Mayra Montero

Tribuna Invitada

Por Mayra Montero
💬 0

Irma, o el miedo necesario

Siempre nos han sorprendido dando un giro hacia el norte, alegoría de una mentalidad.

En esta ocasión, es casi seguro que el rumbo del huracán se mantenga al oeste. Significa que no nos despertaremos, como otras veces, en un día tranquilo —cuando la noche anterior nos acostamos persuadidos de que íbamos a abrir los ojos a una mañana de perros— lo que ha dado pie, en el pasado, a las bromas sobre la puntería de los meteorólogos y los políticos que cancelan clases y trabajo. A García Padilla le pasó dos veces.

A la hora en que escribo, el huracán no acaba de coger esa curva que lo alejaría, y esta vez parece que veremos bastante rabia de los elementos, lo que suena un poco cursi, sí, pero no hallo el modo de desdramatizar.

En mi opinión, la nota más sobrecogedora en torno a los preparativos para el huracán, no es lo cerca que pasará el ojo por la costa norte. Ni la posibilidad de que un monstruo de esa envergadura descargue vientos de fuerza inédita sobre barrios y ciudades que no están preparados para tanta furia. Ni siquiera que se cumpla el vaticinio de los científicos que han venido advirtiendo de los desastres que ocasionaría una marejada ciclónica tan imponente como la que se espera.

A mí, sinceramente, lo que más me ha impresionado es que tengamos un portaaviones anfibio designado, listo para zarpar en caso de que la Isla precise de mecanismos de rescate urgente. El portaaviones, una nave de asalto llamada “USS Kearsarge”, acudirá con sus helicópteros, sus lanchas rápidas, y esos equipos que normalmente lleva para alcanzar áreas donde no pueden usarse otros medios de salvamento.

De pronto, el escenario espanta. Un ciclón, en nuestro imaginario, es un ciclón, música costumbrista. Un ciclón con portaaviones listo para intervenir, afloja un poco las rodillas.

Este será el primer huracán que enfrentemos con actividad masiva en las redes sociales. Ni cuando Hugo, 28 años atrás, ni cuando George, hace ya 19, existía el hervidero de tuits, mensajes de texto, teléfonos con cámaras de alta definición, y esa necesidad “emocional” de querer colgar el vídeo más impactante o la fotografía más asombrosa. Habrá idiotas que le den prioridad a este asunto. Eso se ve venir.

Morirá, desgraciadamente, alguna gente que, aun siendo cautelosa, y tomando todas las precauciones que aconsejan las autoridades, enfrentará la destrucción en sus hogares, el imprevisto de un derrumbe, o el accidente que de ninguna manera pensaron que iba a producirse. Correrán peligro esos seres humanos que se exponen debido a la naturaleza de su trabajo. Esas serían las verdaderas víctimas de un fenómeno tan devastador.

Los otros no son víctimas, sino números. Carne de estadística: aprovechan la circunstancia para hacerse los graciosos, para ejercer de temerarios, o para impresionar en las redes. El problema es que también hay que salvarlos. Se ha dado la circunstancia de que ese tipo de personaje puede salir ileso, mientras provoca una desgracia entre las personas que lo rodean o acuden en su ayuda. En todo caso, ocupan innecesariamente al personal que se necesita donde están las verdaderas víctimas.

Habrá de todo en este paso colosal de Irma: los que desafiarán a la lluvia y al viento; los que se acerquen al borde del mar para hacerse selfies; los que circularán por las avenidas intransitables para “contarlo” en vivo, y los que correrán a surfear en las descomunales olas.

Si se trata de adultos, a su riesgo lo hacen. Ya lo insinuó el secretario de Seguridad Pública: los imprudentes no pueden aspirar a ser rescatados.

A lo sumo (agrego yo), a ser colgados, con todos los honores, del palo mayor del portaaviones “USS Kearsarge”, que permanecerá vigilante.

Si por el contrario se trata de menores, advierta Familia que responsabilizará a los padres.

En tiempos del huracán Hugo, cuando solo los más viejitos tenían recuerdos de lo que era un huracán fuerte, y no había internet, se entendía que algunos cometieran imprudencias. En tiempos de George, cuando tampoco existía esta marea de información que hay hoy, todavía se podía disculpar el desliz de un idiota. Pero en la actualidad todo el mundo tiene un celular. Todo el mundo sabe lo que va a pasar.

Nadie puede alegar ignorancia sobre la bestia que avanza por el mar Caribe.

En un país hundido en la peor crisis económica de su historia, donde se está haciendo un gigantesco esfuerzo para proteger a la población, sacando de donde no hay para preparar refugios, recoger las calles, llamar prácticamente a cada puerta, no tiene perdón de Dios el que, deliberadamente, por broma o imbecilidad, se mete en la boca del lobo.

Aquí hay que hablar duro. Meter todo el miedo del mundo, porque lo amerita el caso. Los condescendientes, los políticamente correctos, y los piensan que no hay que asustar a niños ni mayores, que se salgan del medio.

Otras columnas de Mayra Montero

martes, 29 de agosto de 2017

Este tembloroso viernes

La escritora Mayra Montero reacciona a la demanda de la Junta federal al gobernador Rosselló

💬Ver 0 comentarios