Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Incisivo

Cuando llegué, tenía sus dientes postizos enrollados en una servilleta. “Hola abuela, soy yo, tu nieto. ¿Me recuerdas?”, le digo. “La cara sí, pero el nombre no”, dice y me sonríe con el único diente que le queda. Un incisivo. “¿Recuerdas cuando recorríamos el mundo en una guagua pública? ¿O cuando te llevé a votar? Traté de persuadirte: Muñoz Marín no te salvó de la pobreza, fueron tus manos. Tuviste que dejar la escuela para trabajar, te decía”. “Espérate nene, deja que me ponga los dientes, a ver si me acuerdo,” me dice. “¿Dónde está la pega de mis dientes?”, grita.

“Hola abuela, soy yo, tu nieto. ¿Me recuerdas?” Soy ese que está en la foto de la sala”, le digo. “Ay nene, a veces no me acuerdo ni de mi nombre”, me dice. Y mientras busca la pega de sus dientes postizos se lo recuerdo: “Te llamas Francisca Torres Báez. Te decimos Pancha. Tienes 87 años. Trabajaste casi treinta años limpiando habitaciones de hotel. Criaste tres hijos sola. Un pintor, una trabajadora social y una enfermera. Fuiste víctima de violencia de género. Eres viuda hace sesenta años. A tu esposo lo asesinaron. Seis hombres le dieron una golpiza, luego lo aplastaron con un carro”. ¿Cómo se resiste a todo eso?, me digo. No me vengas, Betances, con eso de que los puertorriqueños no se rebelan. “¿Quién se llevó la pega de mis dientes?”, grita.

“Hola abuela, soy yo, tu nieto, y vine traerte mascarillas para el día en que nos fumiguen con Naled. El gobierno invierte más en mosquitos que en viejitos. Dicen que empezarán por aquí, en Dorado. Pero tan pronto escuchemos los aviones, nos pondremos las mascarillas. Y usaremos la pega de tus dientes postizos para tapar cualquier roto en las ventanas. Será una revolución interna, abuela: sin nombres, sin próceres, sin barbas y sin banderas. Porque para rebelarse, abuela, con un incisivo basta”.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

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