Eduardo Villanueva

Punto de vista

Por Eduardo Villanueva
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Johnny Rullán, un guerrero de la vida

Muere el Dr. Johnny Rullán. Muere un guerrero de la vida. Muere un servidor público de excelencia. Se va un hombre sensible y comprometido con su pueblo. Sé que sufrió mucho y vi como aceptó su enfermedad con gallardía, con entereza, con alto sentido de dignidad. La última vez que nos encontramos y dialogamos, fue en el encuentro que auspició El Nuevo Día en la universidad del Sagrado Corazón, en ocasión de la visita a Puerto Rico de periodistas de The New York Times. Nos sentamos cerca, una fila de otra. Me dijo que se pararía varias veces para ir al baño por causa de la quimioterapia pero que estaba bastante bien y que estaba luchando. Reiteré mi apreciación de lo que veía en la prensa sobre su personalidad, la de alguien con un gran amor por la vida mientras esta le fuera dada.

Hay una extraña dignidad en los pacientes de cáncer que pocos conocen y tal vez no es muy entendida. Dentro del organismo vivo que es el cuerpo, existe un ejército de células sanas que se enfrentan, en combate a muerte, con células activas para propagar la enfermedad que atenta contra las vivas. La mente del enfermo participa del combate y se alía con las sanas, para enfrentar las enfermas, que no le son ajenas porque residen en su cuerpo y no en el de nadie más. Algunos divulgan su enfermedad porque el diagnóstico les provoca un gran temor a la muerte. Otros se lo reservan y prefieren enfrentarlo en privado para que no les tomen pena y para que su relación con los seres queridos, vecinos y compañeros de trabajo, se mantenga tal como era antes del diagnóstico. 

Lo menos que necesita un paciente de cáncer es que lo culpen de su enfermedad. Estas células cancerosas son traicioneras, no escogen a sus víctimas. Son resilientes y cuando las atacan con quimioterapia o con radiación, se repliegan. Algunas mueren en combate, otras sobreviven y se quedan escondidas en el entramado celular, esperando mejor momento para un regreso a alguna otra parte del organismo vivo que las rechazó y que las combatió. Por eso, bajo el manto del misterio, algunos dicen que el cáncer no se cura sino que se pospone. Otros dicen que es vencible, que el poder de la mente y el amor de los seres queridos y del grupo de apoyo, puede vencerlo. Lo digno contra el cáncer es combatirlo y exigir que nadie le coja pena al paciente que lo enfrenta. Que lo deje combatir, con la mucha o poca fuerza que le asiste, en su capacidad de sobrellevar la enfermedad y las limitaciones que esta impone. 

Muchos como el Dr. Rullán saben dar la buena batalla y también comprenden cuando llega el fin. Entonces la vida, que fue luz y llama, se va extinguiendo y el valor requiere que lo aceptemos serenamente. Que nos paseemos frente a la muerte, con el valor que decía Don Pedro, invocando el mantra de que “el valor es la suprema virtud del hombre”, de la mujer, en última instancia del ser humano, que ya cumplió su misión como lo hizo el Dr. Rullán. Vivir para servir y saber que cumplimos la meta que nos impusimos, de dar amor al que lo necesite.

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