Eudaldo Báez Galib

Punto de vista

Por Eudaldo Báez Galib
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La angustia de ser puertorriqueño

Al celebrarse la independencia de Estados Unidos, y luego de más de un siglo de pertenecerle, pero sin ser parte, fuerza una introspección de nosotros, “El pueblo de Puerto Rico”. Ir al espejo de la realidad, aunque “Ni siquiera un espejo te mostrara a ti mismo, si no quieres ver”. 

Cuando un pueblo carece de la capacidad de indignarse, pierde su pegamento social. Se convierte en un reguero de inestabilidad e indiferencia. Duele señalarlo, pero estamos así. Nunca antes en nuestra historia habíamos sido expuestos a tantas adversidades humillantes a la vez. Y sorprender reaccionando con: ¿y qué?

No hace tanto anduvimos por buen camino. Hubo visión, determinación y acción. Aquella era de superación, marcada por altos índices normativos, ha sucumbido al revisionismo histórico en su dimensión peyorativa. Revisión manejada con fines politicastros para borrar ejemplos que evidencian la capacidad de superación que tuvimos y de que nuestra fuerza interna no depende de alguien, sino de nosotros. Fue cuando nos indignó aquella pobreza, el analfabetismo, los cuerpos enjutos y una terrible hambruna de derechos. Abandonamos el ser un “reguerete de gente”, de “yoes”, para ser un “nosotros.

Quienes reescriben nuestra historia tienen como meta agendas personales que peligran al conocerse aquellos ayeres. Rememoran, fastidiosamente, al famoso revolucionario francés que expresó, “Si quieres triunfar en este mundo, tienes que matar tu consciencia” (Mirabeau, figura destacada de la Revolución, pero a la paga de los enemigos de esa).  

Subrayemos, entonces, cómo nuestra quiebra, sus arquitectos y favorecedores, no indignan al pueblo. Tampoco indigna que Estados Unidos deshizo nuestro gobierno electo, ni que dispuso de una Junta para sustituir nuestras ramas de gobierno derogando la Constitución, inconsultamente. Menos aún, que ese acto de indignidad del gobierno federal es para “enderezar” comportamientos de aquí que nunca nos indignaron (sí, es un ciclo de absurdos). Y yendo a lo ridículo, ya no nos indigna ni el golpetazo a nuestro vehículo en un boquete en el pavimento que no se repara porque el dinero está comprometido a un contrato partidista. Menos aún que nos mientan a conciencia porque se sabe que somos inmunes a la indignación. 

Así que, cuando hablemos de corrupción, ¡prohibido enfadarnos! Nosotros, el pueblo, la fabricamos con nuestra actitud. Algunos por indiferencia que siglos de sumisión ha convertido en un síndrome de inevitabilidad. Otros, los que dependen del Estado para su subsistencia, chantajeados. Pero, más hiere quienes se lo gozan, pues los beneficios marginales favorecen sus intereses económicos con camuflaje ideológico.

Y, por supuesto, los puntales de la sociedad. “Es natural que los que comen del bolsillo de la patria la amen como su vida, es decir, como su pan.”

Duele, entonces, repetir lo que tantas veces he planteado. Nada cambiará hasta que logremos un puertorriqueño nuevo. Uno que rabie de indignación. O como poetizaba De Diego, que por lo menos “rebuzne”.

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