Domingo J. Marqués

Tribuna Invitada

Por Domingo J. Marqués
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Implicaciones del estudio de Harvard

Los vientos de María borraron las huellas de muchos boricuas y el tiempo pasó sin que contaran sus memorias perdidas. El número de muertes que estimamos en el estudio realizado entre la Universidad Carlos Albizu y la Universidad de Harvard fue de 4,645. Sin embargo, para muchos el número importante es uno (1), pues una muerte cercana sobra. El 1 representa ese familiar fallecido, la búsqueda de esas huellas, de esa memoria perdida, ese dolor ante la pérdida de un amor que no se puede cuantificar como una línea eléctrica rota o una ventana partida.

Esta catástrofe representa mucho más que una extensión de pasados huracanes. En Puerto Rico perdimos vidas, agua potable, energía eléctrica, comunicaciones, infraestructura, libertad de movimiento, seguridad, previsibilidad y, sobretodo, los servicios sociales y gubernamentales que son la base de esfuerzos de ayuda.

Como resultado, desde el ciclón, se ha presentado un alza en la mortalidad y en el desplazamiento humano. Un 5.5% de nuestra muestra abandonó su hogar, cerca de la mitad se mudó dentro de la isla y el resto a Estados Unidos. El promedio de edad de quienes se mudaron es de 25 años, comparado con la media de edad de 50 años de quienes permanecieron en sus casas. Además de perder seres queridos por muertes, perdemos a nuestros jóvenes en edad productiva. El resultado es un mayor cifra de personas viejas y solas en áreas remotas.

La vigilancia es vital para comprender el impacto de las muertes, lesiones, y el desplazamiento de gente en las comunidades. Sin embargo, el gobierno no cuenta con datos confiables sobre cómo sufrió la persona promedio, lo cual distorsiona la respuesta inmediata, así como la preparación para esta temporada de huracanes. Nuestro estudio refleja que de los 102 días evaluados hubo un promedio de 84 días sin energía, 68 sin agua, y 41 sin telefonía. Además, sobre 31% tuvo acceso bloqueado a servicios médicos, 14.4% quedó sin medicamentos, 9.5% sin equipo de terapia respiratoria, y 8.8% no tuvo acceso al sistema de emergencias 9-1-1 cuando lo necesitó. Así que no sólo hubo muertes, sino sufrimiento para todos por mucho tiempo. Un número puede ser uno de nuestros viejos, solo, sin acceso a medicamentos, sin transportación ni comunicación, sufrimiento prevenible con desalojos acertados.

La exposición a estos elementos traumáticos aumenta muertes por suicidio, casos de abuso de sustancias, violencia doméstica, y hasta el Trastorno de Estrés Post Traumático. Debemos desarrollar un plan para facilitar la continuidad de servicios de salud basado en este sufrimiento.

La pobreza y la desigualdad social existieron antes de María, pero este desastre las ha exacerbado. Para reducir estas vulnerabilidades urge desarrollar nuestro capital social y fomentar la unidad de clases para enfrentar desastres. Mi esperanza es que el nacimiento de este movimiento permita sanar lo sufrido, despedir lo perdido, y prepararnos utilizando la información de los medios, estudios y otras fuentes posibles.

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