Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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“Jibaritos”

El término es cruel, plagado de prejuicios de clase y quién sabe de qué más, y se profiere mirando desdeñosamente hacia abajo. Resulta extraño, porque “jíbaro”, sin diminutivo, se ha constituido como la expresión máxima de lo puertorriqueño. No obstante, al decir “jíbaro” se debe seguir un protocolo. Si se llama así a alguien resulta un insulto o al menos un señalamiento de tosquedad e ignorancia. Por ello, salvo en contextos muy particulares, “jíbaro” es un epíteto que sólo resulta positivo si un individuo lo emplea para sí. Tengo la impresión, sin embargo, que la mayor parte de las veces se emplea el término de la primera manera, atribuyendo esta condición a otros, para separarlos y ponerlos a distancia.

Un viaje me llevó la semana pasada a transitar por San Juan, Bogotá y Buenos Aires. En el aeropuerto Luis Muñoz Marín estuve mucho más tiempo de lo deseado, porque luego de abordar el avión, este no pudo normalizar su sistema eléctrico. Aparentemente, las deficiencias energéticas del país se extendían a los aires. La salida pautada para las seis de la tarde no pudo realizarse hasta después de medianoche. Durante esas horas deambulé por un aeropuerto en que las tiendas y establecimientos de comida estaban casi vacíos, eran los más caros para mí conocidos en el mundo y cerraban a una hora absurdamente temprana.

En la madrugada, el avión aterrizó en Bogotá. Las conexiones de viaje se habían perdido y temía que pasaran muchas horas antes de continuar vuelo a la Argentina. Nada más salir del túnel del avión, hallé esperando a los pasajeros en tránsito a representantes de la aerolínea. Todo había sido resuelto: mi esposa y yo teníamos asientos en un vuelo que saldría pasado el mediodía, hotel, transportación y una cena. Camino a recuperar las maletas y hacer los trámites de emigración y aduana, encontré un aeropuerto repleto de nacionales y extranjeros, con todas sus tiendas y restaurantes abiertos. En el hotel pasaba lo mismo e impresionaba tanta actividad a pocas horas del amanecer. Recordé que en San Juan, a las ocho o nueve de la noche, había mirado las pantallas de las salidas y llegadas. En toda la noche sólo despegaban tres aviones y aterrizaban cuatro.

En la noche del domingo llegamos a Buenos Aires, donde esa semana me esperaban actividades y obligaciones. El aeropuerto era un mar de gente, la ciudad un torbellino, el hotel era cómodo y elegante y por la ventana se atisbaba un enjambre de taxis y un pedazo del Río de la Plata.

Sé que para muchos puertorriqueños la descripción que acabo de hacer resulta inverosímil. Su imaginario no está preparado para ello. Muchas décadas de ingeniería social, propaganda y demagogia han distorsionado su concepción del mundo. Después de que se establece un mito, la realidad puede contradecirlo por décadas, sin que se abra en él una grieta. No se trata tampoco de hacer comparaciones simplistas. Colombia y Argentina está llenas de problemas y deficiencias, de desequilibrios e injusticias. Toda sociedad pugna con su historia y lucha con sus monstruos. El asunto no es imitar servilmente a nadie, sino darse cuenta, al ver a otros, de cuán mal estamos. La actividad económica, la oferta, la vitalidad, las posibilidades de transformación o intercambio con el resto del mundo de esas sociedades son mucho mayores que las nuestras. Estos hechos son indiscutibles: los datos lo indican y la mirada de cualquier observador lo comprueba.

Ante esta realidad, muchos puertorriqueños se convierten en “jibaritos”. Pero no en seres montaraces y burdos. De esto no se trata en absoluto, puesto que nos topamos aquí con otro tenor de jibarería. Nos convertimos en “jibaritos” con generador eléctrico y megatienda en la comarca, en televidentes de telebasura estadounidense, en turistas de parques temáticos de la Florida, en provincianos de urbanización con control de acceso, plasma y primos a visitar en Nueva Jersey o Fort Lauderdale.

