Ismael Torres

Tribuna Invitada

Por Ismael Torres
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Hay vida después del huracán María

Veo con alguna preocupación que después del paso del devastador huracán María, el pasado 20 de septiembre, muchos estemos actuando como si se nos acabara la vida. Y ante eso, muchos huyen del país sin preocuparles lo que dejan atrás.

Cada vez son más los que se me acercan desesperados para decirme que no toleran un día más en Puerto Rico y entran de inmediato en un viaje imaginario sobre su nueva vida en alguna ciudad de un estado de Estados Unidos, donde haya una rica actividad cultural, social y económica, como Boston, Los Ángeles, Nueva York, Miami, Dallas, Houston y Chicago.

Varios me han pedido que les consiga a alguien que pueda hacerse cargo de la venta de sus viviendas, muebles y autos porque han decidido dejar el país aunque no tengan trabajo en el lugar a donde ha decidido mudarse. Me han dicho que aunque no tengan trabajo seguro,  vivirán mejor en otro sitio porque no pueden bregar aquí con las limitaciones a causa de la devastación del huracán y lo que representa no tener servicio de agua potable ni energía eléctrica, lo que se traduce en un ambiente de miseria en las comunidades en que han vivido por años.

Tampoco resisten la idea de no poder salir a comer a buenos restaurantes como solían hacerlo antes del huracán porque no se sienten tranquilos con la calidad de los productos que le sirven a la mesa ni la certeza de que se puedan quedar a oscuras mientras cenan o festejan con amistades.

Los aterra, además, no poder mantenerse conectados “online” en sus teléfonos celulares y no poder hablar por celular a la hora que sea y de donde sea. En esas ciudades que han pensado mudarse es algo impensable no disfrutar de esos servicios por tanto tiempo y la incertidumbre que crea no tener la certeza de cuándo se “normalizará” en el país el servicio de telecomunicaciones.

La mera idea de no poder estar en su vivienda y poder dormir durante toda la noche con acondicionador de aire, tener una nevera con todos los productos que se le antoje y un televisor con sistema de cable es algo que existencialmente no pueden manejar. Mucho menos  entienden cuando uno le cuenta que hace más de un mes que no tiene servicios de agua ni luz en su vivienda y que tampoco puede guardar alimentos en la casa porque no tiene la posibilidad de refrigerarlos.

La única opción para esas personas es dejar el país, venderlo todo y montar casa en otro lugar sin posibilidad a corto plazo de retornar, aunque dejen aquí familiares y amigos y un tejido social creado durante años. Aseguran que la vida es corta y no se puede desperdiciar en medio de estas limitaciones y ante el cuadro oscuro que representa la gestión del gobierno y del sector privado para tratar de darle alguna normalidad al país.

Mientras muchos piensan así, en la otra orilla hay miles de personas que esperan en sus viviendas por los toldos de FEMA para no mojarse cuando llueva y por los alimentos que le llevarán a sus comunidades, incluyendo agua potable, medicamentos y alimentos para los más pequeños que no logran entender todavía lo que ha ocurrido a su alrededor.

Esas miles de personas que se han quedado en la otra orilla tampoco pueden enviar a sus hijos a la escuela porque los planteles todavía no han sido certificados para que puedan recibir a los estudiantes.

Y también en la otra orilla hay miles de personas que no entienden por qué hay gente que deja el país sin siquiera haber tratado y ayudar en su reconstrucción, en particular si pueden intelectualmente contribuir en el esfuerzo para que esa reconstrucción no sea una repetición burda de las muchas cosas feas que se han hecho por años en Puerto Rico en las áreas de urbanismo, desarrollo económico, educación, cultura, social y política. No ayudar en ese esfuerzo, si hay la capacidad, será algo que nunca se entenderá, por buenas que sean las razones que se argumenten.

Son tiempos de solidaridad y compañía. Sólo eso.

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