Alejandro García Padilla

Tribuna Invitada

Por Alejandro García Padilla
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Hernández Colón: el final de una era

Con la partida de Rafael Hernández Colón, la historia de Puerto Rico cierra una era.  El país no solo pierde a un gobernador visionario, a un gran abogado y a un autonomista genuino, sino que también pierde al último ejemplo de un político ilustrado.

Fue el último miembro de muchas generaciones de líderes puertorriqueños que eligieron la vida pública con un claro propósito de cómo querían mejorar al país, armados con un sólido trasfondo académico y cultural.  Desde finales del siglo XIX, hasta hoy con Hernández Colón, Puerto Rico tuvo el privilegio de contar con el consejo sabio de políticos de envergadura. Hombres y mujeres conocedores del mundo y de las fuerzas que lo mueven, enfocados en mejorar nuestra realidad como pueblo.  

Esa llama de sabiduría se apagó el 2 de mayo de 2019, cuando su corazón dejó de latir.  Causa tristeza que solo quedan algunas pavesas de ese fuego de ilustrados, en algunos políticos que le sobreviven. El lector pensará, con razón, que es un argumento también en contra mía, así como en contra de mis contemporáneos. A ellos les digo como una vez dijo la veterana periodista Irene Garzón, comentando cuando alguien me comparaba con Rafael: “distancia y categoría”.  

Hernández Colón hacia política con un estilo que hoy no sería aceptado en nuestro entorno. Ahora es casi requisito por los medios de noticias y de entretenimiento, que nos faltemos el respeto, que seamos estridentes, que estudiemos poco y hablemos mucho.  Se nos exige el comentario oportunista, aunque sea sin la razón.  Se nos convoca a la confrontación y la exageración, a veces hasta a la mentira como condición para el aplauso.  Esa fue una de las razones que me empujaron a no volverme a postular.

Conocí a Hernández Colón cuando yo tendría alrededor de seis años. Nuestras familias eran amigas y el sur aglutina.  Desde entonces y hasta el final de sus días, me impresionó siempre su capacidad analítica, su pensar pausado, antes de responder.  Admiré su intensa preocupación por el futuro del país y por la protección de la puertorriqueñidad.  Es una de las pocas personas que he conocido que intimidaba intelectualmente en las reuniones, lo que le valió no pocos enemigos internos. 

De su gestión pública, me impresionaba su fogosidad, su gran sentido de responsabilidad, el respeto y “standing” que le daba a la institución de la gobernación.

Contrario al descredito de “inmovilista y conservador” que le atribuyen sus detractores más irrespetuosos, en su larga carrera en el gobierno, Hernández Colón demostró ser un gran “puertorriqueñista” en la mejor tradición liberal de su época.  Puerto Rico era primero.  Por eso adquirido y nacionalizó la Telefónica y adquirió y nacionalizó las Navieras para abaratar los costos de transporte marítimo y combatir así las leyes de cabotaje. Creó el DACO para proteger al consumidor. Promovió las Fincas Familiares, para estimular la agricultura. Propulsó el sistema de mérito en el servicio público y luchó hasta lograr que se traspasaran al pueblo de Puerto Rico los terrenos de las bases militares americanas, algunas, como Culebra, bajo su mandato. 

Hernández Colón logró el mayor crecimiento económico que ha visto Puerto Rico desde la década de 1970 hasta nuestros días, sin necesidad de obras faraónicas ni endeudamientos irresponsables.  Solo Japón superaba en crecimiento económico a Puerto Rico en algunos años de las administraciones de Hernández Colón.  Promovió y logró con éxito que se aprobara la sección 936 y bajó el desempleo con empleos bien remunerados a tiempo completo.

Su respeto por nuestro patrimonio arquitectónico y a nuestra cultura lo llevó a obras grandes como remodelar los Cuarteles Ballajá, a restaurar el Viejo San Juan, a Convertir la vieja cárcel de La Princesa en la sede de la Compañía de Turismo y su entorno en un paseo bello, el Plan Ponce en Marcha, a demostrar nuestro talento en la Feria Mundial de Sevilla y a intentar afincar el dominio de nuestra materna: el español.

Defendió el autonomismo en la fórmula de Estado Libre Asociado con pasión y argumentos sólidos. Lo hacía con el pragmatismo de quien conocía las complejidades de Washington y las necesidades de los puertorriqueños.  Con Luis Muñiz Marín trabajó en la Comisión de Status, logró que la Asamblea del Partido Popular Democrático aprobara el Pronunciamiento de Aguas Buenas, propulsó el Nuevo Pacto que llegó a tener el compromiso del presidente Ford, y luego, el proceso conocido por los trabajos con el senador J. Bennett Johnston. Esa fue la última ocasión en que el gobierno atendió el tema del estatus con seriedad.  Al mismo tiempo, logró fortalecer las raíces que nos unen a la América Latina y a España, sin dejar de fortalecer nuestro vínculo económico y ciudadano con los Estados Unidos. 

Hernández Colón fue además un escritor prolífico sobre política y derecho.  Luego de ser secretario de Justicia a los 28 años, fue autor de legislación importante tanto desde la presidencia del Senado como desde La Fortaleza. Fue gobernador por 12 años y siempre vivió entregado a las causas nobles de su país. Fue un patriota de verdad, no de slogans.  Fue, en fin, nuestro último gran hombre de Estado. 

Nuestra generación tiene la responsabilidad de repensar qué circunstancias existían antes para convocar a líderes de esta dimensión a la vida pública y que hoy desafortunadamente escasean.

A los que sí creemos en la nación puertorriqueña, no solo la del paisaje, la música o la comida típica, sino la nación puertorriqueña de carne y hueso que a diario trabaja para construir un mejor país, nos toca imitarle. 

Hoy despido con tristeza y admiración al mentor y al amigo. Le agradezco su ejemplo y sus largos años de servicio al país.  Hoy se marca el fin de una era.

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