Mayra Vélez Serrano

Punto de vista

Por Mayra Vélez Serrano
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Hambre y pandemia en Puerto Rico

Solo aquellos de nosotros que hemos vivido la angustia de tener la nevera vacía y la alacena solo con arroz, conocemos la angustia de no saber de dónde vendrá la próxima comida.  Aquellos que hemos visto a nuestros padres desbaratarse en llanto por la desesperación, sabemos lo que es inseguridad alimentaria. Igualmente somos los que hemos visto la cara demoniaca de la burocracia que sostiene nuestro pésimo sistema de “beneficencia” social. 

En Puerto Rico muchos viven en una burbuja social cuyo único acercamiento a la pobreza es a través de los datos provistos por el Estado. Es un, “en Puerto Rico hay 56% pobreza infantil”, pero no la conocen de cerca. De hecho, han hecho de todo para no acercarse, desde sus colegios privados y urbanizaciones con control de acceso. 

Sin embargo, desde su comunidad y comodidad vemos dos posturas. Una violenta que culpa al pobre de su desdicha, que cuando ve a alguien con la Tarjeta de la Familia pagando una compra le sale un odio que solo se puede describir como aporofobia. Mas estos fallan al no reconocer que en nuestro sistema económico el dinero es un bien finito y, por tanto, sus resultados son de suma-cero: para que uno pueda acumular riqueza, el otro tiene que empobrecerse. 

La otra es de los buenos intencionados. Estos reconocen que hay que ayudar a los menos afortunados. Mas estos también reproducen las estructuras de pobreza y dependencia. Una estructura que suma a las familias puertorriqueñas a la vulnerabilidad. Sí, a esa vulnerabilidad de no poder resolver por cuenta propia, de tener que depender de las migajas que el Estado da. Son aquellos, que desde su bondad buscan resolver, pero no apoderar, asumiendo una postura paternalista.  

En este contexto vivimos un debate entre dos campos ante la pandemia del COVID-19. Ambos, con la intención de ayudar a los “pobres”, han hecho recomendaciones que al final del día solo perjudicarán a ese grupo, haciéndolo aún más vulnerable al contagio del COVID-19

Por un lado, destacados economistas y grupos de interés empujan la apertura de la economía. El argumento es que, si el sector privado no produce, quien se afectará será la clase trabajadora. En su “media tour” muestran preocupación por la gente sin trabajo, que no ha cobrado, que ya no tiene ahorros para comprar comida. Sin evidencia científica que lo sostenga, dicen que la solución es una apertura paulatina de los negocios tomando medidas de seguridad. ¿Qué medidas? ¿Serán mejores que las medidas que han tomado la Policía, enfermeros, y doctores? Porque aun así estos no han podido evitar ser contagiados. 

Es claro, el contagio aumentará, pero ¿quién cogerá el cantazo del inevitable aumento de contagios tan pronto se abran los comercios? Los mismos a los que dicen tratar de ayudar: aquellas personas que trabajan a $7.25 la hora, sin plan médico y días de enfermedad. 

Por otro lado, pensando también en los que están en pobreza, varios economistas, analistas y políticos progresistas, (también en “media tours”) han propuesto abrir los comedores escolares. Este grupo, que incluye a la Junta de Control Fiscal, ha citado la estadística de que seis de cada 10 niños en Puerto Rico viven en pobreza (irónico que ahora parece que la Junta se preocupa por los pobres), para sustentar los reclamos que se abran los comedores. La preocupación es genuina, hay personas ahora mismo desesperadas, niños que lo que tendrán hoy de comer es un plato de arroz, y si tienen suerte, una lata de salchichas. 

Al igual que los anteriores, recomiendan que se tomen medidas de seguridad para evitar los contagios. De nuevo, sabemos que los contagios serán inevitables. ¿Quiénes entonces se expondrán a ser contagiados? Los niños y sus familias que tendrán que ir a las escuelas para conseguir comida, sobre todo los empleados de los comedores (usualmente mujeres pobres). En vez de apoderar estaremos dándole migajas, con la inevitable consecuencia de poner a seis de cada 10 niños en una posición de mayor vulnerabilidad.

Me parece inverosímil que los llamados a ayudar a la clase pobre y trabajadora del país tengan la consecuencia de que sean estos los que se arriesguen a ser contagiados. No seremos nosotros los académicos, la clase gerencial o los empresarios (de la lista que circula por ahí), quienes nos arriesgaremos. Nosotros cobraremos desde la comodidad de nuestras casas, bien chévere trabajando “remotamente”.  

Si realmente queremos ayudar, ambos campos debemos unir esfuerzos para reducir la vulnerabilidad de la clase trabajadora y pobre de Puerto Rico. Primero, que de una vez y por todas se resuelva el embotellamiento de solicitudes de desempleo, tarjetas de la Familia y otras ayudas. Exigir un aumento en los beneficios de la Tarjeta de la Familia (PAN). Finalmente, y no menos importante, hacer posible un sistema de rastreo de contactos, pruebas masivas y una cuarentena supervisada

¡Necesitamos esto ya! Solo así podremos ayudar a los que están hoy sumados en la desdicha de verse sin dinero, de no saber cómo darles de comer a sus hijos, y a la vez protegeremos a la clase trabajadora una vez se abra la economía.

 Si no hacemos esto, terminaremos matando a los que dijimos que queríamos ayudar. 

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