Pepo García

Punto de vista

Por Pepo García
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Hacia un terremoto electoral

A pesar de la emigración en la última década, en las pasadas elecciones de 2016 se inscribieron para votar 2,867,557 electores, el número más alto en la historia (el segundo más alto fue en las elecciones de 2008 con 2,458,036). 

Pero en las pasadas elecciones, de los 2,867,557 inscritos solamente votaron 1,580,184. Cuatro de cada 10 inscritos no salieron a votar.

En otras palabras, a pesar de que la inscripción fue la más alta jamás vista, la abstención electoral fue la mayor de la historia de los inscritos que no votaron: 1,287,373 decidieron no acudir a las urnas. El número de votantes fue el número más bajo desde 1976, cuando 1,458,134 votaron por Carlos Romero Barceló, hace poco más de cuatro décadas.

¿Qué significa esto? Difícil de entender que esa elección tuviese números records en inscripciones y a la misma vez se produjera la mayor abstención de la historia. ¿Qué pasó que a dos meses del cierre del registro de inscripción, en septiembre de 2016, 1,287,373 de votantes inscritos desistieron de emitir el sufragio?

Las razones principales pueden ser muchas: la desconfianza en los políticos, la desesperanza ante todas las crisis que atravesamos, la desilusión con todo el proceso político y los embates de una corrupción sin paralelos. Están cansados de votar por los mismos partidos y no ven cambios favorables; partidos que han llevado a Puerto Rico a un precipicio que parece no tener fin.

Puede ser también que muchos electores decidieran no participar, porque con su voto no han logrado un cambio, lo que casi todos los partidos les han prometido. “Para qué voy a votar si pasa lo mismo siempre”, es un comentario que se escucha mucho en la calle.

Como consecuencia de esta realidad el Partido Nuevo Progresista y el Partido Popular Democrático sacaron los peores números en tiempos recientes (41.76% y 38.9% respectivamente) y Lúgaro-Cidre atraparon “baby boomers” descontentos y “millenials” y “centennials” (16.83% entre ambos) con mucho coraje, sin miedo y más visibles. Pero tampoco lograron atraer un número significativo de los que decidieron no votar en el 2016. Esos son los hechos.

La pregunta es, después de todos los eventos que han ocurrido en lo que va de cuatrienio, ¿qué pasará en las próximas elecciones? ¿Cómo será la manifestación en las urnas de un pueblo que ya envió un mensaje en las pasadas elecciones con el descontento que se venía acumulando por décadas, de la manera en que se quiera interpretar,  y cómo se expresará ahora con todo lo que ha pasado y sigue aconteciendo en el actual gobierno? Esa es la pregunta.

No recuerdo un año electoral tan convulso en todo el sentido de la palabra. Nos ha caído todo a la vez; el elemento humano y la naturaleza se han encargado de darnos una fuerte bofetada y nos hemos caído dos o tres veces. El gobierno y las instituciones democráticas han llegado a unos niveles de desconfianza que me atrevería asegurar que son históricas también.

El dolor, la incertidumbre, el desasosiego y el coraje del pueblo son el producto de tanta ineficiencia, mala administración y corrupción.

Y si algo se percibe en la calle y en las redes sociales es una insatisfacción contra los políticos de carrera, un odio a los corruptos, un basta ya, un malestar generalizado con los partidos políticos. Nunca había percibido una ira colectiva tan marcada contra el gobierno, manifestada más allá de los “pelús”, encapuchados o los tres gatos, como osaron decir en una ocasión desde La Fortaleza.

Son los hechos.

Sin lugar a dudas el partido de gobierno, en el peor momento de su historia, busca una reelección que pocos piensan que puede suceder, aunque ellos mismos están provocando las condiciones para que así pase y lograr agrupar a los estadistas en un plebiscito el día de las elecciones. Se percibe un voto castigo sin precedentes. Tampoco se percibe que en esta ocasión los electores no irán a las urnas como en el 2016.

Nos encaminamos a una elección histórica. Falta ahora saber cuántos se inscribirán, pero más importante aún, cuántos votarán y hacia dónde se irá la mayoría simple que va a ganar la próxima elección.

Falta que pasen las primarias para tener un cuadro más claro de quiénes serán los que estarán en la papeleta y qué situación nueva pueda surgir de ese proceso. Por lo que ha pasado es de esperar que el mensaje que envió el pueblo en el 2016 se replique y si eso ocurre nos encaminamos a presenciar un cambio grande en la política puertorriqueña, en lo que parece ser un cuatrienio que marcará la historia de este país.

Los elementos para que se dé un terremoto político en las urnas están ahí.


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