Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Inventario navideño

Las Navidades son cada vez más largas. Antes arrancaban en “Thanksgiving”, continuaban hasta la reyada y culminaban con las octavitas. Ahora rompen en “Halloween” y cierran con las Fiestas de la calle San Sebastián. Quizás duran tanto por ser una especie de premio a la sobrevivencia. Llegan justo después de la temporada de huracanes y nos libran, cuando toca, del agobiante suplicio electoral. Con todo y su función terapéutica, no están exentas de calamidades.

Una Navidad sin pasteles, arroz con gandules ni lechón es una verdadera tragedia de mesa. Pero conseguir pasteles buenos se está volviendo complicado. ¿Será porque su fabricación es demasiado trabajosa para estos tiempos? ¿Será porque la crisis de la deuda obliga a producir pasteles ciegos? Agenciarse los gandules tampoco es fácil. Por suerte, a falta de granos frescos criollos, están los importados de Quisqueya y las benditas latas salvadoras.

¿Y el lechón? La mera sospecha de que la crianza de cerdos pudiera no dar abasto desataría una depresión clínica masiva. Ante tan angustiosa posibilidad, se extinguirían en menos de veinticuatro horas la totalidad de los puercos vietnamitas del Caño. El problema es que, debido a la dudosa higiene alimentaria de esas exóticas criaturas, el Departamento de Salud se ha visto forzado a desaconsejar su consumo. ¡A temblar iguanas y caimanes invasores! En caso de insuficiencia porcina, sus ingratas carnes sustitutas podrían garantizar la Nochebuena.

Escasas, por cierto, andan también las parrandas. Los jolgorios privados en áreas protegidas parecen haberles ganado la partida. Evidente que el terror a convertirse en otra baja de la criminalidad supera la pulsión ancestral de la serenata espontánea. Innegable que la idea de un asalto domiciliario disfrazado de trulla amistosa le congela las ganas a cualquiera.

La estación festiva, costosa de por sí, sería mucho más llevadera sin el compromiso de las dádivas obligatorias. Ni con la ayuda del precario bono del gobierno se cubren a veces los gastos dobles de Santa Claus y los Reyes. Y eso sin contabilizar la ristra de “aguinaldos” que hay que repartirle a medio mundo por servicios bien o mal rendidos. El aprieto del regalo inevitable tiene su resuelve de emergencia: el “pasar p’alante” (léase reciclaje) de objetos engavetados. La opción encierra, por desgracia, un riesgo: el embarazoso retorno del obsequio a las manos de su donante original.

Y, entre otros temas delicados: ¿habrá manera de acabar con la maldita manía de los petardos? Sin tímpanos y sin sosiego queda uno tras los estallidos incesantes que “animan” la despedida de año y noches colindantes. Bajo el bombardeo inmisericorde, ancianos, bebés, mascotas y veteranos de guerra sufren ataques de nervios, convulsiones y hasta infartos. Y ni hablar de los cuartos de dinamita que agrietan edificios y estremecen alcantarillas. Amén de los tiros al aire que le siembran una bala perdida en la cabeza al más precavido. Voto por que esas prácticas salvajes sean erradicadas de inmediato y sin contemplaciones.

En materia de tradición, abundan las novedades. Me cuentan que las cabalgatas de Reyes han sufrido una transformación perturbadora. Gaspar, Melchor y Baltasar han cambiado sus respectivos camellos por sendos “four tracks”. Y regatean de madrugada, en túnica y corona típicas, por las principales avenidas de la zona metropolitana. De Santa Claus no se ha sabido nada. Deben haberlo reclutado para la escuelita de la estadidad. Me entero, por otra parte, que algunas misas de gallo, haciendo honor a su nombre, han recibido la visita de una procesión de galleros con sus aves peleadoras al hombro. Explíquenle esa pintoresca modalidad de protesta a los federales.

Con sus pros y sus contras, las Navidades siguen siendo la máxima expresión del irreprimible espíritu puertorriqueño. Su extensión épica, su gastronomía exquisita, su caudaloso y emotivo repertorio musical, sus ritos espirituales y mundanos, su creatividad decorativa y su alegría bullanguera les imprimen un carácter único y entrañable. Por cuanto y por tanto, propongo que la UNESCO – tal como lo ha hecho con el punto cubano y el merengue dominicano - las declare ipso facto “Patrimonio Cultural de la Humanidad”.

He ahí, mis dilectos lectores, la solución definitiva a nuestro embrollo fiscal. Con la nueva “marca país” que promocionaría a Puerto Rico en el extranjero, vendría una bonanza turística sin precedentes. Vuelos y cruceros se multiplicarían exponencialmente. Convenciones profesionales, competencias deportivas, excursiones religiosas y festivales de todo tipo trasladarían sus sedes a la Isla. Hoteles y paradores estallarían de huéspedes. Sin excluir a los moteles, lo que de paso podría incentivar un oportuno aumento en nuestra menguante tasa de natalidad.

Privada de justificación, la Junta de Control Colonial cogería por fin la juyilanga. El peligro es que los americanos, siempre pendientes al billete, aprovechen la coyuntura para convertirnos, de costa a costa, en un Disneyworld tropical de invierno. Entonces tendríamos que buscar asilo en el planeta más cercano en lo que pasan los tres infinitos meses de las que otrora fueran conocidas como las mejores Navidades de la Tierra.

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