Nilka Estrada

Tribuna Invitada

Por Nilka Estrada
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Ismaelito a un año de su partida

Un día como hoy, hace exactamente un año, a las 3:13 de la tarde, el corazón de Ismaelito Fernández se cansó de latir. El país perdió a un gran puertorriqueño, el periodismo a un gran líder. Y yo a mi compañero de vida por 30 años.

Ismael fue un hombre bueno hasta lo inconcebible e inmune a la maldad, no porque no pudiera percibirla, sino porque no quería verla. Prefería hacer el bien, nunca le dijo que no a nadie, y no buscó retribución, aunque adoraba que lo quisieran. Y lo queríamos mucho.

Fue presidente de la Asociacion de Fotoperiodistas y del Taller de Fotoperiodismo. Abrió caminos para la cobertura gráfica en los tribunales de Puerto Rico. A Cuba le dedicó dos libros de fotos sobre su gente. Estos son hechos conocidos.

Su vida tenía como la de todo el mundo una dimensión doméstica, la que compartimos.

El Taller salió de un accidente de Ismael. Quedó pillado dentro de un helicóptero, en el fondo de la contaminada bahía de Mayagüez, mientras cubría lo que parecía un evento rutinario. Quedó lastimado de por vida, pero él jamás lo admitiría.

Durante su convalecencia, con la parafernalia ortopédica que pretendía curar su pierna rota en dos partes, y apoyado en muletas, bajaba y subía los cuatro pisos de nuestro apartamento en un "walk-up" para darle forma a la creación del Taller, en un espacio olvidado del Ateneo Puertorriqueño.

Una vez reintegrado a su amado trabajo en El Nuevo Día se levantaba temprano para hacer más gestiones, con políticos, empresarios y todo aquel que pudiera aportar a su proyecto para dar a conocer la magia de la fotografía y que Puerto Rico aprendiera a amarla tanto como él la amaba.

El dinero que Ismael recibió por el accidente fue a dar al Taller muchas veces, en forma de préstamo para el pago de la nómina mayormente, cuando la entidad carecía de estabilidad económica.

Como dependía de fondos gubernamentales, federales, de municipios y agencias para dar clases a niños, jóvenes y ancianos, el dinero había que parearlo o llegaba con retraso. Nada nuevo para los que hacen negocios con el gobierno, solo que para un grupo incipiente equivale a muchos sacrificios.

El apartamento que compramos -en un edificio con elevador- pasó a ser colateral de un préstamo para el taller, que se renovaba anualmente, pero no con el tiempo suficiente como para no ponerme nerviosa. Ismael siempre me contaba cómo iban las cosas y en una ocasión me dijo que consideraba seriamente llevar el Taller a la quiebra.

El no era administrador. Era el motor que movía montañas para sostener a su criatura, que no se detenía ante nada para lograr fondos, citas, reuniones y visitas de los líderes más importantes del país para que fueran testigo de su obra y vieran donde estaba el dinero público: en las personas que recibían enseñanzas en el Taller.

Declinó mi oferta de hacerme cargo de la administración. Yo no soy contable, pero se que los egresos tienen que cuadrar con los ingresos, que hay que hacer reservas e inversiones y diversificar las fuentes de ingresos. Que el personal hay que ubicarlo donde mejor rinda a base de sus capacidades y destrezas. No creo que sea una gran ciencia.

Yo confiaba ciegamente en Ismael. Cuando me dijo que estaba casi en bancarrota, le respondí que él siempre salía adelante, que lo haría nuevamente. Traté de replicar las palabras que escuchó estando bajo el agua que no daba paso a la luz del sol, tratando de zafarse del cinturón de seguridad que lo aferraba a un helicóptero patas arriba. “Tú siempre tratas, hazlo otra vez”, fue lo que oyó cuando estaba a punto de rendirse. Es verdad que nunca se rindió, hasta que su corazón se cansó de latir.

Antes de eso, trabajó la fotografía con la fuerza de un volcán. Nada lo detenía para hacer la mejor foto. Lograr portada y contraportada era su más intensa satisfacción.

Sufrió como nadie el declive en el reinado de la fotografía a nivel mundial, que ha tenido que compartir espacio con la imagen en movimiento y el mundo digital. De las portadas a los sellos de correo. Así veía el cambio en tamaño de la imagen fija. En su búsqueda viajó el mundo.

Cubrió los eventos políticos, deportivos e incidentales de mayor relevancia en Puerto Rico, el Caribe y América Latina. De su cobertura de Cuba publicó dos libros, disponibles en las librerías. Fidel Castro, Mikhail Gorbachev, Violeta Chamorro, los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, y George Bush fueron algunos de sus objetivos fotográficos. En la República Dominicana y en Haití cubrió eventos políticos violentos. En Costa Rica, a los jefes de estado del continente. Fue a México, Uruguay, Argentina y Grecia, entre otros lugares, a cubrir eventos deportivos. Sus imágenes fueron publicadas en periódicos y revistas de Puerto Rico hasta Japón.

No en balde extrañaba aquella acción, el reto de ser el mejor entre los mejores. Si cuento todo esto es para colocar a Ismael dentro de su perspectiva interior. Lo demás lo conocemos todos.

“Existimos mientras alguien nos recuerda”. Lo leí en un libro y es el lema que adopté para preservar la memoria y la obra de mi Ismael.

Lo extraño y lo extrañaré. Hasta que nos volvamos a encontrar.  

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