Josué Montijo

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Por Josué Montijo
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Hagamos lo imposible

A esta historia le caería bien la frase adjudicada al Ché Guevara: seamos realistas, hagamos lo imposible. Y es que esta historia tiene mucho de eso. Digo más, tiene muchísimo de ser realistas —con todo lo escabroso que supone el asunto— y de aplicar una gran dosis de imposibilidad para lograr lo deseado.

Advierto, esta historia no es para los que se rajan rápido, como dicen por ahí. Ni para los que se les va la vida dándole vueltas y vueltas al asunto y al final ni mueven un dedo. Es decir, los demasiado cautos, los indecisos. Esta historia decididamente es de los que se atreven, de los que se van hasta abajo, de los que le hincan el diente a lo aparentemente improbable como si de comerse unas crujientes tostadas con mantequilla se tratara. El atrevimiento como mero trámite cotidiano. Digámoslo así. ¿Las consecuencias? Pues, pamplinas.

Esta historia produce envidia. Oh, sí, demasiada. De la buena, si es que existe, y envidia de la mala mala. De esa que te hace pensar, rayando en la autorecriminación, por qué no se me ocurrió a mí. A mí que soy tan listo, que me creo arrojadísimo, que me como los niños crudos. A mí que soy lo último. A mí. A mí.

Una historia como de película bien fantasiosa. De esas que uno dice: vamos, ni que fuera así de fácil, por Dios. ¿Tengo cara de tonto? Un chin más respeto que no nos chupamos el dedo.

Pues…

¿Habrase visto algo más inverosímilmente atrevido que enviar un correo electrónico a una agencia de gobierno indicándole un cambio de número de cuenta bancaria y que se traguen la notificación así no más? De un bocado. Sin verificación. Nada de rigor técnico. Credulidad pura. Y, ¡pam!, un par de millones engrosando la cuenta del gran atrevido. Así es esta historia. Fascinante por lo simple. Aleccionadora por lo fantástica. Una historia de atrevidos que, siendo bien realistas, hicieron lo imposible.

Cómo les queda el ojo.


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