Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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Imágenes fragmentadas

De un tiempo a esta parte, camino despacio. Podrá ser la punzada leve sobre la rodilla izquierda la que me distrae pero no me quiero perder los detalles de este paseo. El cielo azul de este invierno intenso me regala una brisa, aunque también algún sofocón inesperado —y hasta alguna torrencial nevada. El calor y la humedad aguardan a la vuelta de cualquier esquina. Nada es predecible en este planeta cuyos hielos ahora son líquidos gracias a los dementes de la tribu que agrandan la hoguera para alabar al ídolo del fuego. Reparo en la contradicción evidente pero no dejo que me domine. Ya tiene el miedo su recodo en mi cabeza pero intento que no crezca su presencia. Respiro.

El humo de mi pipa lo exhalo despacio. Bien decía un amigo que fumar untaba de gracia las palabras —y que quien fumaba ritualmente podía dibujar con los labios el contorno del verbo dorado. No idealizo el humo pero lo disfruto. Y a él vuelvo desde hace mucho tiempo. Mantener la llama encendida obliga a la pausa pero no se me da bien la paciencia. Tomo cuenta del momento y procuro no distraerme para hacerlo más largo. La llama se apaga y su extinción me exaspera. Recuerdo que cierta vez escuché a Herbie Hancock decir que para vivir la vida buena había que tornar el veneno en medicina. Comienzo de nuevo pero trato que el método no sobrepase la forma. Todo se acaba y cada cosa tiene su tiempo. Practico.

Retrato la lápida del panteón familiar para anotar la identidad de mis muertos, no sea que un día los desconozcan. No que yo pueda dar fe de haberlos conocido, pero un día escuché el relato de mis mayores evocando su recuerdo. Este cementerio tiene historia y a esta tumba me trajo mi Abuelo tan pronto pudo para contarme sus historias. Ahora, me corresponde el turno de hacer lo propio. Es una especie de morada familiar que atraviesa tres siglos y que devino monumento a esta discreta gesta mulata. Alguien leerá mis anotaciones y sabrá quién fue la primera María Luisa y quién el segundo Pedro, reposando todos con Ana, Inés y Juan  bajo la sombra del almendro y la palma de coco. Descanso.

Anoto al dorso las fotografías que encuentro, para que quien las mire un día sepa de qué van estas imágenes. Ya son pocas las versiones impresas, reducido el resto a pixeles concentrados y a muros de redes sociales. Pero quedan muchas fotos huérfanas en papel, conservadas en latas, sobres y cajas que imploran algún trazo que las identifique. Los que un día habitaron en el territorio del papel sabrán que no todo se vive de igual modo en el digital, porque todo revelado que esté bien hecho conlleva una buena dosis de agitación y paciencia. Un milagro a la vez —y nada más. Rotulo.

La mirada de mi amada despeja la sombra que la tempestad festeja. Descubro a su lado el valor de la compañía y del silencio. Me despojo de viejos ropajes que un día lucí para conformarme a ciertos protocolos aprendidos, hoy por demás inservibles. Ante la violencia institucional, el desamparo y ladestitución solo hay una hoja de ruta y habrá que andar alerta y de equipaje ligero para montar la insurgencia. Ya lo dijo Cortázar: “Mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas como me son dadas.” Yo por mi parte asiento —y sonrío.

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