Rafael Cox Alomar

Tribuna Invitada

Por Rafael Cox Alomar
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Hay que emular la gesta de Andréu García

Con la muerte de José Andréu García Puerto Rico pierde uno de sus grandes jueces presidentes.

¿Y cómo se define eso de ser un gran juez presidente?

Los grandes jueces presidentes son aquellos que, de forma valiente, inteligente y patriótica, transcienden la época que les tocó vivir a través de una ingeniosidad superior para atemperar el derecho a las siempre complejas y mutables necesidades de la sociedad que les tocó servir; siempre desde la óptica de lo que es justo, ético y correcto. Y Andréu García pertenece, por derecho, propio a un selecto gremio de juristas puertorriqueños. 

En un país como el nuestro, en dónde la rama judicial desde tiempos de la invasión de 1898 ha sido víctima endeble de los caprichos y manipulaciones de los actores políticos, vale la pena destacar y emular las ejecutorias de quienes con firmeza y tino estratégico han estado ahí, al pie del cañón, en defensa de la independencia judicial -la que a su vez constituye uno de los pilares fundacionales de nuestra democracia.

Para entender el abultado legado de Andréu García hay que acudir al tracto histórico de nuestro atribulado sistema judicial.

Si bien es cierto que desde la presidencia del Supremo tanto Luis Negrón Fernández y José Trías Monge (y luego Hernández Denton y Fiol Matta) enfocaron sus esfuerzos en la puertorriqueñización de nuestro sistema judicial a través de la afirmación lingüística, el rescate de nuestra tradición civilista y la democratización del acceso a la justicia, no es menos cierto que Andréu García le dio concreción al proyecto de descolonizar nuestro imaginario jurídico a través de la lucha por la independencia judicial. En un país como el nuestro, sin tradición alguna de independencia judicial, en dónde una de las primeras medidas tomadas por el gobernador militar Guy Henry en 1899 fue entregar la administración de los tribunales a la rama ejecutiva (práctica que continuó hasta 1952), su lucha por tal principio constituyó tamaña contribución. (Consúltese Orden General #12 de 6 de febrero de 1899.) Fue precisamente Andréu García quien en 1994 le hizo frente al intento partidista de aumentar sin mediar consenso el número de jueces del Tribunal Supremo de Puerto Rico. Su verbo y su arrojo fueron elementos decisivos en la derrota que sufrió el gobierno de entonces en el referéndum acaecido el 6 de noviembre de 1994.

A través de su voto, el pueblo refrendó la máxima de Andréu García quien en aquel entonces había sostenido que “las actuaciones de la rama judicial no deben estar sujetas a las influencias coercitivas de las otras ramas constitucionales.” (Véase su discurso de 14 de abril de 1993 en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica.)

Durante sus 11 años al frente de la rama judicial, Andréu García trazó lineamientos de avanzada en el campo de la igualdad de los géneros. En marzo de 1992, a solo un mes de su juramentación como juez presidente, Andréu García tomó el paso de crear una comisión judicial especial para estudiar el discrimen por razón de género en los tribunales del país. Agilizó la digitalización del manejo de los casos, echó a andar el proyecto de salones especializados en sustancias controladas y asuntos de menores, potenció los proyectos de educación legal continuada, defendió, a capa y espada, el fortalecimiento de la figura del pleito de clase instado por consumidores y logró la tan ansiada autonomía fiscal presupuestaria de la rama judicial. 

De los 17 jueces presidentes que ha tenido Puerto Rico, desde que en 1900 José Severo Quiñones tomó posesión de nuestra más alta magistratura, difícilmente ha habido alguno que al momento de su designación haya traído mayor bagaje que Andréu García, quien antes de llegar a la presidencia de nuestro más alto foro judicial se había desempeñado con distinción como juez de distrito, fiscal auxiliar, fiscal de distrito, juez superior y juez asociado del Tribunal Supremo.

Aunque su partida nos deja huérfanos de su presencia y de su calor humano, aun nos queda su iluminadora gesta y el desafío permanente de emular su ejemplo.

Descanse en paz. 




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