Chu García

Tribuna Invitada

Por Chu García
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Kobe Bryant: rey indiscutible de la vanidad

Si Kobe Bryant hubiese sido sicólogo o filósofo jamás hubiera hallado la cura para la vanidad: la lleva impregnada en cada uno de sus poros; y, lo que es peor, no pone reparos en clamarlo a los cuatro vientos.

El 27 de marzo, en un programa televisivo de medianoche, Kobe, con cinco sortijas de campeón, 18 Juegos de Estrellas y un MVP en 2008, sentenció que estaba por encima de Michael Jordan y LeBron James, otro que también se puso en la cima en 2016 tras conducir al título a Cleveland sobre Golden State.

Después del batacazo de envanecimiento de Bryant, que jugó sus 20 temporadas con los Lakers, y en tres de sus cetros corridos tuvo de acompañante a Shaquille O’Neill, quien se enojó con su engreimiento y pidió ser cambiado a Miami, la revista digital The Athletic hizo una encuesta con 117 jugadores de la NBA y el 73% escogió como monarca a Jordan, el 11.9% a James y el 10.6 a Bryant; recibiendo menos de dos puntos las glorias Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson, Allen Iverson y Kevin Durant, llamando la atención que no mencionaran a Bill Russell, 11 campeonatos con Boston, Wilt Chamberlain y Larry Bird.

Hay que respetar, en cierta medida, la opinión de Kobe, más que todo por su sinceridad, aunque mezclada de petulancia, pero sabe además que el elogio debe salir del prójimo porque autovanagloriarse es hijo legítimo de la egolatría.

El propio Jordan, que gustaba de presumir en los partidos con su sonrisa pícara y su lengua mordida a la mitad, gesticulaciones imitadas por Kobe, ha rechazado llamarse Number One, consciente que lo es, lo que, al menos, indica respeto por otras piedras preciosas actuales o retiradas.

Asimismo, Kobe disfrutó a plenitud en su retiro en 2016 que le rindieran homenajes cuando visitaba canchas por última vez, contrario a Tim Duncan y Manu Ginóbili, ambos de San Antonio, y Dirk Nowitzki, de Dallas, que optaron por la humildad y la ecuanimidad.

Bryant, ciertamente, fue un fenómeno, pero su altivez lo hace merecedor a colarse en el agujero negro del Universo que acaba de ser retratado.

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