Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Julia contra el mundo

Al principio, si uno lo miraba fríamente y lograba abstraerse de ciertas reverberaciones de la historia, puede que no pareciera una mala idea.

El Departamento de Educación lleva décadas resquebrajándose. La política partidista lo volvió una bestia de mil cabezas, decrépita, disfuncional, golosa, a la que nadie osaba enfrentar, menos aún dominar. Hay, allí dentro, ejércitos dedicados a que nada pase. Planes, reformas, miles de millones de dólares, todo eso y más, caía allí como carne cruda y jugosa en cueva de leones; nadie podía dar cuenta de nada después.

Secretarios y secretarias de todos los colores y tamaños trataron de abrir camino en la selva, sin éxito, algunos por falta de tiempo y otros, porque no servían para nada. Es que en los últimos 10 años ha habido siete secretarios. Uno cada año y medio, en promedio. Cuando Luis Fortuño, cuatro accionaron el timón. Hace mucho tiempo hubo uno, José M. Gallardo, que duró ocho años, pero eso fue en los años de las guácaras, del 1937 al 1945. El segundo que más duró, Víctor Fajardo (1994 al 2000), terminó preso por haberse robado hasta los clavos de la cruz.

Se desplomaba el desempeño de los estudiantes. Las maestras y maestros a menudo tenían que comprar la tiza y el papel de construcción de su propio bolsillo. Los estudiantes de educación especial eran cruelmente abandonados.

Para lo que sí nunca dejó de servir fue para hacer multimillonario a cuanto espécimen de hechicero, taumaturgo y milagrero llegara por allí sobre alfombras mágicas y envuelto en sahumerios e inciensos, prometiendo desde enseñar a los directores cómo hacerse el nudo de la corbata, hasta a los niños a hacer oratoria en esperanto. Más de uno terminó haciendo nudos de corbata y hablando en esperanto en una fría celda.

En ese contexto de tierra arrasada, es que puede que haya habido más de un “qué más da” o “peor no puede ser” cuando el gobernador Ricardo Rosselló anunció el nombramiento de Julia Keleher como secretaria de Educación. Keleher no es de aquí y casi nadie la conocía. Es de Filadelfia y tiene oficinas en Washington. Pero llevaba ya unos diez años asesorando al Departamento de Educación y alguna gente dentro de la agencia la conocía. Algunos de los que la conocían dieron excelentes referencias de ella.

Había dos maneras de mirar el que no fuera de Puerto Rico.

Para unos, era inaceptable que alguien que no hubiera sudado nunca nuestro sol, ni tuviera vela en nuestro entierro, estuviera a cargo de la educación de nuestros niños, de nuestro futuro. No es comparable esto, como han dicho algunos absurdamente, con nombrar a alguien de Texas a dirigir el sistema educativo de Maine, por mil razones superobvias en las que no vale la pena desperdiciar una línea de esta columna.

Para otros, el que Keleher no fuera de aquí era precisamente lo bueno de su nombramiento: al venir de afuera, no tenía ataduras ni debía favores y se entendía que, por lo tanto, no le temblaría la mano cuando le tocara derrumbar muros y enterrar espadas en los corazones de los minotauros que pululan por los laberintos del Departamento.

Hubo tropiezos desde el primer instante. Causó asombro, y alguna indignación también, que en la isla en quiebra, en la época de la precariedad y las vacas flacas, en medio de la endiablada crisis fiscal, se le pague a la secretaria un salario de $20,833 al mes, lo mismo que gana un maestro novato al año y cerca del doble de lo que ganaron todos los que antes ocuparon su puesto.

Se le notó a Keleher desde el primer momento, además, que tiene problemas para comunicarse en español. Podríamos decir que lo habla mejor que muchos mortales, pero quizás no tan bien como debería hacerlo toda una señora secretaria de Educación.

En estos días, ella misma lo reconoció. Se le vio en un vídeo en las redes sociales, exasperada como de costumbre, diciéndole a un grupo de maestras que le cuestionó cómo se proyecta en los medios: “Hay que entender también que yo no soy boricua. El español no es mi primer idioma”.

Dicen desde allá adentro que ella corre la agencia prácticamente sola porque le gusta el control y desconfía del resto del equipo gerencial. Por eso que no se ve públicamente a ningún subsecretario de nada hablando a nombre de la agencia. Está en proceso de demoler la agencia con una estructura que la partería en cantos, a la vez que impulsa las escuelas charter y cierra cientos de planteles ante la dramática baja en la matrícula.

Hay, como es natural, saludable, enormes resistencias a eso.

A menudo, da la impresión de que estas complejidades tienen abrumada a Keleher, quien tiene la piel fina y la inclinación a responder a las críticas con sarcasmos, lo cual la lleva a empeorar situaciones que se podían resolver con explicaciones sencillas.

No hace mucho, por ejemplo, la sorprendieron en una entrevista de radio con la pregunta de si sabía quiénes son Enrique Laguerre y Manuel Zeno Gandía. Acabando de llegar no se esperaba que lo supiera, pero un año después por lo menos los nombres debía conocer. Se agitó por no saber y al rato disparó dos tuits con enlaces a las biografías en Wikipedia (cuyo uso no se aconseja en ningún sistema educativo serio) de los autores de las novelas más importantes en la historia de la literatura boricua.

Esta semana, por otro lado, se supo que la agencia dio un contrato de $16.9 millones a una empresa de Estados Unidos por una campaña de valores. En momentos en que tan abismales carencias agobian a Puerto Rico, esto le hirvió la sangre a muchos. La secretaria, en vez de explicar sosegadamente que, por requisitos federales, el dinero solo podía usarse para eso, se puso sarcástica en las redes asumiendo que todo el mundo debía conocer esas interioridades.

Así, se pueden mencionar muchos otros ejemplos de lo mismo: a la secretaria como que le cuesta concebir que alguien se oponga a algo que ella propone. Ante las críticas, muchas legítimas, muchasparte del debate natural de las democracias, la secretaria se atrinchera, dispara, divide y encona.

Keleher dirige una organización con un presupuesto de $2,600 millones, que tiene 51,000 empleados, 1,110 sucursales (escuelas) y que atiende una clientela fija de cerca de 300,000 todos los días. Eso es, por mucho, la organización más grande y compleja en Puerto Rico.

Es la agencia de la que, más que cualquier otra, depende nuestro futuro. Todos estamos pendientes y todos vamos a seguir pidiendo cuentas.

Alguien, quizás, debió haberle advertido esto a Keleher cuando empezó.

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