Rosario Adsuar de Bouret

Tribuna Invitada

Por Rosario Adsuar de Bouret
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Ideas, señor presidente, no balas

He leído con la pena y la nostalgia de “los tiempos perdidos” las expresiones del presidente interino de la Universidad de Puerto Rico describiendo su propósito de enfrentar la delicada situación académica de la institución “a lo Rambo”, es decir, barriendo a escopetazo limpio las estructuras del proyecto universitario fundacional establecido bajo la batuta de don Jaime Benítez a mediados del siglo pasado.

Hace unos años, una de las mejores periodistas del entonces rotativo en inglés en Puerto Rico, The San Juan Star, Connie Underhill,  publicó una magnífica reseña sobre la vida y la obra de don Jaime comparándolo con Próspero, el duque que llega con su hija a una isla cuyos únicos habitantes eran una criatura salvaje (Calibán) y un espíritu aéreo (Ariel) que le daba voz a la imaginación y a la sensibilidad. Con su batuta mágica, Próspero logra dominar a Calibán y le hace posible a su hija acceder a aquel mundo precioso que ella vislumbra habitado por gente igualmente maravillosa.

La analogía que propone la periodista es perfecta. En aquel mundo maravilloso de nuestra cultura occidental al que accediéramos los estudiantes de nuevo ingreso a la UPR en 1951 escuchamos por primera vez las voces que nos mostraban quiénes éramos, y de dónde veníamos y, ciertamente, nos mostraban la ruta a tomar para vivir una vida auténticamente humana: Homero, y el heroísmo supremo de la razón, Dante, y el camino hacia la sublimación espiritual, Tomás de Aquino, y cómo armonizar la razón y la fe - y allí nos encontramos ya a las puertas de la cátedra de la que nace la Universidad como madre y maestra de Occidente.

Allende mares y siglos se establece en Puerto Rico nuestra Universidad con más ideales que recursos pero consciente de la importancia incuestionable de su gestión intelectual. Ha sido un camino largo, a veces penoso, las más veces glorioso, que ha producido a través de los años hombres y mujeres de bien, comprometidos con su país y los principios que sostienen nuestra sociedad, que hasta los albores de este presente confuso en que vivimos sirvieron a Puerto Rico sin servirse a ellos mismos.

Necesitamos revitalizar la misión de la universidad y reconocer su importancia esencial en nuestra vida individual y colectiva.

Y, colectivamente, a la vez, entonemos como Ariel en su isla desierta, nuestro himno a la vida, al honor y a la libertad; proclamando desde sus aulas la acción civilizadora de la paz frente a la fuerza destructiva de la violencia, la claridad asertiva de la razón frente a la ceguera ingobernable de las pasiones, la obligación que decía Cicerón debe cada cual atender, al momento de llevar a cabo una acción, de evaluar si esta es correcta, y si es correcta es también justa y una vez que se determinaque es justa y correcta tener el valor de llevarla a cabo con moderación y modestia.

Difícil encomienda, pero que, con claridad meridiana, comprendimos los estudiantes que ingresamos a la universidad en esos años, suponía un mandato moral inapelable.

Guarde usted la escopeta, señor presidente interino, y saque los libros que hablan con mucha más fuerza que las balas.

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