Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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Hitler, Trump, pedofilia y partidismo

Al leer las historias acerca de las atrocidades cometidas por Adolf Hitler y los nazis, uno no puede evitar preguntarse, ¿cómo la sociedad alemana de esa era lo permitió? Es inconcebible pensar que las ideas y acciones racistas y genocidas de un líder y su movimiento no fueran opuestas y enfrentadas de raíz por ciudadanos indignados, conscientes y responsables. Sin embargo, un repaso a la historia nos enfrenta con la realidad de que en innumerables ocasiones el ser humano ha sido capaz de ignorar y en otras ocasiones apoyar conductas repudiables de grupos o instituciones sociales a las cuales pertenece. 

Pero no hay que leer un libro de historia. Solo repasemos desde nuestra óptica insular eventos recientes locales e internacionales. Por los pasados dos años hemos visto cómo un grupo de personas en los Estados Unidos, apoya la gestión presidencial de Donald Trump. Esto a pesar de la evidencia que indica que el presidente de la nación pudo haber conspirado con Rusia para manipular las elecciones, tuvo relaciones extramaritales con varias estrellas porno, les pagó a estas personas para mantener la historia fuera del ojo público, ha cometido actos de hostigamiento sexual, ha dado lugar a la cruel e inhumana separación de familias inmigrantes, y promueve el racismo, el sexismo y la homofobia. 

Incluso pareciese ser que con cada pieza de evidencia la lealtad de su base se vuelve más contundente. Algunas encuestas indican que su nivel de aprobación entre republicanos ha alcanzado el 90%. 

Hablemos ahora de la Iglesia Católica. Las recientes revelaciones de pedofilia y encubrimiento institucional nos alarman, pero no son nada nuevo. Por décadas, la Iglesia Católica ha estado involucrada en escándalos a nivel mundial acerca del abuso de niños/as por parte de su clero. Las investigaciones apuntan a que intencionalmente, la institución religiosa más poderosa en el mundo ha usado su influencia, no para condenar esta conducta y procesar legalmente a los perpetradores, sino para esconder la información y proteger su prestigio. Aún más alarmante, es la práctica de mover a curas pedófilos a otras iglesias, poniendo en riesgo a miles de niños y niñas. A pesar de esto, esta Iglesia sigue gozando de gran apoyo a nivel mundial. 

Entonces llegamos a la política en nuestro país. Por décadas, el Partido Nuevo Progresista y el Partido Popular Democrático han presentado un patrón de malas decisiones, ineficiencia, y en algunos casos corrupción, que ha llevado al país a la quiebra. Aunque algunos comienzan a cuestionar sus acciones y demandan un cambio, la mayoría del país todavía se afilia bajo el rojo y el azul. 

Recientemente, el Partido Popular Democrático tomó la decisión de retener a Héctor Ferrer y a Roberto Prats, a pesar de su relación con la firma de cabildeo DCI Group, la cual realizó una campaña para presionar al gobierno de Puerto Rico a pagarles a los acreedores. Los conflictos de intereses en este caso pueden ser obvios para algunos que cuestionan la lealtad al país de aquellos que ponen a los acreedores antes que el bienestar del pueblo. Sin embargo, algunos líderes de la colectividad y personas afiliadas al partido mencionaron que “los platos sucios se lavan en casa”, haciendo referencia a la práctica nefasta que de nada sirve para “lavar los platos” sino para esconderlos o disfrazarlos. De seguro, en las próximas elecciones gran parte del pueblo seguirá votando por ambos partidos.

Entonces nos preguntamos, ¿por qué las personas siguen apoyando a grupos, instituciones y movimientos a pesar de la evidencia de sus actos nefastos? 

La contestación puede ser compleja, pero la Psicología Social plantea algunas alternativas. Las personas se afilian a diversos grupos porque las personas que lo componen tienen características similares o representan intereses comunes. Ser parte de un grupo puede fortalecer nuestra auto estima y nos dan un sentido de pertenencia. Esta identidad de grupo es sostenida, entre otras cosas, por símbolos (ej. bandera, himno nacional) e intercambios materiales y emocionales que benefician a la persona. La identificación con el grupo se convierte en un factor importante en cómo la persona se define y se proyecta ante la sociedad. 

La competencia o conflictos entre grupos es también un factor importante. Los miembros del grupo tienden a buscar defectos en el otro para engrandecer su propia identidad colectiva. Esto es aún más fuerte cuando estos grupos compiten por recursos (ej. empleos).   

¿Y qué pasa cuando la evidencia apunta a una falla en nuestro grupo? Por un lado, las investigaciones apuntan a que, como seres humanos, nuestro cerebro tiende a favorecer la evidencia que confirma nuestras creencias y a descartar aquellas que van en contra de las mismas. Además, cuando nos encontramos con algo que crea disonancia entre nuestras creencias y la evidencia presentada, tenemos dos opciones: cambiar la creencia o cambiar nuestra conducta para que se asemeje a la creencia.  De esta manera logramos reducir la incomodidad que nos genera esta disonancia. La influencia que tienen las figuras de poder también debe ser considerada. Es extenso el cúmulo de investigaciones que evidencian la influencia que tienen figuras de poder en nuestro pensamiento y conducta. 

Lo que expongo no es para justificar nuestras conductas, sino para entenderlas y aún más importante, atenderlas. Debemos ser críticos de los grupos que pertenecemos y de la información que recibimos. Debemos estar conscientes que nuestras propias mentes y nuestros intereses son un imán poderoso para descartar o esconder las fallas de estas colectividades. Debemos estar dispuestos a tener la dolorosa reflexión acerca de cuándo es necesario luchar por la reforma del grupo y cuándo impera que nos desafiliemos del mismo o luchemos por su disolución. Las consecuencias de no hacerlo pueden ser nefastas para nosotros y para el país. 

Hay que aprender a escuchar al otro, a considerar su evidencia de manera justa y a permitirnos sentirnos incómodos con nuestras faltas. El crecer como persona y como país depende de esto. Lo otro es ruido que solo beneficia a aquellos que están en las altas esferas de poder de los grupos a los que pertenecemos.

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