Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Héroes, villanos, rufianes

“Esto está mejor que una serie de Netflix”, se oye a menudo por ahí en estos días de locura que vive la vieja colonia de Borinquen, con medio mundo investigando al otro medio mundo y revelaciones de pesquisas lloviendo como llovieron sapos en Egipto cuando Yavé, que sabe como nadie darle al impío por donde le duele, les mandaba plagas a dos por chavo.

Mas eso de compararnos con una serie de televisión es un análisis desatinado. Las series –buenas o malas– tienen los contornos bien definidos. Se sabe, más o menos, hacia dónde va la cosa. Uno tiene idea de quién es el héroe y quién el villano.

Aquí, en los pocos momentos de pausa de este frenesí, en los contados instantes en que se disipa, por algunos segundos, la humareda de la caballería, nos damos cuenta de que no sabemos nada. Escuchamos un tumulto como de pelea de perro al otro lado de la pared, pero no sabemos quién contra quién, ni hay conteo todavía de muertos o heridos.

Por no saber, no sabemos ni quiénes son los posibles héroes o los posibles villanos de esta trama de paroxismo que tiene a Puerto Rico en estado catatónico durante estos días.

No lo sabe, ahora mismo, ni el FBI, que después de mucho aspaviento andaba en estos días explicando en público qué investigan y tratando de que gente se les acerque para cooperar. Eso parece un indicio claro de que estas pesquisas no están, como llegamos a creer, en etapas avanzadas.

Sin testigos no hay caso. El FBI no los tiene. O por lo menos, no todos los que necesita. Por eso la inusual movida de tener a su jefe, Douglas Leff, de paseo por los medios de comunicación telegrafiando mensajes a posibles testigos o emitiendo comunicados públicos pidiendo cooperación.

Algo raro está pasando aquí. Por lo regular, el FBI no tiene problemas encontrando quién coopere. En eso, son implacables, de los mejores.

Le muestran a alguien una grabación comprometedora o una foto difícil de explicar. Le enseñan a su objetivo evidencia de algún pecadillo del pasado. Le mencionan de pasada a algún familiar o ser querido indiscreto que podría enfrentar problemas si el susodicho no coopera. Cualquier cosa que ablande, estimule la memoria o asuste y haga querer a cooperar a alguien del que se cree que puede tener buena información.

Ya se sabe de por lo menos un intento así. Había una mujer a la que la exsecretaria de Educación Julia Keleher contrató para que le llevara la ropa a la lavandería, le hiciera la compra, le echara agua a las plantas y otros mandados. Cuando los federales andaban siguiendo día y noche a Keleher, grabando quién entraba y salía de casa y hurgándole hasta en sus cuentas bancarias y correos electrónicos, se dieron cuenta de que esa dama había obtenido ayudas de beneficencia diciendo que su único ingreso era una pensión alimentaria, cosa a todas luces falsa ya que andaba para arriba y para abajo con las cosas de Keleher y eso de gratis no sería.

La acusaron. Es una táctica supercomún. Te agarran por esto y te asustan con una cárcel federal para que cooperes con aquello.

Pero, algo salió mal esta vez.

La mujer, según trascendió, aceptó su culpa sin ningún acuerdo de cooperación. Esa, por lo que se conoce hasta ahora, no será la testigo que le señale algún crimen a Keleher, de quien se dice que alega que ella no es perpetradora de crímenes, sino víctima de otros que querían empujarle contratos a la cañona a la agencia con más dinero en el gobierno.

Cuentan los vientos que Keleher, que tenía hace poco toda la pinta de blanco de pesquisa, es ahora testigo cooperadora. El tiempo dirá si es así. O quizás no, porque como pinta esto ahora, no se puede asegurar nada ni siquiera que mañana sale el sol.

Los mismos vientos dicen que otro que está loco por cooperar es un tal Raúl Maldonado Gautier, quien hasta el lunes por la mañana era una de las personas más queridas en el mundo por el gobernador Ricardo Rosselló, que le había confiado la nada inocua tarea de ser su secretario de Hacienda, su “chief financial officer” del gobierno y su director de la Oficina de Gerencia y Presupuesto (OGP).

De Maldonado, cuentan que veía sombras de agentes federales por donde quiera que pasaba y eso lo asustó mucho. Parece que ha dado algún paso en falso y cuando vio que quizás había un caso que pudiera montársele, corrió al FBI a ver a quién podía implicar, para salvarse él.

De ahí, aquella visita que hizo el viernes 21 de junio al temible edificio de la avenida Chardón.

Eso puso nerviosa a mucha gente. El lunes siguiente, cuando se la zafó la lengua en el programa de Rubén Sánchez, hablando de una mafia institucional y de que un funcionario de alto nivel trató de extorsionarlo, el gobernador, que tiene fobia a botar gente, esta vez no titubeó para accionar la guillotina.

Al otro día, dos subalternos del gobernador, el secretario de Asuntos Públicos Anthony Maceira y el subsecretario de la Gobernación, Erik Rolón, dijeron por qué Gautier Maldonado fue ejecutado: uno dijo que al que se “desvíe de la ley” le van a “volar la cabeza”, pero el otro corrigió diciendo que el único pecado de Maldonado Gautier fue ser “desleal”.

Cuando botaron sin pena a Maldonado Gautier, un hijo suyo, que tiene el mismo nombre, reaccionó iracundo en unos cuantos mensajes de Facebook en los que llamó “corrupto” y par de cosas impublicables al gobernador. Esos mensajes pusieron al muchacho en la mira de la Policía, que actuó en esto con agilidad de leopardo mientras lleva año y medio tratando de descifrar el profundísimo misterio de cómo dos agentes del aeropuerto que se suponía estuvieran sirviéndole a todo Puerto Rico estaban, en realidad, dándole escolta a Elías Sánchez cuando era un ciudadano privado y dirigía la campaña de Rosselló en 2016.

Esas escaramuzas permiten atisbar siluetas en este horizonte desfigurado, pero no muy definidas. Hay olor a Elías Sánchez y a Alberto Velázquez Piñol, dos personajes cuyos nombres son como ecos que se oyen donde quiera que se habla de esto.

Se habla de traiciones, de glotonería con los contratos públicos, de esquemas para beneficiar a ciertos conectados con información privilegiada, de súbitos desplazamientos de lealtades, de gente dejada fuera de guisos millonarios que fue con quejas a las autoridades.

Se habla de todo, pero, al final del día, se sabe muy poco. Más allá de los rumores, de las fuentes de entero crédito, de las insinuaciones aquí o allá, del bramido subterráneo del planeta, cuando se cuentan los billetes, hay, de verdad, muy poco.

Las acciones de los últimos días del jefe del FBI le bajaron las tensiones a algunos que, aun con todo el calor de estos días infernales, dormían con ropa por el temor de fueran a buscarlos de madrugada y les pasara lo del senador Abel Nazario, que tuvo que cambiarse delante de extraños.

El público, mientras tanto, había empezado a soñar con filete sirloin en el delirio de las pasadas semanas y ahora que oyó que Douglas Leff no tiene lo que parecía, teme que le sirvan hot dog.

En cuanto a lo de la serie de Netflix, solo una cosa está hoy clara: sería sin héroes ni villanos porque aquí todos hasta ahora han quedado retratados como unos verdaderos rufianes.

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