Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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Hígado graso y refrescos “saludables”

Casi todos conocemos al “asesino silencioso”: la presión alta o hipertensión arterial. Le llamamos así porque prácticamente no causa síntomas hasta que aparecen complicaciones graves como infarto cardiaco, fallo renal y derrame cerebral. Pero ahora contamos con otro asesino silencioso… y este es un asesino en serie y en serio. Comienza a agredirnos mucho más temprano que la hipertensión. Me refiero a la enfermedad del hígado graso. Pocas personas conocen este trastorno, hasta que es muy tarde. Se estima que entre 80 y 100 millones de estadounidenses padecen de hígado graso, causante de que el órgano se hinche con niveles peligrosos de grasa. Sorprendentemente, unos siete millones de niños y adolescentes también padecen de esta enfermedad.

El hígado graso aumenta el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 y enfermedad cardíaca.  Lo peor es que puede progresar a una condición más grave llamada “esteatohepatitis no alcohólica”, o NASH por sus siglas en inglés. Hoy día esta condición representa una de las principales causas, tanto de cáncer de hígado como de cirrosis, y frecuentemente desemboca en un trasplante de hígado.

¿A qué se debe esta enfermedad? Lo lógico es pensar que la causa primordial es el consumo exagerado de grasa. Pues no, ese no es el caso. Seguro le sorprenderá que la explicación en muchos casos está en el consumo exagerado de azúcar. Por décadas la industria azucarera nos vendió la idea de que la grasa era lo que teníamos que evitar a como diera lugar. Pero muchos años después, la verdad salió a flote y nos percatamos de que el azúcar, cuando se consume en cantidades exageradas, se convierte en grasa y se almacena en el hígado. Esto ocurre porque cuando nuestro cuerpo se enfrenta con una alta carga de azúcar, no es capaz de utilizarla toda a la vez. Con tal de no desperdiciar esa fuente de energía, decide convertirla en grasa para tenerla como reserva y poder usarla en el futuro, en los tiempos de las vacas flacas. 

Pero, lamentablemente, cada vez tenemos menos vacas flacas y por tanto el almacén de grasa no solo se queda lleno todo el tiempo, sino que sigue aumentando en tamaño. Digo lamentablemente porque los periodos de precariedad, como cuando el colapso de la Unión Soviética que provocó el “periodo especial” declarado por Fidel Castro en Cuba en 1991, pueden ser provechosos para la salud.  Ese periodo especial se caracterizó por una gran escasez de comida y de petróleo. Los cubanos rebajaron de peso… y como no había gasolina para la transportación, se desplazaban ya sea caminando o por bicicleta. Esa etapa, en términos cardiovasculares, paradójicamente ha sido la más saludable en la historia de Cuba. Y no estoy sugiriendo un “periodo especial” al estilo cubano, ni inventándome el dato. Está muy bien documentado en un estudio publicado en la prestigiosa revista médica British Medical Journal.

Un  artículo aparecido recientemente en otra prestigiosa revista médica, JAMA, comienza por señalar que la prevalencia de hígado graso aumentó en Estados Unidos, convirtiéndose en la enfermedad del hígado más frecuente en niños. Esta enfermedad es más común en varones que en niñas, y en niños hispanos comparados con otros grupos étnicos. La ingesta exagerada de refrescos carbonatados y jugos de fruta azucarados, que contienen una cantidad enorme de dulce, es en gran parte responsable de la epidemia de hígado graso que estamos observando. ¿Aparte de provocar un periodo especial puertorriqueño, qué otras alternativas nos quedan para combatir el hígado graso? Pues bien, ¿qué tal si en vez de abandonar esos refrescos carbonatados, los sustituimos por refrescos dietéticos (“diet sodas”), preparados con edulcorantes artificiales? 

Veamos los datos con respecto a este tema. 

Contamos con un estudio científico que confirma las sospechas de los efectos perjudiciales ligados a estos refrescos.  Les resumo los hallazgos del estudio recientemente publicado en la revista Stroke. Se trata de la más grande investigación sobre el tema. Participaron 81,714 mujeres posmenopáusicas que respondieron a un cuestionario en el cual se les interrogó acerca de su consumo de refrescos dietéticos. Después de un largo tiempo de seguimiento, se analizaron los resultados para determinar cuántas habían muerto, y cuántas habían tenido derrames cerebrales o infartos del corazón. Contrario a lo que uno esperaría, los  resultados indicaron que aquellas que consumían más de cuatro refrescos dietéticos por semana, tenían una mortalidad más alta y sufrieron más derrames y enfermedad coronaria. Los datos más graves ocurrieron en aquellas que consumían dos o más refrescos dietéticos al día. Desde luego que surge una interrogante: ¿será que las personas que consumían más de estas bebidas eran las más gruesas y que quizás la obesidad, no las bebidas, fuera la verdadera causa de estas complicaciones? Un análisis estadístico demostró fehacientemente que esa no era la explicación. 

¿Cómo es que las bebidas dietéticas aumentan la mortalidad y causan enfermedades cardiovasculares? La realidad es que no se sabe con certeza, pero se piensa que los edulcorantes pueden afectar las células que revisten los vasos sanguíneos, causando enfermedad cardiovascular.

¿Qué alternativas tenemos para combatir este problema? En ese mismo estudio prospectivo aleatorizado publicado en JAMA se comprobó que en dos meses, una dieta baja en azúcar mejora marcadamente el hígado graso. Hasta ahora es la única solución comprobada para este trastorno.

No estoy recomendando un periodo especial como solución a nuestros problemas de salud, aunque la Junta de Control Fiscal ciertamente cuenta con el poder de manufacturarnos una hambruna. Pero ¿qué tal si los más dulceros, y los consumidores consuetudinarios de refrescos en esa Junta, empiezan por darnos el ejemplo a todos los puertorriqueños y siguen mis Consejos de Cabecera? Cuando el mesero en un restaurante le recomiende deliciosos postres con mega cantidades de azúcar, hágame caso a mí, no al mesero. Recuerde que ni a los meseros ni a nadie le importa su salud tanto como puede importarle a un médico, pues al graduarnos de medicina, levantamos la mano derecha y dijimos: “Juro que usaré las reglas dietéticas en provecho de los enfermos, y apartaré de ellos todo daño e injusticia”.  

Nuestro bienestar, en última instancia, está en manos de la Junta. ¿No sería justo que también se les exigiera a ellos apartarnos “de todo daño e injusticia”?

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