Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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Hay que trasladar las protestas

Los dirigentes opositores que iban al frente de la marcha ayer, cuando empezó a avanzar desde el Capitolio hacia el Viejo San Juan, se esfumaron tan pronto la situación se descontroló.

Su deber era quedarse, los líderes se quedan hasta lo último. ¿Cómo se van a ir?

Se limitaron a marchar delante, sosteniendo las pancartas, figurando en primera fila para las fotos, y luego se escurrieron convenientemente, o se refugiaron en residencias de amigos del Viejo San Juan.

No hay liderato. Ni siquiera el de la alcaldesa. Cómo la mujer llamada a proteger la ciudad, sobre todo el casco antiguo, que estaba siendo mancillado, pudo decir, hacia la una de la mañana y con lo que estábamos viendo, que “San Juan estaba bien” y que ella no podía movilizar a la Policía. ¿No la podía movilizar para evitar el vandalismo? 

Es obvio que el Viejo San Juan no debe ser el escenario de nuevas protestas. Bajo ningún concepto puede prenderse fuego, levantar el adoquinado, producir humaredas que, aparte de lo que mortifican a los residentes y comerciantes, le hacen un daño irreversible a las estructuras históricas. Un amigo arquitecto, que residió muchos años en el Viejo San Juan, solía inquietarse de manera particular cada mes de enero —aún se inquieta— por el peligro de incendio que conllevan las Fiestas de la San Sebastián. Su gran obsesión era esa: que se desatara un fuego, ya que temía que se hiciera polvo media ciudad, convertida en una ratonera para sus residentes.

Los “líderes” opositores, que no lideran nada, tienen que comprender, tienen que plantearse, cuál sería el fin último de la ira en los portones del Palacio de Santa Catalina: ¿entrar allí, colgarse de las lámparas, reventar los jarrones, desgarrar los tapices y tirar por el balcón al perro, a la manera de la razzia contra Nicolae Ceaucescu? Ninguno puede asegurar que eso no va a ocurrir. Rosselló puede salir hasta por mar, con el gorro de dormir, como en las estampas decimonónicas, si la multitud llegara hasta su alcoba. Pero que sepan que van a destruir un patrimonio irrecuperable; van a dejar muy dañado el Viejo San Juan, y los saqueos, que están a punto de caramelo, harán historia. Ni siquiera están seguras las casas de los residentes que están yéndose para pasar esta semana en un hotel.

No se puede convocar a los camioneros, a los motociclistas, a los operadores de “four-tracks”, y a la masa que querrá escuchar a sus ídolos —ídolos míos también, por cierto, en el caso de Residente y Bad Bunny—, al estrechísimo laberinto del Viejo San Juan. No es lugar, no es responsable, es de un riesgo absoluto.

Las protestas son un símbolo, y lo que importa es que sean multitudinarias. Pues que las trasladen a otro lado. El Viejo San Juan no está hecho para eso. Lo van a destrozar.

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