Leo Aldridge

Punto de Vista

Por Leo Aldridge
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Jóvenes dando cátedra ante el coronavirus

Las imágenes de jóvenes universitarios disfrutando del “spring break” en algunas playas de Florida, cuestionando la seriedad del mortal COVID-19, se prestan para una fácil narrativa que se levanta cada vez que estamos ante un asunto de envergadura: “los jóvenes están perdidos”, “no saben lo que hacen”, “son un chorro de inmaduros que no han tenido que enfrentar responsabilidades”.

En algunos casos – sin duda esos jóvenes en Florida – eso es evidentemente cierto.

Pero, en Puerto Rico, en la mayoría de los casos, ha sido hasta el momento todo lo contrario.

“Los jóvenes están dando cátedra”, me dijo Molusco, con quien hablé para esta columna pues, aunque llega a todos los sectores demográficos, la mayoría de sus 1.5 millones de seguidores en Instagram son adolescentes y adultos jóvenes.

“Los jóvenes leen más que los adultos mayores. Buscan más información porque tienen acceso al internet para ver redes sociales, para ver los periódicos. Por eso yo creo que los jóvenes han sido muy cooperadores por lo general en esta situación”, agregó.

Para propósitos de esta columna, divido los grupos de jóvenes en adolescentes y estudiantes universitarios que viven con sus padres, por un lado, y, por otra parte, aquellos que comienzan sus vidas en oficios o profesiones.

Los adolescentes de hoy son “nativos digitales”, el término que utilizan los expertos en cibernética para describir a quienes desde la cuna andan con un celular o una tablet en la mano. (Todos tenemos anécdotas de cómo sobrinas o hijos que apenas pueden caminar manejan instintivamente, y mucho mejor que ciertos adultos, los dispositivos que forman parte integral de sus vidas desde temprano).

Este conocimiento digital de este grupo de jóvenes les permite, en alguna medida, espantar el aburrimiento durante la cuarentena. Si muchos padres se quejaban de que sus hijos se pasaban encerrados ensimismados en vídeojuegos y en redes sociales, ahora – irónicamente – lo consideran una gigantesca bendición que los mantiene adentro sin demasiadas pataletas. 

La continuidad de las clases vía cibernética, aunque elimina el factor de socialización tan fundamental que provee la escuela, les permite mantener una rutina y eventualmente no estropear su progreso académico.

Pero los jóvenes que están haciendo sus pininos en la vida profesional y comercial del país están pasándola peor. Al comenzar a trabajar, suelen tener guisos como meseras, estilistas, mensajeros, lava carros, dependientes de tiendas, o venden horas como abogados y contables. Con pocas reservas económicas, pues no son bien remunerados y llevan poco tiempo acumulando capital, el disloque laboral para ellos es tétrico. 

Los que estaban en plena faena universitaria – una de las etapas intelectualmente más formativas – también ven sus planes estropeados. La reválida de Derecho, pautada para marzo, se pospuso para septiembre. Los planes de escuelas graduadas o médicas en Estados Unidos quedan en limbo por el futuro previsible. Las ofertas de trabajo para los graduandos se pondrán en pausa o, quizás, con este cuadro económico incierto, se rescindan.

A pesar de estos gigantescos escollos en sus vidas personales, profesionales y económicas, los jóvenes en Puerto Rico, como regla general, han estado a la altura de la crisis que vivimos por la pandemia.

De hecho, son muy pocas las personas intervenidas por la Policía que sean jóvenes desafiando las medidas sanitarias. 

A quienes por aburrimiento o costumbre les gusta pontificar contra la juventud, que ni lo intenten. Les dejaron un país en quiebra y sin poderes políticos. Les toca a ellos ahora recoger los pedazos del desastre. 

La narrativa facilona de que la juventud está perdida no tiene cabida en Puerto Rico. Ya lo demostraron, con creces, en 2019. Y así lo harán, una vez más, en 2020.

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