Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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Homocidio

Concuerdo con el padre de Omar Mateen, el asesino que redujo la discoteca Pulse, allá en Orlando, a almacén de cadáveres jóvenes. El desdichado hombre no era otro terrorista musulmán, como eran los atacantes de las oficinas de la revista “Charlie Hebdo” en París. No lo era a pesar de insinuarse como tal mediante periódicas bravuconadas antijudías. En cambio, sí era un homocida por los cuatro costados.

Lo demostró de varias maneras. ¿Primera? La elección de una discoteca de concurrencia mayoritariamente homosexual como escenario donde realizar tamaña atrocidad. Un crimen que recuerda, inevitablemente, “la noche de los cuchillos largos” durante el apogeo nazi. ¿Segunda? El cálculo envilecido de aguardar por la hora de cierre, ya vacía la pista de baile y disponible para centrar en sus límites el ataque homocida.

También calculó que, a la hora de cierre, el relajamiento de los concurrentes aminoraría cualquier suspicacia tras el disfrute pleno de un sábado más, como lo pregona una canción bandera de Lisette Álvarez.

Calculó bien Omar el monstruo: según la prensa varios concurrentes equivocaron el ruido de los disparos iniciales con el ruido de los fuegos artificiales, otros pensaron que el ruido de los disparos provenía de la música del reggae a todo volumen. Ni remotamente intuirían el acecho de un homófobo a punto de transformarse en homocida.

Mas, ¿por qué lo iban a intuir? Hablaban. Sobre todo bailaban. ¿No constituye el acto de bailar un rito de celebración desde que el mundo es mundo? Bailar solo, bailar acompañado, bailar cuando se está alegre, bailar cuando se está triste. Porque en el baile se ensaya la vida, se ensaya el acomodo gradual a otro cuerpo, se ensayan las idas y las vueltas.

Omar Mateen llegó a la discoteca Pulse a cumplir una agenda homocida. La cumplió a cabalidad tras asesinar a cuarentay nueve personas y dejar cincuentitrés malheridas.

No busque el lector las palabras homocida y homocidio en los diccionarios. Las acabo de inventar, bajo los efectos de la sacudida emocional que me causa la tragedia enorme de Orlando. De cualquier manera sus significados son fáciles de deducir si se toman como referencia etimológica las voces homicida y homicidio, genocida y genocidio, infanticida e infanticidio, magnicida y magnicidio y el resto imaginable.

Desde luego, el homocida aterroriza con igual pericia malsana que cualquier otro terrorista. Sin embargo, en el homosexual encarna la persona específica contra quien el homocida apunta su voluntad de destrucción. Una voluntad insaciable. Lo confirman los testimonios de los sobrevivientes al homocidio ocurrido durante la madrugada del doce de junio en la discoteca orlandina Pulse.

La mayoría de los sobrevivientes no consiguió ver al homocida Omar. Otros lograron verlo cuando remataba a los muertos. Otros sufrieron la dura encomienda de vivir para contar, su desconsuelo, entre ráfagas de lágrima y descreimiento.

Tres o cuatro días luego de su ocurrencia comienzan a ponerle al homocidio parches de una frivolidad siniestra. Que el homocida frecuentaba la discoteca Pulse. Que su esposa lo acompañó a Pulse en una ocasión. Que mientras estaba en Pulse el homocida convidaba a tragos a los muchachos con quienes charlaba. Uno especula que no charlarían sobre temas relativos a Alá. ¿O sí?

Tres o cuatro días después del homocidio comienzan a virar al revés al homocida con teorías sicológicas sobre ocultas latencias sexuales. Uno, ignorante de todo, formula una pregunta. ¿Por qué si tanto ocultaba sus latencias sexuales frecuentaba una discoteca gay?

Me irritan los parches de frivolidad siniestra. Me irritan las teorías sobre la sexualidad reprimida del homocida. Los parches y las teorías y los análisis no les devolverán una centésima de aliento a las víctimas. Peor aún, inclinarán la atención mediática al victimario. ¿Ensayan los parches frívolos y las teorías sobre una sexualidad desfigurada por la culpa, razonar la atrocidad del homocidio? ¿Ensayan concitar el ápice de piedad hacia el homocida? ¿Ensayan ponerle fecha de expiración al dolor de los parientes y dolientes de las víctimas del homocidio.

El ensayo fracasa de antemano. Cuando se quiere de veras el luto no expira. Los parientes y los dolientes de las víctimas habrán de constatarlo por el resto de sus vidas, minuto a minuto.

En fin, que viviremos a merced de las locuras revestidas de fe si no le paramos el caballo a la intransigencia y el prejuicio, el fanatismo y el odio a la diferencia contraria a la norma. Es la lección modestísima a extraer del homocidio de Orlando. Donde un homocida sacrificó una muchedumbre de individuos de la especie humana porque las preferencias sexuales de estos les resultaban impuras. ¿A él o a su dios?

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