Antonio Martorell

Tribuna invitada

Por Antonio Martorell
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Julia

En el año 1966 tuve el privilegio de asistir al amigo y maestro José Antonio Torres-Martinó en el proceso de trazar el boceto de su mural dedicado a Julia de Burgos en la escuela que, hasta hace unos días, honraba su nombre. La técnica tradicional, que yo desconocía y nuestro maestro me enseñó, consiste en perforar el contorno de las imágenes dibujadas sobre papel de estraza para, luego de colocar éste sobre la pared destinada al mural, aplicarle carbón en polvo que, a través de los pequeños agujeros, establece la marca de una línea quebrada en la pared, puntos negros contiguos que servirán para guiar la mano del pintor en la ejecución del mural.

Otro tipo de ejecución, esta vez letal, me entero recién, se realizó sin sentencia ni apelación posible como castigo al supuesto crimen del arte y la poesía, el testimonio de la patria convertido en testamento colonial. Esta vez el muro no recibió la promesa del arte, la primera huella del artista previa a la reiterada caricia de capas sucesivas de colorido pigmento, su reflexivo gesto pictórico, el fluido homenaje a la maestra del agua, el beso del verso que abre un horizonte en el muro ciego. No, en esta ocasión se intentó, una vez más, blanquear nuestra realidad, borrar nuestra historia, acallar nuestras voces. Y el crimen fue en Carolina, su Carolina, la de Julia, nuestra Julia de Burgos y de Borinquen.

Rolos sintéticos empapados de pintura blanca en cuestión de horas borraron de la otrora Escuela Pública (ahora privada de pueblo y arte) Julia de Burgos, la imagen y los versos de la poeta, la imagen y los versos del pintor. Que fuera en una escuela, en el aula donde queden enjaulados, presos por el borrón dictado desde la ignorancia irresponsable, el patrimonio del arte, la poesía y la historia de nuestro país, es imperdonable.

No debía sorprendernos la repetición del vandalismo gubernamental pues el maestro Torres-Martinó ya había sufrido en vida la destrucción de su mural en el Hotel Caribe Hilton y otro en la Piscina Olímpica en El Escambrón donde corrieron idéntica desgracia los murales de los también maestros Lorenzo Homar y Myrna Báez. Pero un crimen, no por repetido, puede aceptarse como norma, ni porque lo cometan autoridades ignorantes, es menos crimen. Si es que le otorgamos la duda razonable a un gobierno empeñado en vender el patrimonio nacional, en negar la nación misma a la cual fueron elegidos para servir y defender.

Le añade ironía al insulto el hecho de que la Secretaria de Educación, responsable del atropello, porte el mismo nombre que la poeta y la imagen borrada. Julia sí, pero sin Burgos. Julia sí, pero sin vergüenza en la cara, sin sonrojo siquiera ante el mal provocado por su ignorancia e inconsciencia. Julia sí, pero sin pueblo que la cante, sin río que la bañe. Julia sin Burgos.

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