Ana Teresa Toro

Buscapié

Por Ana Teresa Toro
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Huesos

Lo primero, un soplo. Una ventolera a través de las ventanas, una sensación de invasión. Algo invisible ocupa el espacio y no podemos hacer nada. Lo segundo, un aullido. Parecen voces, como si nos gritaran, decía mi hermana —mano en el corazón, mirada desesperada— mientras avanzaban los vientos del huracán María en Guaynabo.

Nos acercábamos a las ventanas y el cristal vibraba en nuestras manos. Hasta que nos empujó de golpe hacia atrás. Distancia. Poco a poco caían palmas, árboles de troncos robustos, pedazos de acera eran arrancados por raíces, incontables postes del tendido eléctrico sucumbían, techos, paredes, fragmentos de carreteras, árboles y más árboles, letreros de negocios, puentes, estructuras enteras, caía la piel del cuerpo de islas que somos. Quedamos en silencio. Solo una emisora y una voz al aire. Sentimos desamparo.

Lo tercero, el miedo. Saber que cuando la naturaleza se asume como la fuerza que es hay que rendirse, someterse. Temer, porque sabemos que no lo hacemos nunca, que siempre ha sido insuficiente. Lo cuarto, el miedo transformado en terror. Pasaban las horas, entraba el día y no paraban el golpe del agua ni los aullidos del viento.

Después, el shock, la conmoción, la incredulidad. No había voces, no había imágenes, no había ninguna de aquellas cosas que tanto ocupan nuestras horas —tantas veces— inúltimente en el tiempo de estos tiempos. No habría manera de saber de amigos y familiares, faltaría agua por caer, miles por rescatar. El golpe más contundente sería apenas el primero. Viajamos por la isla y lloramos ante el paisaje nuevo. La hija de una amiga le preguntó: ¿Mamá, cuándo regresan los árboles?

Puerto Rico vivía hace años la ruina política y económica, pero en la calle aún parecía el país que creíamos tener. Ahora, letreros caídos y estructuras derrumbadas, filas de gente con miradas aún sin adjetivo preciso, dan una sensación parecida a la que se tiene ante los huesos reconstruidos de un dinosaurio. Hubo una vez un cuerpo y una piel, ahora hay una memoria física de lo que fue, una memoria lejana y muerta. Sólo, bajo la aceptación de esa realidad, será posible reconstruir.

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sábado, 30 de septiembre de 2017

Huesos

Ana Teresa Toro comenta sobre el país que quedó luego de la tempestad

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