Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Iupifobia

Los escándalos sexuales de la alcaldía de Guaynabo, el salario exorbitante de Madame Jaresko y el tiñe y destiñe de los populares de cara al próximo plebimito monopolizaban el interés mediático. Entonces irrumpieron los estudiantes en el escenario y cambiaron la agenda de la discusión.

Pocos temas alborotan tanto las pasiones como el de la Universidad de Puerto Rico. Son muchos los que le profesan un cariño incondicional a esa institución que ya alcanza los 114 años de vida. Entre ellos se cuentan los millares de exalumnos agradecidos que han podido incorporarse a la clase media a través de una carrera universitaria. Más allá del logro profesional, todo aquel que ha pasado por los salones y pasillos de “la iupi” tiene motivos para reservarle un sitial en su memoria. Las revelaciones y las transformaciones extraordinarias que allí se experimentan son vivencias imposibles de olvidar.

Pero nuestro principalísimo centro de educación superior no es siempre objeto de adoración. A veces despierta un odio intenso entre sus detractores. La sola mención de la sigla “UPR” es capaz de provocar descargas de una violencia inusitada. No son tan transparentes las causas de esa extraña aversión. Para iluminarnos al respecto, psicólogos y sociólogos tendrían que documentar y analizar las diversas expresiones de la “iupifobia”. Sin ser especialista de esas nobles disciplinas, voy a incurrir en la osadía de asomarme al tema.

Me imagino que, en el plano individual, el fenómeno aludido podría ser producto de resentimientos causados por algún evento traumático: el fracaso en una materia, la pérdida de una beca, la traición de un condiscípulo, la intransigencia de un burócrata, el sarcasmo de un profesor… Sin embargo, no creo que esos rencores personales expliquen a cabalidad la virulencia que proyectan algunas voces oficiales al despotricar con gusto y gana contra estudiantes, profesores y empleados administrativos de la UPR.

Existe aquí, como en otras partes del mundo, una desconfianza generalizada hacia la gente con estudios. Los muy “sabidos” y los muy “fisnos” se asocian no sólo con la pedantería sino con un cierto elitismo social. De hecho, el término “intelectual” cobra en ocasiones unos matices tan hostiles que a menudo los propios intelectuales lo rehúyen.

Desde una perspectiva ultraconservadora, los académicos y otros “culturosos” levantan sospechas permanentes de izquierdismo subversivo. La censura política vigente a lo largo y a lo ancho de nuestra historia ha agravado el problema identificando al independentismo como el enemigo ancestral de la felicidad colonial.

A eso se suman los archimachacados estereotipos que estigmatizan a los servidores públicos. Se les atribuye, como clase, una vagancia crónica y una incompetencia terminal. Encima se les reprochan, con una mezcla de rabia y de envidia, los beneficios laborales que han alcanzado sus luchas sindicales. El perfil desfavorable que les asigna la mala fe resta simpatía a sus reivindicaciones.

Incidentes aislados de gobernanza cuestionable se prestan para validar la injusta percepción de que la Universidad es un antro de corrupción peor que la Legislatura. Esa impresión, por desgracia, se propaga con mayor rapidez que los éxitos pedagógicos, investigativos y creativos de su facultad. Tampoco debe obviarse el hecho de que la UPR es vista por las claques dominantes como un peligroso foco de disidencia. De ahí que su descrédito pudiera resultar de gran utilidad para quienes temen un potencial desafío a su poder.

Sin lugar a dudas, los más difamados de todo el elenco universitario son los estudiantes. Esta semana escuchaba yo la retransmisión de un programa radial en el que se disparaban ristras de adjetivos despectivos en honor a los manifestantes del recinto de Río Piedras: manduletes, manganzones, revoltosos, pelús, colgaos, vividores, malcriados, mafuteros… En vez de valorar la iniciativa de estos jóvenes frente a la pasividad y al fatalismo ambientales, se les ofende y se les criminaliza.

Sí, señores, con sus aciertos y sus errores, con sus excesos y sus limitaciones, los estudiantes se han atrevido a convertir el pensamiento en acción. Se podrá diferir de los mecanismos escogidos por ellos para canalizar sus reclamos. Lo que no se puede es regatearle mérito y seriedad a su protesta. Cuando el propio Gobierno se deshace en poses bravuconas y declaraciones grandilocuentes para luego plegarse dócilmente ante las exigencias de una Junta impuesta por decreto federal, no hay forma de subestimar el gesto valiente y generoso de nuestros estudiantes.

Bajo las depresivas circunstancias que vivimos, intuyo que la iupifobia no es un impulso visceral inocente. Podría ser, por el contrario, el combustible secreto que alimenta el fuego de la revancha. El recelo, el prejuicio y el desprestigio sirven para legitimar recortes y desmantelar programas. Pero también para hacer cada vez más inaccesible la educación pública, abrir camino a la privatización y desposeer de sus legítimos derechos a los trabajadores de nuestra Universidad.

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