Robert Villanúa

Tribuna Invitada

Por Robert Villanúa
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“Je suis Charlie”

El atentado recientemente perpetrado en las facilidades del famoso semanario humorístico Charlie Hebdo ha entristecido e indignado a los franceses y al mundo entero. Periodistas refugiados en los techos parisinos pudieron filmar escenas de pesadilla. Con armamento de guerra (ametralladoras, lanzacohetes), dos hombres encapuchados disparan, matan, gritan “Alá akbar” y huyen gritando nuevamente que “el Profeta está vengado”. Saldo de la matanza: 12 muertos, y veinticuatro heridos.

Francia está de luto, las banderas y los corazones a media asta. Desde Argentina hasta China, una instantánea y espontánea cadena de solidaridad internacional abarrota las plazas y los medios. Ocho hombres hacen doblar la célebre campana de la catedral de Notre Dame de 13 toneladas. Las aceras se cubren de velas y de flores. La Torre Eiffel se apaga en señal de duelo. “La Marseillaise” resuena en todas las grandes ciudades. La gente solloza y enarbola lápices como armas de paz, coreando la consigna: “On n’a pas peur” (No tenemos miedo).

¿Por qué esta tragedia nos afecta tan profundamente cuando hemos visto tantas otras provocadas por el terrorismo? Valores esenciales de las sociedades democráticas han sido atacados: la libertad de prensa, la libertad de pensamiento, el derecho a criticar, a disentir, a reír. Entre las doce personas asesinadas figuran geniales caricaturistas y periodistas franceses (Charb, Cabu, Tignous, Honoré, Wolinski…), todos muy queridos y admirados por sus lectores. Dos jóvenes reclutas del yihadismo islámico los silenciaron a tiros.

Los caricaturistas de Charlie Hebdo se inscriben en la gran tradición francesa del panfleto satírico, que se remonta al siglo dieciocho, el de las luces, el de la Revolución. Son herederos del popular periódico Hara-Kiri, cuya irreverencia lo convirtió en válvula de escape para el descontento y la disidencia. Con valentía, originalidad y un incisivo sentido del humor, los dibujantes se burlaban de todo y de todos, fustigando a un sinnúmero de gobiernos, instituciones y figuras políticas. Oponerse a la censura de cualquier índole fue su propósito permanente.

Los asesinos fueron rápidamente identificados: dos franceses de padres argelinos. Ese país norafricano, cabe recordar, ha jugado un papel capital en la historia francesa. Hasta mediados del siglo XX, Francia ostentaba un inmenso imperio colonial en Africa y Oriente, del que formaba parte, desde 1830, Argelia. La sangrienta guerra de liberación argelina duró ocho interminables años de una violencia espantosa. En l962, Argelia obtiene finalmente su independencia.

Las potencias colonizadoras mantienen relaciones ambiguas con sus excolonias. El tiempo y las buenas intenciones no parecen tener el poder de hacer borrón y cuenta nueva. De unos 12 millones de emigrados a Francia, casi cinco millones son argelinos. Muchos de ellos pensaron que podían trasladarse a Francia en busca de mejores condiciones de vida y, a la larga, mal que bien integrarse a la exmetrópoli. Algunos lo han logrado pero otros -sobre todo los más jóvenes- han ido a parar a los suburbios, donde el desempleo, el tráfico de drogas, las deficiencias educativas y el racismo acentúan un ya agudo sentido de desubicación.

Este cuadro desolador es el caldo de cultivo del extremismo islámico. Una buena cantidad de jóvenes musulmanes han nacido en Francia. Desafortunadamente, la creciente xenofobia que se ha desatado como resultado de la inmigración masiva y la crisis económica ha exacerbado el resentimiento de esta población juvenil que se siente humillada y marginada. Esto podría en parte explicar -¡nunca justificar!- el que algunos se dejen reclutar por las células yihadistas de Siria o Irak que intentan persuadirlos de que en su seno encontrarán una verdadera patria, un Dios absoluto y un Profeta paternal y justiciero. Esclavos de una ideología ciegamente radical, viven la fantasía heroica del guerrero religioso que lucha por restaurar el orden violado. Bien lejos están de aquella Francia de libertad, igualdad y fraternidad que no reconocen, tal vez porque ella tampoco los ha reconocido.

Los caricaturistas de Charlie Hebdo han caído como mártires libertarios del arte irreductible. El derecho a pensar, a opinar, a crear, a ser diferente no ha sucumbido ante el avance de la violencia. La amenaza sigue latente, pero la resistencia y la solidaridad están de pie. Hoy, en la hora del dolor, desde el otro lado del Atlántico, me uno a todos los que levantan el letrero “Je suis Charlie” y saben que un lápiz siempre llegará más lejos que una bala.

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