Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Hamilton para creyentes

Un espectador tiene que tomar partido. Si así se mide el éxito, esa es la clave del triunfo arrollador de “Hamilton”. Los que la vimos, la peleamos de un bando, de uno solo, sin concesión alguna: un espectador tiene que sentir coraje.

Antes de que surgiera el entusiasmo por la obra de Lin-Manuel Miranda, conocía de Hamilton más o menos lo que conoce todo el mundo: que había sido uno de los llamados padres fundadores de los Estados Unidos; nacido en el Caribe, emigrado en su juventud, “hecho a sí mismo”. Esta última frase la uso con reservas. Nadie se hace a sí mismo; a las personas las van moldeando las circunstancias (¡los huracanes!, el que empujó a Hamilton no tenía nombre), y la alquimia que llega con la inteligencia y la intuición.

De Hamilton yo no sabía ni papa. De Jefferson sí, porque hubo una época, cuando era niña, que nos metían por boca, nariz y oídos aquella canción de Lena Horne que se titulaba “Now”. En ella, que yo recuerde, no se mencionaba a Hamilton. “If those historic gentlemen came back today, Jefferson, Washington and Lincoln…”. Al son de esa melodía, los maestros aprovechaban para hablar un poco de los tres.

Con los años, estuve en la casa que Jefferson se construyó en Charlottesville, Virginia. El museo no tenía por aquel entonces la sección dedicada a Sally Hemings, la esclava propiedad de Jefferson que le dio media docena de hijos. Cuando iniciaron el “romance”, Sally era una adolescente de catorce años. Jefferson tenía más de cuarenta y se la llevó a París. Eran otros tiempos, y los padres de la patria —hasta Martí, con su niña de Guatemala— apuraban la vida a dentelladas, la suya y la de sus amantes.

Viendo “Hamilton” he detestado a Jefferson, y he aborrecido a Madison. Dos comadrejas intrigantes en la puesta en escena. La ficción es ficción, y el discurso no verbal, que es parte fundamental de la teatralidad, dice tanto o más que las palabras. A todos nos dice algo distinto.

Hamilton era un hombre ardiente y libre. Resiente la muerte de un amigo, John Laurens, con una congoja hermética, aplastante, llena de sexualidad. Corazón desgarrado por algo más que la amistad, silencio clandestino mientras su mujer lee la carta que le comunica la noticia aciaga. Qué hermosura de escena.

A la esposa de Hamilton, Eliza, la he detestado casi tanto como a Jefferson. Lo siento. Es que solo lo mandaba a descansar, a dormir, a que volviera pronto, aun cuando Hamilton estaba a punto de ir a batirse en duelo. Qué lata de mujer. Sobrevivió a su esposo por cincuenta años (las latosas suelen ser viudas infinitas), y fundó el primer orfanato privado en Nueva York. Creo que era inteligente, aunque no tanto como su hermana Angélica, que nunca mandó a dormir a su cuñado. Más bien lo espabilaba cuando se le ponía a tiro.

Durante la función, a mi derecha, había un experto en “Hamilton”. Experto en todos los sentidos: en el histórico, en el artístico, la producción, su origen, los personajes, la evolución del drama (y en el carro, a la ida y la vuelta, la canciones de “Hamilton”, agradecida por la sobredosis). A mi izquierda se sentó el colega Benjamín Torres Gotay, más mundano, a quien le comentaba yo que solo a unas viejitas americanas del Illinois profundo, pero de lo más profundo, se les ocurría presentarse a la función vestidas con tricornio, guirindolas y casaca de pana. No todo está perdido en tierras de color naranja.

Lin-Manuel Miranda ya es de otro mundo. Está en otra dimensión, y se le nota en la mirada, en el movimiento, en la manera en que proyecta su visión del cosmos. Sí, quise decir el cosmos. Al fin y al cabo, esa es la clave que distingue al genio: hacernos entender la trama que ya dábamos por entendida. No habíamos entendido nada. Todo da un vuelco cuando lo cuenta él: la complejidad de Washington, la zorrería de Jefferson, la soberbia amanerada del Rey. El verdadero arte debe producirnos eso, una alteración brutal, y luego una revelación, como si nos dotaran de una nueva neurona.

Esta espectadora ni siquiera intentó leer el programa. Me adentré en “Hamilton” en blanco, para que nada me contaminara. No sé si hice bien. No sé si los demás vieron lo mismo. También el genio se permite esa virtud terrible, que es la de procurar que cada cual, miles y miles de espectadores, tengan una percepción distinta.

El hombre que mató a Hamilton se llamaba Aaron Burr, y por aquel entonces era vicepresidente de Estados Unidos. Al principio, no había brillo en sus ojos, va transformándose en la obra sin que nos demos cuenta, hasta que se convierte en la víbora que busca a como dé lugar un duelo. En julio de 1804 lo consigue: mata a un billete de diez dólares, a un huracán sin nombre que pasó por Nevis, a un cuerpo de 47 años que, en lo que a la carnalidad respecta, se marchó contento.

No voy a hablar del alma o del espíritu. No entro en bobadas. Hablo de Lin-Manuel Miranda, que viene y pone donde quiere un Hamilton viviente. Eres un Dios.

 

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