Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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"Hamilton" y la esperanza

“Al principio fue el verbo”, así comienza la Biblia, tal vez el libro más leído y traducido de la historia. El verbo, o la palabra como sinónimo de acción creadora, es lo primero que me impactó cuando experimenté la puesta en escena en Puerto Rico de Hamilton, la espectacular obra musical del puertorriqueño Lin-Manuel Miranda. El libro es la base de todo, lo que a él lo inspiró a escribir, y lo que resalta de su obra. 

Ese guión maravilloso, alabado por conocedores como Luis Rafael Sánchez, Mayra Montero y Carmen Dolores Hernández, entre otros, logra contar una historia complicada, de forma sencilla y entretenida, es el corazón de esa cebolla sobre la cual se van agregando capas que terminan produciendo una creación magistral. Los que a nivel muy sencillo hemos pasado por la angustia creativa de hacer una canción, que luego debe encajar con una melodía y un ritmo, nos asombramos aún más con la atrevida propuesta de Lin-Manuel de contar su cuento en rap, hip-hop, jazz y rock, sin negarnos algunas piezas de teatro musical, con el que este género se identifica. Lin-Manuel escribe la letra y la música que un director musical y/o arreglista convierten en una partitura que ha provocado loas de conocedores de la música.

Sobre la capa de la letra y la música, se construyen actuaciones igualmente magistrales, en canto y baile. El próximo nivel es lo técnico, impecablemente sincronizado en vestuario, escenografía, luces y sonido. En todos estos aspectos, intervienen cientos de personas, cada uno pincel en mano, que con sus trazos individuales completan la obra que el director integra. 

Además, hay un elemento indispensable: la emoción, el fin último de una obra artística, tocar el corazón del que la experimenta. Las emociones en la Sala Antonio Paoli envolvían a toda la audiencia, independientemente de dónde venían y en qué idioma eran expresadas. El mismo Lin-Manuel me dijo algo que ya ha dicho: lo que se ha vivido en Puerto Rico es único e inigualable, y cada noche es mayor. No menos importante es la labor sacrificada y muy disciplinada de técnicos, ujieres y personal administrativo del Centro de Bellas Artes.

Toda buena obra de arte, no importa en el tiempo que se escriba, se lea o se escenifique, tiene algo que decir del presente. Cada puesta en escena de Hamilton es una bofetada a las políticas antiinmigrantes del presidente Donald Trump, al que me recuerda el personaje patético y tragicómico del Rey George. Cada puesta en escena de Hamilton grita que un George Washington, o cualquier otro personaje histórico, puede ser representado por negros, latinos o de cualquier raza, porque el color de piel no debe ser impedimento para manifestar tu ser en toda su grandeza. Cada puesta en escena de Hamilton es una reafirmación del derecho de los pueblos a dejar de ser colonia y a construir su propio destino.

Cuando mi esposa y yo pasamos a una salita en la que saludaríamos a Lin-Manuel, y pocos minutos después se abrió una puerta y él apareció, tuve una imagen que aparentemente él también reconoció: el día que lo estábamos esperando para entrevistarlo frente al teatro donde se presentaba In the Hights, su musical anterior, y él simplemente salió de la boca del subway, mochila en mano, como cualquier muchacho caminando por las calles de Nueva York. Así lo volví a ver en Bellas Artes, humilde, comunicativo, preocupado por su país. ¿Cómo está todo me preguntó? Yo le contesté: tenemos problemas, muchos, pero una vez más, con lo que has hecho, se demuestra que nuestro talento colectivo, que es inmenso, nos llena de esperanzas. 

Esa misma noche que asistí a Hamilton, Edgar Martínez fue exaltado al Salón de la Fama del Béisbol de Grandes Ligas. Apenas dos días antes habían concluido unas impecables y exitosas fiestas de la Calle San Sebastián, sin incidentes que lamentar. Esa misma noche, también se discutía en los noticiarios de radio y televisión, el resultado sin novedades de una cumbre convocada por el gobernador ante la crisis de seguridad que vive el país. 

Me pareció que el escrito en la pared quedaba evidentemente claro: las artes, el deporte, la cultura, en todas sus manifestaciones, con la educación como base, son el antídoto más efectivo contra el crimen. Recortarles presupuesto y facilidades a esos renglones de nuestra vida diaria es abrirle espacio a la delincuencia. El balance de la visita de Lin-Manuel con su Hamilton a Puerto Rico es inmensamente positivo, y quedará como un hito en nuestra historia. No hay espacio para la mezquindad, solo para el agradecimiento.

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