José Vargas Vidot

Punto de vista

Por José Vargas Vidot
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Inacción que cuesta vidas

Para todos los que caminaron esa milla tan dura y difícil, y nunca lograron llegar, nunca serán olvidados.

Una de las más puntuales y prioritarias razones de llegar al Senado fue y es lograr salvar vidas de causas prevenibles. Soy salubrista por convicción, pero ser humano por naturaleza, y he aprendido el significado del amor en la escuela del dolor.

Cada muerte por sobredosis es un ser humano que termina abruptamente un camino de pesares e incertidumbres, ya sea por el uso problemático de drogas o porque el abandono, la pérdida de una estructura familiar, el desconocimiento o la falta de pulcritud profesional de algún proveedor de servicios de salud en alguien que está medicado por la razón que sea, lo enredan en las instrucciones o lo enredan en la soledad. 

Ese deseo de reconocer la vida como un preciado regalo me ha llevado a presentar una medida, hace ya dos años, para prevenir las muertes por sobredosis de opioides. Esta medida, el Proyecto del Senado 341, luego de haber sido aprobada por ambas cámaras, fue detenida y sumida en un proceso de obscuras e inconfesables agendas promovidas, me imagino yo, por visiones anacrónicas de lo que es moral. Aparentemente, para algunas personas de hábito y religión, el que muera un humano enfermo de la adicción, es como un purgatorio que le lleva a no sé qué disparatada consideración escatológica.

La realidad es que, en este momento, se proclama el Día Internacional de Prevenir Muertes por Sobredosis, que se conmemora hoy 1ro. de septiembre, y la legislatura de Puerto Rico, en vez de prender motivadoras luces en su frío edificio, tiene que esconderse del mundo porque difícil será encontrar justificación por todas las muertes que han ocurrido en el período, en el que pudimos haber sido cobijados por esta medida.

Pero, igual que la muerte ha escondido la vida en sus inexpugnables callejones desde donde no se vuelve hacia atrás, así mismo la legislatura ha escondido su compromiso de prevenir la desgracia y el dolor de quienes están y estarán expuestos a esa milla dura y compleja de las adicciones.

Un sencillo procedimiento, una sencilla protección legal a quienes se arriesgan a salvar una vida, un sencillo medicamento es el nuevo equipaje del moderno buen samaritano. Y es que por donde quiera que miremos, no hay forma de borrar de nuestro corazón el doloroso momento en que se termina una vida que no debió haber concluido en el dolor de esa sobredosis evitable.

Cada persona que hemos perdido y aun las que han sobrevivido sin el auxilio de una intervención formal como lo plantea la engavetada medida, cargan en su cuerpo las huellas de la insensibilidad de quienes toman decisiones y no hicieron nada. 

Quién explicará a las madres, padres, hijas e hijos, esposas, las muertes que no se evitaron. Quién podrá explicar el daño cerebral y otras secuelas por no haber sido atendidos apropiadamente. Nadie, porque a la hora donde la verdad reclama la tribuna, los micrófonos de la esperanza se apagaron y con ellos, se apagó también la vida.

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domingo, 20 de octubre de 2019

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