Ibrahim Pérez

Tribuna Invitada

Por Ibrahim Pérez
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Hora cero para las aseguradoras

Para entender la aparentemente inexplicable presencia de las aseguradoras en la medicina y la salud, es necesario rebuscar la historia de cómo lograron insertarse en un mundo ajeno a su hábitat empresarial natural. Y cómo han convertido la salud y la enfermedad en un negocio altamente lucrativo.

Todo comenzó de manera casual en 1929, cuando hospitalizarse era casi sinónimo de muerte inminente. Hospitales vacíos buscaban pacientes para llenar sus camas. Fue así como al Hospital Baylor se le ocurrió ofrecer a los maestros de Dallas un seguro de hospitalización por solo 50 centavos mensuales. Un segundo evento, también imprevisto, ocurrió 13 años más tarde, cuando el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que permitía a los patronos ofrecer un seguro de salud exento de contribuciones a sus empleados para minimizar la inflación y la competencia desleal causada por la congelación de precios durante la Segunda Guerra Mundial. Dicho seguro incorporó la mayoría de la población estadounidense, convirtiendo la salud en una industria gigantesca.

Los que pensaron que las aseguradoras de salud se limitarían a ser meramente intermediarias facilitadoras de la hasta entonces sagrada relación médico-paciente se equivocaron. Las aseguradoras han tomado control del sistema de salud bajo el argumento de que ellos asumen el riesgo económico y tienen derecho a imponer sus reglas y condiciones.

Las aseguradoras han intervenido y socavado la relación médico-paciente, base intocable que regía nuestro sistema de salud. Cada día intensifican aún más su control unilateral sobre la clase médica que presta los servicios que le generan grandes ganancias. Se ha menoscabado el principio de lealtad al servicio de nuestros pacientes, cemento que sostenía nuestra mutua confianza y credibilidad, que no toleraba interferencia indebida alguna con las decisiones médicas. Que solo aceptaba directrices que fuesen éticamente legítimas, que abonaran al mejor cuidado del paciente. Que tampoco permitía lo ocurrido recientemente, que médicos sirvan como testaferros de las aseguradoras para atacar a otras aseguradoras competidoras sobre asuntos que ni tan siquiera son médicos.

Las aseguradoras han removido el manto sagrado que siempre definió y distinguió nuestra profesión, nuestra vocación y nuestro juramento. Las heridas éticas que nos han causado siguen comprometiendo nuestra integridad. Duele pensar que entidades médicas y hospitalarias se hayan hecho cómplices de las aseguradoras, en vez de combatir con dignidad y firmeza su trato abusivo y la fuga del país que han provocado de grandes talentos profesionales.

Las aseguradoras Medicare Advantage han demandado al gobierno por aprobar la Ley 90, que hace justicia a la clase médica, y por ende a sus pacientes. Tengo fe que, cuando dicha demanda sea vista en nuestros tribunales, los jueces reconozcan el monumental impacto adverso al interés público que podría significar una decisión favorable a las aseguradoras. Las aseguradoras que nunca debieron haberse lucrado de un sistema enfocado en servir a nuestros más vulnerables, reclaman a nuestra judicatura autorización para mantener inalterado su lucro, un objetivo que jamás debe estar por encima de la vida humana que juramos proteger.

Si prevaleciera el comportamiento de las aseguradoras, si no hubiese una solución justa para todos los protagonistas de nuestro sistema de salud, las aseguradoras podrían seguir obligando a emigrar más profesionales de la salud. Con una red salubrista debilitada, será muy difícil aspirar a un Puerto Rico saludable, productivo y feliz.

El lucro de las aseguradoras no puede prevalecer sobre el bienestar de un pueblo que hoy está dominado demográficamente por personas pobres sobre 65 años que padecen múltiples enfermedades crónicas debilitantes. Es a ese pueblo al que nuestras políticas públicas, leyes y contratos sobre salud deben responder y servir, al que nuestro siempre humanitario interés público jamás le dará la espalda.

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