Noel Algarín Martínez
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Hijos del corazón e hijos de sangre

Confieso que detesto la palabra “padrastro”. Incluso, si fuese mujer, detestaría aún más la palabra “madrastra”. El cine y la literatura han contribuido en parte a la carga negativa que arrastran ambos términos, aunque gracias a cuentos como La Cenicienta, las madrastras han llevado la peor parte. En mi caso, largos años de enfrentarme a crónicas policiacas que reseñan casos de padrastros abusadores, ladrones de la inocencia de niñas y niños, también han abonado a mi desdén por el vocablo.

Como si fuera poco, una de las definiciones de “padrastro” en el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia es: “Mal padre”.

Por esto y más no paso por alto la fortuna de mi situación personal. Tan pronto comencé una relación con mi hoy esposa, su hija resolvió solita el asunto de nombrar el nuevo vínculo familiar que se imponía sobre ambos recurriendo a la lógica y madurez que tantas veces se nos escapa a los adultos. Al entender que yo sería una presencia permanente en la vida de su mamá y en la suya, y sin confligir en la relación con su papá biológico, propuso que fuésemos mejores amigos. Para mi tranquilidad, nunca me ha llamado “padrastro”. Para su paz, nunca la he presentado como “hijastra”.

A partir de ahí hemos compartido infinidad de vivencias como familia, desde viajes y cumpleaños, hasta estar presente y alentarle en sus competencias atléticas y recitales artísticos.

Como en toda relación de amistad, en la nuestra hay días de complicidad absoluta y otros en los que nuestras opiniones van en vías contrarias. Hay días en los que nos reímos de los mismos chistes, cantamos las mismas canciones y queremos cenar lo mismo. Hay otros en los que nuestro carácter y humor no parece rimar, y en los que lograr proximidad puede ser complicado. Pero cuando la conexión se consigue (muchas veces a través de la música), es de mis momentos favoritos en la vida.

Los años han pasado y aquella niña ya es una adolescente. Sus intereses han cambiado, su personalidad y carácter va tomando forma para definir a la mujer que será cuando ingrese a la adultez. Sueña con ser actriz, pero también podría dedicarse a la música, pues canta hermoso y toca guitarra, ukelele y piano. Quizás combine ambas o, sencillamente, se dedique a otra cosa. Talentos no le faltan.

Lo que no ha cambiado en todo este tiempo es su nobleza y enorme corazón. En todo caso, se han hecho más grandes.

Curiosamente, tras tres años de convivir bajo el mismo techo, ha sido la vida la que se ha encargado de transformar y definir el vínculo familiar que nos une. Más que mejor amiga, hoy la reconozco como una hija del corazón, la recipiente de un amor que ambos hemos labrado y construido con naturalidad y esmero.

Ambos somos conscientes que lo que tenemos como familia es especial. A nuestro alrededor no abundan necesariamente casos como el nuestro. Tal vez por eso atesoramos tanto lo que hemos construido más allá de nexos sanguíneos.

Para abonar a ese lazo afectivo, muy pronto nuestra familia crecerá y a mi hija del corazón se unirá un hijo de sangre. Yo seré padre por primera vez y ella pasará a ser la hermana mayor.

Por suerte, mi hija del corazón me ha ido preparando para las alegrías y responsabilidades que llegarán con el nuevo integrante de la familia. Sin darse cuenta, es ella quien junto a su mamá me ha ido moldeando para ser papá.

Mi deuda con ellas no tiene fin. Por eso quiero trabajar para ser el mejor papá posible para el niño que ya se asoma a la vida en el vientre de mi esposa, pero sobre todo para su hermana. Encontrar ese balance entre el hijo de sangre y la hija del corazón. La carrera es larga, pero ellas me han señalado la ruta. No se puede pedir mejor guía, no se puede soñar con un mejor estreno como padre contando con ellas a mi lado.

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