Miguel Henrique Otero

Tribuna Invitada

Por Miguel Henrique Otero
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Intervención militar en Venezuela: realidad y deseo

No habrá intervención militar extranjera en Venezuela. No puede haberla. Atrás han quedado los tiempos en que bastaba la decisión unilateral de un país, para poner en marcha una amplia movilización de efectivos, que por distintas vías ingresaban a otro país, dispuestos a enfrentar con armas las resistencias que pudiesen encontrar. El nuestro es un tiempo donde las complejidades políticas, diplomáticas y jurídicas constituyen una dificultad real para convertir ese, que es el deseo de muchos, dentro y fuera de Venezuela, en una realidad.

Análisis realizados por expertos militares de varios países con los que he tenido oportunidad de conversar, así como la información que proviene desde los propios cuarteles venezolanos, autorizan estimar que, si se produjese tal hipotético escenario, ocurriría lo que alguien ha llamado “el efecto GRE” (la sigla GRE se refiere a la Guardia Republicana Especial, de Sadam Hussein), es decir, ante la aparición de las tropas norteamericanas, las unidades revolucionarias se disolvieron en cuestión de horas, apenas hubo resistencia, los soldados huyeron de forma desorganizada, abandonando sus armas, uniformes y documentos que pudieran servir para identificarlos más tarde.

Una de las cuestiones esenciales que explica “el efecto GRE”, es causado, paradójicamente, por el uso abusivo de la ideologización: la formación centrada en el discurso, el palabrerío constante, la creación de rutinas que obligan a los soldados a ratificar su lealtad, las prebendas que se otorgan por actuar de manera cómplice con el poder ilegítimo, producen el efecto contrario a la cohesión: los soldados se cansan, se percatan en silencio de todo lo que la adhesión significa, comparan su realidad con la realidad de sus familias y del país, pierden el interés o el compromiso con la institución a la que pertenecen, comienzan a contar los días que faltan para la baja, para huir o para volver a la vida civil de una vez por todas, y sacarse de encima el malestar de haber servido a una organización corrupta y que sirve a intereses contrarios al de los ciudadanos.

En los testimonios de los ex soldados de Irak que fueron capturados por las fuerzas invasoras, una constante se repite de forma obsesiva: estaban hartos. Mientras mayores esfuerzos hacían los miembros de alto mando de la Guardia Republicana Iraquí por mantener el culto a Hussein y al baazismo, mayor era el rechazo entre los uniformados. Lo otro fundamental, también semejante a la situación venezolana, es que las GRE estaban acostumbradas a ejercer su fuerza en contra de civiles indefensos (como ocurre con las FAES venezolanas). Experimentaban un poderío, parecido a la sensación que siente un matón de barrio ante un niño de diez años. Cuando el entrenamiento real de esas fuerzas especiales que el poder crea para su propio uso, se basa en el aplastamiento y liquidación de civiles desarmados del propio país, la moral del grupo se desintegra, se erosiona. En vez de conformarse como un cuerpo puramente militar, adquiere la condición de banda armada, inescrupulosa, arbitraria y violenta: objetivo fácil para cualquier comando militar de alto nivel profesional.

A lo anterior habría que añadir el estado real de los cuarteles venezolanos, carcomidos por el hambre, el cansancio permanente, la imposibilidad de dormir y descansar (he visto fotografías de colchonetas que no son más que desechos), el calor que escuece a toda hora, la carestía total de recursos para combatir las plagas y mantener los alimentos en condiciones comestibles, por falta de neveras que funcionen y de sistemas de refrigeración adecuados para su transporte. He visto, además, fotografías de los huertos de algunas instalaciones militares: arbustos escuálidos y resecos, plantas que no arrojan frutos. Una demostración, otra más, de fracaso anunciado. 

Pero todavía hay un capítulo que añadir que, quizás, sea el más importante síntoma de lo que está ocurriendo con la fuerza militar venezolana: el sentimiento generalizado, en todos los niveles, de inutilidad. Oficiales y soldados que rechazan la pretensión de convertirles en campesinos de cuartel, sin que haya nadie que verdaderamente pueda brindar alguna asesoría de cómo producir alimentos. Sensación de inutilidad por algunas órdenes que reciben -por ejemplo, de movilizarse y regresar-, cuyo sentido nadie entiende. Reuniones del personal para escuchar la lectura de comunicados y proclamas, cuyo mejor resultado son la risa o el aburrimiento de quienes las escuchan.

Si alguna utilidad tiene el debate sobre la hipótesis de la invasión militar extranjera a Venezuela, es para llamar a atención sobre la deplorable situación de la FANB, entidad que ha terminado reproduciendo el estado de cosas del país: una cúpula gorda, corrupta y prendada de sí misma, y una tropa hambrienta y desestimulada. Ese es una de las cuestiones clave. La otra, también relevante, es lo extendido del deseo de invasión, que campea a sus anchas, dentro y fuera de Venezuela. 

¿Qué lo explica? Muchas razones, pero la más importante de todas, es que el régimen de Maduro ha cerrado todas las vías posibles para el ejercicio de la política, para la defensa de las libertades, para que el país pueda salir del circuito de miseria y muerte al que se encuentra sometido. Puesto que no se visualiza ninguna salida; puesto que los experimentos de diálogo mostraron que no son sino estratagemas del gobierno para ganar tiempo; puesto que el gobierno ha demostrado su absoluta insensibilidad ante la destrucción de las familias venezolanas, el pensamiento, el deseo de una intervención militar opera como una vía de escape, como un recurso para mantener abierta una rendija hacia la esperanza de un cambio en nuestra adolorida Venezuela.

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lunes, 12 de noviembre de 2018

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