Marcia Rivera

Punto de vista

Por Marcia Rivera
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Juicio a Trump: cuando la sensatez no es lo previsible

Podríamos hacer una larga lista de razones por las cuales pensamos que Donald Trump no debe ocupar la presidencia de Estados Unidos y menos aún ser reelecto. Entre las que encabezarían la lista podría estar su opacidad en relación a sus finanzas y acciones personales, dado que a tres años de haber asumido el poder sigue sin presentar públicamente sus planillas de impuestos. Ello levanta sospechas sobre si se ha beneficiado como empresario de su cargo político.

Investigaciones preliminares sugieren que su renuencia y la de su abogado personal, Rudy Giuliani, a entregar esos documentos pueden ocultar posible lavado de dinero y violaciones a las leyes de financiamiento de campañas.

Desde hace por lo menos 40 años, todos los presidentes de Estados Unidos han presentado sus planillas para escrutinio de los medios y  la ciudadanía. El desafiante Trump se ha negado, argumentando su derecho a la privacidad, pero a la vez estimula que todos los jerarcas internacionales que visitan D.C. se hospeden en su majestuoso hotel Trump International, localizado a  cinco minutos de la Casa Blanca y que  fue inaugurado apenas dos meses antes de su juramentación como presidente. Desde entonces es un negocio muy lucrativo para su empresa.

Le ha traído tantos señalamientos de corrupción que recientemente manifestó su intención de venderlo. Trump tampoco tuvo reparos en anunciar que la cumbre del G-20 del próximo año habría de celebrarse en el Miami Doral Golf Club, de su propiedad, pero debió descartar la idea ante el cuestionamiento público  que se generó en y fuera de Estados Unidos.

Además de que Trump no considera importante la separación de sus bienes privados del ejercicio del poder público, en la lista tenemos que incluir los hallazgos de la investigación del exfiscal especial Robert Mueller sobre los vínculos mantenidos con Rusia en 2016, que llevaron a su coordinador de campaña, Paul Manafort, y su ayudante, Rick Gates, a  prisión.

Además, entre los cuestionamientos fuertes a Trump están sus posturas contra el conocimiento científico relacionado con el cambio climático y su negativa a firmar el acuerdo mundial de reducción de emisiones. Ello, sobre todo, pone en riesgo a la población estadounidense que no tendrá las protecciones que ha acordado el resto de los países del mundo. Muchos pensamos que ello viola derechos humanos fundamentales.  Su desdén por las consecuencias del cambio climático le ha ganado el rechazo de buena parte de la comunidad política y científica internacional, a lo que ha respondido con burlas hacia científicos, activistas y jefes de Estado como los de Canadá, Francia y Holanda.

En mi lista de razones para procesarlo está otra posible violación de derechos humanos: la que supone tener 40 millones de pobres  en el país más rico del mundo, mientras consiguió que el Congreso le asignara casi mil billones de dólares para gasto militar, incluyendo la fantasiosa creación de un comando espacial, una fuerza militar espacial y una agencia de guerra espacial.

Ninguno de estos hechos repudiables generó acusaciones formales en la Cámara de Representantes. Pero sí lo hizo la insistencia de Trump en que Ucrania le ayudara a conseguir evidencia contra sus rivales políticos, mientras le retenía la ayuda aprobada al país. Ello se constituyó en un cargo por abuso de poder. El segundo cargo formalizado fue obstrucción a la labor del Congreso en la investigación. El presidente torpedeó sistemáticamente los trabajos del proceso de residenciamiento, hasta que un tribunal federal le recordó hace pocos días que los presidentes no son reyes y que sus equipos de trabajo están obligados a testificar cuando una investigación del Congreso se lo requiera mediante un subpoena.

La primera parte de este proceso acaba de terminar con poco suspenso y mucha predictibilidad.  La votación en la Cámara fue claramente partidista. Ningún republicano endosó la formalización de cargos y muy pocos demócratas quebraron el patrón de votación: en el cargo de abuso de poder, dos demócratas rompieron filas (230 a 197) y el de obstrucción al Congreso tres demócratas votaron en contra (229 a 198).  Ahora le toca al juez presidente del Tribunal Supremo establecer con los portavoces del Senado la forma de conducir el juicio político. Allí, 100 senadores y senadoras actuarán como jurados y se requiere una súper mayoría de dos tercios —67 votos— para que haya una condena.  Todas las predicciones expresan que el Senado no lo condenará y el propio Trump ya celebra que haber sido “victimizado” le viene muy bien para su reelección.

La polarización bipartidista en Estados Unidos ha llevado a una crisis seria de convivencia; al surgimiento de dos visiones de mundo y de experiencias que son recíprocamente excluyentes. Poco tiene que ver esta realidad con el sueño de la democracia en América; la confrontación permanente es la nueva marca de identidad estadounidense y la incertidumbre, el estrés y la violencia articulan la vida cotidiana.  Nada envidiable, con Trump o sin Trump.

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