Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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Imperialismo Deportivo

Hay personas que les incomoda cuando “se mezcla” el deporte con la política. Sin embargo, a través de la historia ha sido imposible hacer esta separación ya que el deporte se ha prestado como plataforma para discusiones acerca de temas como el racismo, el sexismo, la homofobia y el colonialismo. El recién terminado Clásico Mundial de Pelota no es la excepción. Los Estados Unidos consideran que la pelota es su pasatiempo nacional y que poseen los mejores jugadores en el mundo. Aunque hasta anoche, los resultados en el Clásico Mundial no evidenciaban esta creencia de superioridad, eso no los ha detenido de criticar el estilo de juego y la conducta de los jugadores de otros países.

Durante las pasadas semanas hemos leído acerca de cómo Ian Kinsler, jugador de los Tigres de Detroit, expresaba que ojalá los niños tomaran como ejemplo al equipo de los Estados Unidos para aprender acerca de cómo se debe jugar el juego. Tres preguntas me surgen de este comentario: Primero ¿a qué se refería? Se refería a su incomodidad por la manera en que, particularmente, los peloteros dominicanos y puertorriqueños demostraban sus emociones durante el juego. Los integrantes de estos dos equipos se distinguieron por sus expresiones de pasión, celebrando cada jugada significativa como si fuera la jugada que les daba el campeonato.  El equipo de dominicana ya es famoso por su exuberancia y el plátano ya tradicional que Fernando Rodney lleva al juego. Y los rubios puertorriqueños conmovieron a un país e hicieron volar sus sueños de campeonato con un equipo que evidenció unidad, resilencia y orgullo patrio. 

Segundo, ¿de que niños habla? De seguro no hablaba de los niños latinoamericanos y mucho menos de los puertorriqueños. Los niños y jóvenes puertorriqueños que rompieron con los estereotipos y prejuicios tradicionales de la masculinidad en el país pintándose el pelo de rubio para apoyar a sus héroes nacionales. Niños y jóvenes que lograron flexibilizar las reglas de muchas escuelas y colegios y padres para demostrar su apoyo. Niños y jóvenes que por los próximos meses le estarán pidiendo a sus padres que los apunten en ligas de pelota y que harán del guante y la bola el regalo predilecto de las Navidades.

Tercero, ¿quién le da la autoridad a un jugador del equipo norteamericano a estipular cómo se debe jugar un juego que se juega a nivel mundial? La mentalidad imperialista de los norteamericanos, les impide aceptar que ese juego que tanto ellos aman, se ve influido por los matices culturales de cada país. Aún más, no entienden que las emociones se construyen y se expresan en un contexto cultural específico. Pretender dictar cómo el otro expresa sus emociones, es en el mejor de los casos, ignorante y en le peor de los casos prepotente e imperialista.

El comentario de Ian Kinsler no fue el único. Irónicamente, Adam Jones, jugador Afro-Americano de los Orioles de Baltimore, también se sintió ofendido por los preparativos de celebración de nuestro equipo. Digo irónico ya que los atletas afroamericanos han sido criticados por la misma razón que se criticó a los puertorriqueños. Lo que nunca entenderá es que mientras ellos jugaban con poca fanaticada y exposición, los nuestros jugaban con el peso de un país en sus hombros.  Mientras ellos jugaban preocupados por sus contratos millonarios, los nuestros lo dejaban todo en el terreno por su orgullo patrio.

Al final del Clásico, Estados Unidos se llevó el campeonato, pero el equipo de Puerto Rico cautivó a un país, a un hemisferio con su entrega y dedicación. Y mientras el equipo de Estados Unidos pretendió definir la etiqueta del juego para los países del mundo, los nuestros exaltaron que en lo cotidiano como en el deporte, la diversidad es la sangre de la vida, y debe ser celebrada por todos y todas.  

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