María de Lourdes Lara

Tribuna Invitada

Por María de Lourdes Lara
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Innovar con humanidad

Decía Albert Einstein que la imaginación es más importante que el conocimiento. Quizás, porque la imaginación precede al conocimiento y a su fuente creadora. La imaginación faculta a los seres para representar imágenes reales o ideales. Viene de nuestro interior y nos ayuda a concebir símbolos, mundos posibles, ideas, nuevas respuestas a preguntas imposibles o, sencillamente, a abstraernos del sufrimiento en tiempo real. Un ejemplo clásico son los niños, cuando se refugian en un mundo imaginario o en un amigo secreto para evadir la violencia o el rechazo en su entorno.

De la imaginación nacen nuevos proyectos e ideas para responder a problemas y necesidades que enfrentamos como sociedad y como planeta. También, se han imaginado proyectos de genocidios, fundamentalismos destructivos para excluir y justificar la intolerancia. Se han imaginado sociedades “especiales” merecedoras sobre otras; e incluso el que los seres humanos estemos por encima de la propia naturaleza que nos mantiene vivos. En fin y como dice el refrán, la imaginación no tiene límites. Igual, no requiere de estímulos externos.

La imaginación es la madre de la creatividad porque va más allá del pensamiento lógico, de procesos premeditados, de lo que nos impone la cultura, de las aparentes certezas que nos paralizan de asumir riesgos o emprendar nuevas gestas. Permite transformarnos, transformar las relaciones y las soluciones recetadas, en soluciones que añaden valor, riqueza intelectual, humana y material. Nos permite oportunidades para ser co-creadores y co-generadores de la sostenibilidad de nuestra única casa: el planeta Tierra. Como apunta la etimología del mismo concepto de creatividad: engendrar; la veo como una pulsión que nos viene de nuestra naturaleza; sea para el bien común, excluirnos o esclavizarnos.

La ciencia, la tecnología o la expresión artística, en todas sus manifestaciones, viene como producto o resultado de un espacio imaginado, creado o innovado. La investigación y la literatura han afirmado que las personas creativas e innovadoras gozan de confinaza en sí mismos, fineza de percepción, han dado rienda a su capacidad intuitiva y muestran entusiasmo y curiosidad intelectual. También, la innovación se fortalece con la fluidez, originalidad, sensibilidad, la capacidad de abstracción y la flexibilidad del científico o artista.

Como ya podríamos ir concluyendo, crear e innovar son el resultado de un proceso muy humano, desde y para humanos. Un proceso y resultado que tiene consecuencias directas en la sociedad y el entorno para la que esta innovación diseña y opera.

Partiendo de esta argumentación, la pregunta que me viene obligada es hacia dónde ha girado la balanza de nuestra innovadora imaginación: ¿para quién y para qué innovar?

A las instituciones del Estado, el sector privado, el académico y las organizaciones de la sociedad civil nos toca responder si estamos innovando para crear políticas públicas que atrasan, en vez de adelantar prácticas democráticas y que protegen el ambiente, a la vez que logran empleos dignos para todos los sectores de la sociedad; si garantizan la salud y felicidad de las familias a las que dicen representar.

Me cuesta celebrar la “innovación” que se anuncia a través de “tecnologías alternativas” que se producen y venden a precios bajos a costa de la esclavitud de niños que trabajan en condiciones infrahumanas para extraer los minerales y materias primas que se usan para tales innovaciones.

¿Comó pensar la Universidad como epicentro del desarrollo humano, artístico, cultural y económico y a la vez hacernos de la vista larga ante una política de descarte y condiciones de hambre en los propios creadores (presentes y futuros) del conocimiento que promoverá ese desarrollo? Esto es, los estudiantes y sus profesores (en especial aquellos que trabajan a tarea parcial y sin los mínimos beneficios de un profesional con maestría y doctorado). Sobre todo ¿Cómo garantizar espacios para la propia creatividad si cerramos los espacios y embrutecemos a los niños con “innovadoras tecnologías” de puro consumo; si censuramos o excluimos a los que piensan diferente; si nos burlamos con odio de los curiosos o de los inconformes con el estatus quo?

Si innovar es un asunto de hechura humana, amerita abrir todos los espacios y tiempos posibles para imaginarla igualmente humanitaria; estimular las ciencias, las tecnologías y las artes que promuevan esta solidaridad.

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