Cezanne Cardona Morales

Punto de vista

Por Cezanne Cardona Morales
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Instrucciones para robar

Siempre entraba a las canchas de baloncesto con un cuchillo. Pero el cuchillo era de su madre y, como muchos, lo llevaba adentro; no en el uniforme, no en las manos, ni escondido en las medias o en la lengüeta de los tenis, sino bien adentro: entre la garganta, el corazón y la memoria. Así, con menos o con más palabras, comienzan las memorias de Raymond Dalmau: “From Harlem a Puerto Rico”.

Ocurrió cuando Raymond tenía siete años. Jugaba pelota en un parque de una escuela en Harlem; el bate era un palo de escoba, el guante de carne y hueso y la bola de goma. Sus hermanos se alternaban para imitar los ídolos de las Grandes Ligas: Roberto Clemente, Peruchín Cepeda, Willie Mays o Mickey Mantle. Pero el favorito de Raymond era Peruchín. Le encantaba verlo en el cajón de bateo. Antes del baloncesto estuvo el béisbol, entonces tirar la bola al canasto era como pegar un buen batazo y buscar el rebote era como robarse una base.

Un buen día, apareció un grupo de adolescentes a reclamar el parque. Parecía una pandilla y eran tan morenos como ellos. Con amenazas y altanerías, les quitaron el bate, la bola y los echaron del terreno de juego. Uno de los muchachos de la pandilla, apodado Boogie, se abalanzó sobre Julio, el hermano mayor de Raymond, y comenzó a golpearlo. Al ver a su hermano vencido en el suelo, Raymond salió corriendo a buscar a su madre.

Cuando llegaron, la madre encontró a Julio con moretones y la camisa desgarrada. Por suerte, la pandilla del tal Boogie andaba todavía por el parque y, para sorpresa de todos, la madre le grito a su hijo: “¡O peleas o te doy una pela aquí mismo!” Julio creyó que era una broma, pero al verla roja de furia, y ante la humillación pública de coger una pela maternal en público, Julio se levantó, apretó los puños y desafió al tal Boogie. La escena es confusa, dice Raymond, pero al final Julio venció a su contendor.

Pocos minutos después, mientras Julio, Raymond y su madre llegaban al edificio donde vivían, apareció el tal Boogie junto a su mamá, y otras madres de los pandilleros. “Si nosotros habíamos llevado a nuestra madre al parque para que nos defendiera -dice Raymond- ahora ellos traían a sus madres para hacernos frente.” Ante la amenaza y la furia de aquellas mujeres, la madre de Raymond entró al colmado del barrio y salió con un cuchillo reluciente en sus manos. Cuenta Raymond que su madre sostuvo el cuchillo con firmeza y miró, una a una, a las madres de los pandilleros. El resplandor del cuchillo o la mirada furtiva hizo que las otras madres retrocedieran. La imagen de su madre y el cuchillo acompañó a Raymond durante toda su vida, en cada juego, canasto, victoria y fracaso.

Hace poco volví a pensar en aquella imagen del cuchillo y la madre. Escuchaba al Secretario de Seguridad Púbica decir, en la radio, que iba a desarrollar una campaña publicitaria para enseñarle al pueblo a reaccionar frente a un carjacking y cuáles eran los carros más susceptibles a robo, entre ellos el Yaris, el carro que precisamente yo guiaba. Jamás imaginé escuchar a un funcionario del gobierno dar consejos para ser robado de la manera más segura. ¿Instrucciones para que te roben mejor?

Tan pronto llegué a casa, en mi Yaris gris, me senté a releer la escena de Raymond, su madre y el cuchillo. Confieso que me sentí más seguro o menos cínico. ¿Cómo Dalmau convirtió aquel cuchillo en una imagen de rabia y amor, de filo y ternura? La respuesta era clara: a fuerza de familiares, dirigentes, maestros, instituciones y amigos. Ante el abandono total del Estado, prefiero armarme de imágenes robadas al arte de contar la vida, justo como lo hizo Lichtenberg en aquella frase: “Un cuchillo sin hoja al que le falta el mango”.

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