Rafael Hernández Colón

Punto de vista

Por Rafael Hernández Colón
💬 0

Hugo

Nota de la editora: Este es un extracto de las memorias inéditas del exgobernador fallecido en mayo pasado.

El viernes 15 de septiembre de 1989 me encontraba en mi oficina de Fortaleza cuando me comenzaron a llegar informes meteorológicos sobre el huracán Hugo con vientos de máxima categoría que iniciaba el cruce del Caribe con una trayectoria que afectaría a Puerto Rico. Ante esta amenaza vinieron a mi mente las muertes ocurridas cuando Eloísa en el 1975 y en Mameyes diez años después.  

Sabía que muchas de estas muertes se podían evitar si se llega a tiempo con información de la catástrofe que se aproxima a los residentes de las zonas próximas al mar o a los ríos o en terrenos inestables como Mameyes.    

Sabía también que no era fácil convencer a las familias residentes en estos lugares que abandonaran sus hogares y se fueran a los refugios. Los informes meteorológicos que emitía la radio y la televisión, eficientes y correctos en sí mismos, no eran suficientes. Había que llegar a los residentes de esas áreas a tiempo y convencerlos para que se trasladaran a un lugar seguro.  

Al otro día, sábado, con un informe del Servicio Federal de Meteorología más preciso de que el peligroso huracán nos iba a impactar, activé la Guardia Nacional para prepararnos para la emergencia. Luego, con la participación de todas las agencias que tenían que prestar sus servicios cara a la emergencia, me dirigí a todos los medios de comunicación en las oficinas de la Defensa Civil localizadas en el Fuerte de San Cristóbal para destacar la gravedad y proximidad del huracán que nos amenazaba y recabar de los residentes de las áreas vulnerables que se trasladaran a lugares seguros. La colaboración de la Guardia Nacional, de las agencias del gobierno y de los medios de comunicación era y fue de vital importancia para llevar a cabo la tarea que teníamos que realizar.  

De la Defensa Civil partí en una caravana para impactar el mayor número de áreas vulnerables que me fuera posible durante el resto de sábado y el domingo. El huracán llegaría, como llegó, el lunes (18 de septiembre de 1989). Siempre recuerdo mi recorrido motorizado por Punta Santiago al lado de la playa de Humacao, uno de los sectores vulnerables. Hacíamos ruido con las sirenas y la gente se asomaba y yo les pedía desde el vehículo en movimiento que se trasladaran a los refugios.  

Los vientos sostenidos de 140 millas por hora nos llegaron por Vieques, Culebra y Fajardo en la madrugada del lunes. En la mañana tomaron un curso hacia el noroeste devastando 54 municipios de las zonas central y norte de la Isla, los cuales fueron declarados zona de desastre. Gracias a Dios, solo ocurrieron dos muertes: una en Culebra de una persona que no quiso abandonar su velero y otra ahogada en Fajardo. Entre 90 y 100 mil personas fueron refugiadas. 13 mil de ellas se quedaron sin hogar.   

Temprano en la tarde, cuando los vientos amainaron, salí de El Morro en helicóptero hacia Vieques. La zona más severamente impactada. Como en todos los desastres los que tienen menos son los que pierden más. Encontré a Vieques completamente desolada.  

Siempre recordaré las palabras de una señora que yo conocía en la isla nena cuando al yo pasar me llamó desde el balcón de su casa. Subí al balcón. Con los ojos llorosos me abrió la puerta de entrada a la casa. Detrás de la fachada no había nada. El huracán se había llevado la casa. Me abrazó y me dijo “lo perdí todo”. Estas tenían que ser las primeras personas o familias que teníamos que atender en el proceso de reconstrucción que comenzaba al día siguiente. 

Otras columnas de Rafael Hernández Colón

💬Ver 0 comentarios