Xiomara Feliberty Casiano
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Innovar, ¿sin luz?

Hace unos días, la Secretaria de Educación comentaba que no entendía esa manía rara de la gente puertorriqueña de desconfiar del gobierno. No comenzaré con un inventario de decepciones, pero sí señalaré ese lenguaje en común que detectamos, como diría mi abuelo, a una milla de distancia. En casi todos los discursos se resalta la frase luminaria (para ellos) de “innovaciones educativas”.

Con ese eslogan llevarían los gitanos el hielo a Macondo.

Es un discurso contradictorio. Hablan sobre ese “modelo tradicional” que no se aplica a la educación del Siglo XXI. Es común encontrar aparatos en evolución como un teléfono con cables y teclas hasta llegar al codiciado IPhone -ya no sé ni por cuál numero van. Cuando representan visualmente a la educación, se destaca un salón lleno de pupitres en formación casi militar.

Me pregunto si la solución sería comprar cojines, sillas ergonómicas, tener varios pizarrones y muchos maestros en vez de uno por salón atendiendo la diversidad de aprendizajes.

Si continuamos analizando “las innovaciones”, nos percatamos de que las alternativas al modelo tradicional son siempre tecnológicas como robots portátiles y drones volando frente los rostros iluminados de los estudiantes. Pensamos, entonces, “qué tiene de malo”. La respuesta es nada, hasta que el discurso se convierte en una excusa para invertir en talleres con supuestos expertos o gastar en plataformas digitales con deficiente efectividad. Entonces, volvemos a las preguntas de fondo. Léase, intentar dirimir cómo se ha innovado y cuántos educadores expertos en contenido tenemos en los salones.

Estamos como en la novela La región más transparente, de Carlos Fuentes. El hijo emigrante regresa de visita con una maleta de regalos. Entre ellos un triturador de alimentos. La familia lo recibe en la casa llena de velas. El hijo entusiasmado le dice a la madre “no viejecita, hay que enchufarlo, en la electricidad”. La madre perpleja responde: “Pero si aquí no tenemos luz eléctrica, hijo”.

Así estamos todos, con miradas atónitas y cables desconectados.

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