La jibarería resultante es horizontal y, al contrario de los “jibaritos” tradicionales, ésta se extiende por todas las clases sociales. Millares de profesionales acceden al tope que conciben por su inserción conceptual en sistemas de salud, de ingeniería, de negocios de Estados Unidos, que mimetizan acríticamente en Puerto Rico. En un mundo interconectado como nunca en la historia, la clase profesional y política del país debe ser una de las más provincianas y “jibaritas” del orbe. Para ella el mundo tiene dos ciudades, Washington y Nueva York y su preparación y actividad laboral los ha llevado al paroxismo del copy and paste.

Este asunto se complica enormemente al haberse ideologizado. El término es engañoso, a pesar de uso corriente en nuestra sociedad. Los deseos de anexión a Estados Unidos o las supersticiones autonómicas del estadolibrismo, están lejos de constituir ideologías. Son más bien difusos, opacos e irrealizables idearios que se erigen por el bipartidismo a falta de contenidos concretos y sirven, justamente, para camuflar y sostener públicamente nuestra enorme desvinculación con la realidad, es decir, nuestra jibarería.

Esos idearios, tanto el anexionismo como el estadolibrismo, parten de las fantasías de una excepcionalidad puertorriqueña que trastocaría la invasión militar y el colonialismo estadounidenses en instrumentos de transformación social y desarrollo económico. Las genealogías de líderes de estos movimientos, se refugiaron en esos sueños por su incapacidad de confrontar a quien ha tenido todo el poder. Puerto Rico se ha diseñado para servir a Washington. Cualquier transformación era un beneficio o un daño colateral. En las últimas décadas los beneficios se han esfumado y los daños de la gestión estadounidense en Puerto Rico se han multiplicado. El resultado es la ubicación de la economía puertorriqueña como la segunda peor del mundo en 2018. A esto se añaden otras imágenes y cifras: 60% de población en la pobreza, cuadras y cuadras de ruinas en nuestras ciudades, pésimos servicios, debacles educativos, de salud y seguridad, un crecimiento sin precedentes del exilio puertorriqueño.

Luego de una semana en el extranjero, viendo el vigor de otras naciones, no puedo sino sobrecogerme con lo que tenemos. Es como darle un rifle a un niño o la administración del presupuesto a un extraño. Es ver a nuestros gobernantes esgrimiendo una sola alternativa, sin espacio político para actuar de otras maneras, sin buscar otras soluciones, engañados con que esa alternativa es, en realidad, la suya, cuando es la de la Junta o lo que le deja sobre el escritorio los reducidísimos márgenes de acción de la colonia.

Antes de acceder al poder como presidente, George W. Bush sólo había estado en una ocasión fuera de Estados Unidos. No solamente tendríamos que preguntarnos por el conocimiento del mundo de nuestros gobernantes, sino si de verdad éste tiene algo que sea verdaderamente conocimiento y no una cadena tóxica de trampas ideológicas e ignorancia. Estamos en manos de “jibaritos” del Norte y del patio. Provincianos de Capitolio, Mansión Ejecutiva y Casa Alcaldía, pero también de bufete de abogados y micrófono de emisora de radio. Gente que piensa que se la sabe todas y que no podría dialogar con nadie fuera de la órbita del gobierno federal, de los ambientes enrarecidos de sus partidos y de las mitologías y supersticiones que han arrastrado por décadas.

Si hoy Luis Lloréns Torres volviera a escribir “Valle de Collores” el poema diría así:

“Cuando salí de La Fortaleza

fue en una 4 x 4

por un sendero entre vallas

asolás de ruinas

[...]

¡Qué pena la que sentía

cuando por el retrovisor observaba

y una mentira se alejaba

y esa mentira era la mía!”

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