Yenier Prado Pombal

Punto de vista

Por Yenier Prado Pombal
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José Martí: un hombre de todos los tiempos

Hoy se cumplen 125 años de la muerte del Apóstol de la Independencia de Cuba. Nació un 28 de enero de 1853 en una modesta casa de la calle Paula en La Habana Vieja.

De niño, José Martí fue excepcionalmente brillante. Su maestro Rafael María de Mendive le inculcó los valores revolucionarios de la época. El papá de Martí, don Mariano, se lo llevó a la edad de nueve años a pasar unos meses en una zona rural del occidente cubano, un área donde había mucho comercio clandestino de negros esclavos y trabajo forzado. Por primera vez, el niño Martí vio el maltrato y humillación que sufrían aquellos seres humanos traídos con cadenas desde África. Posteriormente, escribió que “la esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo”.

A sus 16 años fue condenado a prisión luego de declararse culpable de escribir una carta a uno de sus excompañeros de clase, tildándole de traidor por unirse al cuerpo de voluntarios del ejército español. Ante el deterioro notable de su salud, su padre, que era un oficial español, intervino y logró que la pena le fuera conmutada por el destierro. Las grietas en el alma del joven Martí nunca más cicatrizaron. En España obtuvo una licenciatura en Derecho Civil y otra en Literatura y Letras. Luego comenzó un arduo peregrinar por ciudades de Estados Unidos y América latina previo a su retorno a Cuba para el inicio de la “Guerra Necesaria”.

El autor de “Yugo y Estrella” fundó en 1892 el Partido Revolucionario Cubano, cuya base programática contemplaba la independencia de Cuba y auxiliar la independencia de Puerto Rico.  Martí logró aglutinar al exilio cubano y convencer a los líderes militares de las guerras pasadas que reiniciaran la guerra de independencia el 24 de febrero de 1895.

Además de ser un excelente orador, Martí utilizó la prosa y la poesía para difundir las ideas liberales de la época en función de la construcción de un modelo republicano de gobierno cuya ley primera fuese “el culto de los cubanos a la dignidad plena” de todas las personas.

Martí dedicó su vida a crear y unificar. Según él, las personas se dividían en dos bandos: “las que aman y fundan y las que odian y dividen”. Con esa premisa, las ideas de Martí iban dirigidas a buscar consenso sobre la necesidad de obtener la emancipación personal desde la liberación del colonialismo español que atentaba contra la libertad personal. Precisamente, porque la libertad individual era para Martí el vehículo para la construcción de una sociedad justa “con todos y para el bien de todos”. 

En un mensaje a las generaciones futuras, al Apóstol dijo: “libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía”. Para Martí era necesario dudar, expresar, cuestionar, cultivar el intelecto y amar. Porque aquel que “vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que solo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra”. 

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