Sila María Calderón

Tribuna Invitada

Por Sila María Calderón
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Hernández Colón: un hombre excepcional

Rafael Hernández Colón fue un hombre excepcional. El intelecto agudo, la profundidad de pensamiento, el carácter recio y la sensibilidad humana que se conjugaban en él, lo hacían una persona única.

Lo conocí en 1973, siendo el gobernador más joven de nuestra historia y habiendo sido nombrada su ayudante especial. Fue la época en que Teodoro Moscoso y Guillermo Rodríguez Benítez regresaron al gobierno a petición de él y cuando se configuró un gabinete de jóvenes secretarios y jefes de agencias.  Esta administración estaba supervisada por la mano férrea del entonces coordinador de Programas de Gobierno y exsuperintendente de la Policía, Salvador Rodríguez Aponte.

Luego de su derrota electoral en 1976, y en los ocho años que le siguieron, Hernández Colón maduró su pensamiento político y agudizó sus destrezas administrativas.  El gobernador electo en 1984 fue un hombre diferente del que había triunfado en 1972.  Era mucho más fuerte en su carácter y al mismo tiempo, más sensible y considerado en su trato personal.  En aquellos años fue un deleite trabajar con él, a pesar del reto que sus grandes exigencias significaban para su grupo de trabajo.

Comencé como voluntaria en enero de 1985, a petición de él, con el propósito de organizarle su cuerpo de ayudantes.  Había decidido no tener coordinador de Programas de Gobierno, o “Chief of Staff”, como se conoce en inglés.  A los cinco meses de mi colaboración, determinó que sí deseaba un coordinador de Programas de Gobierno y me designó como tal.  Al tiempo creó por orden ejecutiva la posición de secretario de la Gobernación, la cual entonces ocupé.  Más tarde en el cuatrienio, me nombró secretaria de Estado, concurrentemente con mis otras responsabilidades. 

Durante cinco años, hasta finales de 1989, Rafael Hernández Colón y yo trabajamos hombro a hombro e incansablemente, en el servicio a Puerto Rico.  Creo que hacíamos una buena combinación, siendo él un pensador erudito y yo, una ejecutiva puntillosa.  Laborar con él fue una gran escuela.  Combinaba sus conocimientos extensos de las políticas públicas con su sensibilidad personal ante el sufrimiento individual de aquellos a quienes gobernaba.

Siempre fue respetuoso con sus subalternos, aún en las ocasiones, en que la molestia justificada lo embargaba por errores o falta de cumplimiento de sus ayudantes.  Nunca lo sentí alzar la voz, ni tratar irrespetuosamente a nadie.  Trabajar con él era un reto intelectual, del cual disfrutábamos todos los que conformábamos su equipo en la Mansión Ejecutiva. 

Rafael Hernández Colón y yo tuvimos una diferencia que fue pública; pero nuestro aprecio y respeto pudo más y la amistad floreció a través del tiempo.  Colaboró conmigo en mis esfuerzos políticos compartiendo sus conocimientos y sabios consejos.  Siempre había sentido afecto hacia él, el cual compartimos por muchos años, junto a su esposa y familia. 

Rafael Hernández Colón quiso a Puerto Rico fervientemente y con todas sus fuerzas.  Deseó autonomía para su patria en conjunción con una relación digna con los Estados Unidos.  El vacío que su voz deja será difícil de llenar, mas su recuerdo arderá siempre como una llama en los corazones de todos los que lo conocimos y respetamos. Honraremos su memoria empuñando la bandera de sus creencias y luchando para hacerlas realidad.

¡Gracias, Rafael, por tu servicio patriótico y entrega generosa a Puerto Rico!

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