Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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Hiram Sánchez Martínez: Fallout Shelter

Estaba por cumplir doce años y me estrenaba en mi séptimo grado en Yauco. La escuela tenía ciertos rótulos amarillos y negros que identificaban ese edificio como un refugio contra ataques nucleares. El logotipo era un círculo dividido como una pizza de seis pedazos: tres negros y tres amarillos intercalados. Debajo del círculo aparecían las palabras Fallout Shelter.

Aunque los estudiantes no les prestábamos mayor atención, esos letreros eran signos emblemáticos que me abrieron los ojos para un gran descubrimiento: que a los de nuestra generación nos había tocado vivir la era de la amenaza de la Tercera Guerra Mundial y sus armas atómicas.

Y aquel primer semestre estuvimos a punto de utilizar los salones para lo que decían que servían: como refugios antinucleares. El año anterior había cruzado el Atlántico la noticia de que en Alemania habían construido un muro que dividía Berlín en dos partes: la parte comunista, controlada por la Unión Soviética —Rusia, le decíamos nosotros—, y la parte occidental, controlada por los países democráticos que habían ganado la Segunda Guerra Mundial. Todo eso era parte de la llamada Guerra Fría.

Sin embargo, la Guerra Fría se calentó cuando, a mitad de nuestro primer semestre, el presidente John F. Kennedy anunció que los rusos tenían escondidos en Cuba unos cohetes nucleares para atacar a Estados Unidos, lo que en mi desinformada pubescencia significaba “para atacarnos a nosotros”. Con los días, los noticiarios y los periódicos continuaron cebando nuestro temor y, por si eso no fuera suficiente, míster Morales, el director de la escuela, impuso ejercicios de simulacro que requerían que nos trasladáramos a los salones del sótano —los marcados con los rotulitos de Fallout Shelter— donde aparentemente tendríamos mayores oportunidades de sobrevivir a una guerra nuclear entre Rusia y Estados Unidos.

Más de cincuenta años después he vuelto a rememorar esa época. Comencé a hacerlo en 2016 con los debates de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump y Hillary Clinton. Recuerdo la vehemencia con la que Clinton planteaba que sería inconcebible poner los códigos nucleares en manos de un presidente que no tuviese la experiencia ni el control o balance (¿emocional?) para saber cuándo podrían ser utilizados. Porque todos sabemos la hecatombe que provocaría la utilización “por dame acá esas pajas” del arsenal nuclear de Estados Unidos.

Desafortunadamente, el pueblo norteamericano decidió en las urnas que eso sería lo de menos, y vio un año después cómo su presidente andaba “guapeando” por esos mundos de Dios con el botón y el código de su arsenal nuclear a la mano, así como a otro perturbado (el de Corea del Norte) siguiéndole “el jueguito”. La única esperanza de la humanidad es que el Pentágono le haya entregado a Trump un código nuclear falso, pues en Estados Unidos sobre ese asunto, como sabemos, no es el presidente quien manda.

En estos días los puertorriqueños hemos tenido que escuchar no solo el rugir de la tierra sacudiéndose al sur de la isla, sino el de los rumores de guerra a raíz del asesinato del general iraní Qassem Soleimani ordenado por Trump. Solo que esta vez no sería una guerra con un frente definido, como han amenazado los iraníes, sino con acciones bélicas indescifrables de antemano, con acciones terroristas inmisericordes. Ahora de nada nos servirían los rotulitos de Fallout Shelter.

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