía más realizar, donde se identifique por sitio, vivienda, condiciones especiales y necesidades a la población. Hay que levantar fondos adicionales para reformar y ampliar los programas de amas de llaves y de respiro, y dotar a las personas de adiestramientos en el cuidado propio y de terceros.

Hay que construir un banco de voluntarios y prepararlos para formar parte de una cruzada de atención permanente a las personas de la tercera edad y a las personas con condiciones especiales. Hay que educar a los hijos y familiares cercanos sobre sus deberes hacia sus ascendientes, descendientes, y demás familiares. Hay que educar a los padres sobre su derecho a privar de su herencia a los hijos que los abandonan, y proveerles los instrumentos legales para ello donde se justifique. Una tasa especial de contribuciones sobre las herencias y donaciones, o sobre el traslado casi exento de patrimonio, debe instaurarse universalmente para nutrir un fondo especial para la vida digna de las personas de edad avanzada y con condiciones especiales.

Hacerse viejo o incapacitarse no debe ser en nuestro país una condena a la soledad, a la pobreza y a la desdicha. Por el contrario, debiera ser una etapa donde todos nos aseguremos de que quienes la atraviesan lo hagan con dignidad y bienestar, y con alegría solidaria.

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Hacerse viejo o incapacitarse no debe ser en nuestro país una condena a la soledad, a la pobreza y a la desdicha, escribe Víctor García San Inocencio

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