Manuel Martínez Maldonado

Tribuna Invitada

Por Manuel Martínez Maldonado
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La aniquilación de las abejas y otros polinizadores

Además de su relación con ciertos tipos de cáncer, como ha señalado en este diario el doctor Fernando Cabanillas, el agente químico conocido como glifosfato, podría estar vinculado a limitar la capacidad polinizadora de abejas, mariposas e incluso del colibrí.

Hace unos años, la muerte significativa de abejas ha causado alarma entre entomólogos y expertos en apicultura, así como entre los agricultores. Sin embargo, aún no se entiende del todo qué está causando la muerte de estos insectos, indispensables para el bienestar y desarrollo normal de una larga lista de alimentos, incluyendo algunos de los más saludables de la dieta humana.

A pesar de la incertidumbre sobre la causa de la pérdida de las abejas, la ciencia, tan indispensable como los polinizadores, ha descubierto, como se informó en Proceedings of the National Academy of Science en 2018, que el glifosfato ataca una enzima que causa alteración en la flora intestinal de esos insectos y los hace susceptibles y sensibles a bacterias letales. Es una explicación de por qué se mueren las colonias.

El problema no se queda ahí. La belleza de las mariposas es legendaria pero, sin ellas, que constituyen el segundo grupo más numeroso de polinizadores, las cosechas no serían tan abundantes ni tan perfectas. Aunque no son tan eficientes como las abejas en influenciar directamente el suplido de alimentos, lo hacen con las flores y la maleza silvestres. En vez de estorbos, estas plantas fijan la tierra y le dan sostén para que no se pierda la capa que tiene el nitrógeno y otras sustancias necesarias para otros cultivos. Más importante tal vez, ayudan a los árboles a sobrevivir y a eliminar el bióxido de carbono que nos enfermaría.

Las poblaciones más notables, las Monarca, cuya emigración desde Canadá, el noreste y mediano oeste de Estado Unidos a los bosques del centro de México es un fenómeno maravilloso, han sido víctimas del glifosfato. La razón es que el insecticida mata el lugar donde ellas ponen sus huevos, el algodoncillo (milkweed; ¡que hace que la oruga sea venenosa a los predadores!).

Aunque en febrero se informó en Science que las poblaciones de esos insectos emigrantes a México aumentaron dramáticamente, al oeste de las Rocallosas se vislumbran problemas por su pérdida.

Ciertamente, no se puede minimizar la influencia negativa del cambio climático, el uso inapropiado de terrenos, y el de herbicidas, pero considero que regar el glifosfato en la Naturaleza lo empeora todo.

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