Maite D. Oronoz Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Maite D. Oronoz Rodríguez
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Justicia para nuestra niñez

Todo proceso judicial involucra un drama humano. En ocasiones el drama nos conmueve más de lo usual por la vulnerabilidad de sus protagonistas y por la gravedad del daño infligido a las víctimas. Los procesos judiciales en los que se dilucidan alegaciones de maltrato contra niños y niñas son ejemplo vivo de ello.

Escuchar el testimonio de un niño sobre los horrores que ha vivido de manos de un adulto, presenciar el testimonio de un médico que describe con detalle la fractura de una criatura con sólo meses de edad y ver declarar en un proceso judicial a una trabajadora social que ha investigado alegaciones sobre el abuso más crudo en contra de una niña o un niño, son algunas de las dificultades que enfrentan a diario quienes defienden a aquellos que —por su edad— no pueden hacerlo por sí mismos.

Todos los días jueces y juezas, y tantos otros que viven y trabajan la tarea de adjudicar la justicia, asumen como un compromiso profesional y moral, el imperativo de proteger los derechos de todas las partes, sin distinción. Esa tarea exige valentía. No hay en ella espacio para la vacilación o la debilidad.

Reconozco, sin temor, que errar es parte de la naturaleza humana, por lo que los jueces no estamos exentos de equivocarnos. Sin embargo, sé, porque los conozco, que nuestros jueces y juezas reconocen que los niños y niñas forman parte de los grupos más vulnerables y que por ello merecen nuestra protección más decidida. A ellos tenemos que garantizar el acceso a la justicia, un pilar fundamental de la Rama Judicial.

La complejidad de los procesos judiciales sobre el maltrato de menores a veces no se comprende a cabalidad. La vía criminal evalúa una imputación de delito. Aun cuando la víctima merece toda la protección del Estado, el imputado goza de derechos que se deben garantizar, incluidos el derecho a la presunción de inocencia y a un juicio justo e imparcial. Las vías civiles, por su parte, procuran proveer a la víctima su seguridad y bienestar con un enfoque interdisciplinario que reconozca la importancia de garantizar, hasta donde sea posible y beneficioso, la permanencia de los menores en su núcleo familiar.

Probar una imputación de maltrato, tanto en la vía civil como en la criminal, supone aportar prueba. En ese proceso los jueces escuchan testimonios de personas con conocimiento personal de los hechos, así como de peritos, cuyo testimonio está sujeto a evaluación judicial. A lo largo de todo el proceso los jueces tienen que preservar su imparcialidad, sobre todo ante alegaciones conflictivas de las partes.

La justicia para la niñez supone sensibilidad de parte de todos los que componen el sistema de justicia. Cada cual tiene su rol. A los jueces compete evaluar la prueba con sensibilidad para, frente a las alegaciones frecuentemente contradictorias, producir un resultado justo.

Los jueces también son parte del drama humano que se vive a diario en los tribunales. Ellos y ellas son, a fin de cuentas, quienes tienen sobre sus hombros y conciencia la responsabilidad de resolver los casos de manera justa, sensible y conforme a derecho.

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