Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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John McCain: In Memoriam

Tal pareciera que John McCain escogió cuándo morir.  Se va en un momento de grandes peligros para normas constitucionales, espacios democráticos, y para la vida misma de seres humanos de grupos minoritarios.  Su partido, otrora empapado en la retórica de moralidad, carácter, patriotismo, es un hoy un carnaval burlesco, estólidos inc.

Hartamente ejemplar si McCain hubiese repudiado la guerra imperial de Estados Unidos contra Vietnam. Es lo que yo hubiese preferido.  Pero es un principio civilizado reconocer y afirmar la dignidad del adversario.  McCain prefirió su identidad militar y decidió luchar y resistir con honor como prisionero de guerra.  

Se me ocurre que, al momento de su partida, ni siquiera es de buen gusto recordar sus travesías en Vietnam.  El pueblo vietnamita ya puso final a la ocupación colonialista de aquellos, “the best and the brightest” que pensaban que podían doblar la voluntad de un pueblo con sus genocidios, agentes naranjas, y gadget tecnológicos.  

Mientras McCain sufría cárcel en Vietnam, Trump alegó un sobrehueso en un pie para juyirse del servicio militar y se pasó la guerra parisiando en discotecas.  En 1997, habló sobre como librarse de enfermedades venéreas durante esa época había sido su “personal Vietnam.”  Esa basteza no le impidió criticar a McCain porque, según Trump, no hay heroísmo en dejarse apresar.  

Para McCain, su experiencia de guerrero lo llevó a la esfera pública y desde ella actuó con criterio independiente y sin reírle las gracias a la oscuridad de su partido.  En 2005, McCain y Edward Kennedy sometieron un serio plan de reforma migratoria que, lamentablemente, quedó en nada.  En la contienda presidencial de 2008, en una reunión en Arizona, una persona afirmó que Obama era árabe y, lo no expresado, islámico. Aunque la religión de Obama, reconocido cristiano, era irrelevante de acuerdo al principio constitucional de libertad de conciencia, ya los republicanos circulaban la mentira.  McCain interrumpió a la persona y declaró, para que todos lo oyeran, “He’s a decent family man [and] citizen that I just happen to have disagreements with on fundamental issues, and that’s what the campaign’s all about.”  

Un gran contraste con Trump, quien le pidió al régimen putinesco que invadiera las computadoras demócratas, y que disfrutaba los aullidos que demandaban prisión para Hillary Clinton.   

McCain cometió un grave error al escoger a Sarah Palin para la vicepresidencia. Fue Palin quien propaló las mentiras de su partido: el Obamacare representaba la eutanasia de ancianos y en el Partido Demócrata no existían “real Americans”.  Esa retórica tuvo más alcance en el Tea Party, un movimiento racista que usó el déficit presupuestario como guarida para justificarse.  Ganael Partido Republicano, reducen impuestos a los ricos, y ahora el déficit se anticipa en 100 billones más al año. La responsabilidad fiscal ya no es importante.

En los tiempos de basteza y de sicofantes, fue McCain el único líder electo entre los republicanos que mostró decoro.  Y debo recalcar que fue el único.  Otros dos (¡solo dos!) levantaron su voz, pero solo cuando ya no buscaban la reelección.  Así no vale.  

No así McCain.  Siempre repudió la bajeza del actual ocupante de la Casa Blanca y cuando su partido armó el galimatías que llamaron “plan de salud,” le votó en contra.  El striptease de Trump ante Putin, McCain lo definió como “one of the most disgraceful performances by an American president in memory.” 

Aquí debo entrar al terreno de las confesiones.  Lo que más ayuda a preservar mi respeto por John McCain fue su homenaje a otro guerrero, a un soldado norteamericano que peleó contra el fascismo franquista como miembro de la brigada Abraham Lincoln.  Se llamó Delmer Berg.  Cuando murió en 2016, McCain escribió una hermosa y elocuente reflexión.  

Dijo McCain: “Mr. Berg… fought in some of the biggest and most consequential battles of the war. He sustained wounds. He watched friends die. He knew he had ransomed his life to a lost cause, for a people who were strangers to him, but to whom he felt an obligation, and he did not quit on them. Then he came home, started a cement and stonemasonry business and fought for the things he believed in for the rest of his long life.

I don’t believe in most of the things that Mr. Berg did, except this. I believe, as Donne wrote, “no man is an island, entire of itself.” He is “part of the main.” And I believe “any man’s death diminishes me, because I am involved in mankind.

Delmer Berg defendió un ideario comunista contra el cual McCain luchó toda su vida.  En la hora de la muerte, de guerrero a guerrero, McCain lo honró como un ser ético. Y en ese homenaje reflejó el compás moral que condujo su existencia.

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