Eduardo Villanueva

Tribuna Invitada

Por Eduardo Villanueva
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La “atrapacheles”

El trabajo es un recurso imprescindible para garantizar la dignidad del ser humano. En las sociedades capitalistas el trabajo se ha convertido cada vez más en un instrumento de control de conducta y de sumisión para el que no lo tiene.

Por eso es que los informes de juntas financieras, de bancos mundiales y de fundaciones o tanques de pensamiento, hablan de achicar el gobierno, reducir salarios y fortalecer la empresa privada acelerando la obtención de permisos.

Es el gobierno permanente del gran capital y del neoliberalismo, que influye en la elaboración de política pública para que los empleos no sean permanentes, sea casi imposible sindicarse y el periodo probatorio sean más extenso, de modo que casi, a punto de aprobarse, como Sísifo con la piedra, el periodo probatorio no se dé por aprobado.

En tiempos tan complejos y en condiciones tan desiguales para el que vende su fuerza de trabajo, el empleo propio, los “cuentapropistas”, como dicen en Cuba, los que aprenden diversas destrezas, para que, si no retienen un empleo en lo que han logrado hacer ver que tienen destrezas, logran adquirir destrezas diversas.

De modo que si no trabajo en una tarea, trabajo en otra y me convierto en necesario casi permanentemente.

Conocí a una señora dominicana, cuyo nombre me reservo, que estando en su país y fuera de su país, ha logrado de manera legal, con residencia para ello, aprender diversos oficios y destrezas. Sabe de bienes raíces, vende ropa, es estilista de belleza, ha manejado negocios de restaurante con comida y bebida. Limpia casas, hace “catering” y aun recorta, cuando quiere y cuando le parece.

Ella dice que es una “atrapacheles”, es decir, busca el peso que en la jerga dominicana son las monedas, “cheles”, donde aparezcan y donde se los pueda ganar honradamente. Dice que no puede vivir sin cinco “cheles” en el bolsillo. Con eso ha ayudado a su familia extensa de más de veinte miembros. No se le oye una queja ni un lamento por la pobreza de la cual emergió. Ríe estruendosamente, y si quiere hacer un favor, lo hace y corre para que no se lo paguen. Atrapa “cheles”, simpatía, respeto y cariño, monedas que no son de cambio ni de uso común, pero son de valor imperecedero.

Tenemos mucho que aprender, hombres y mujeres en mi país, de cómo restaurar lo que era un timbre de orgullo antes de la dependencia entronizada por los cupones de alimentos. Aquí se pierde café por falta de mano de obra. Se malgasta comprando ropa para sustituir ropa que aún sirve, porque no hay costureras que laboren desde su hogar. Se prefiere ir al “laundry” porque ya no se lava ni plancha a domicilio. Proliferan los “fast foods” y con ello el hígado graso en los niños, porque no se cocina para el vecindario o para comedores sociales. Los edificios abandonados en los municipios carecen de pintura, de restauración del hormigón, del metal y de la madera, aun cuando hay desempleados que saben hacer tareas de construcción y mantenimiento útiles para restaurar esos edificios. Son locales que pueden servir luego para enseñar música, bellas artes, carpintería, ebanistería, plomería, manualidades y artesanías de diversos tipos.

No es difícil pasar trabajo pensando en cómo crear empleos diversos que aumenten la producción, la autogestión y la iniciativa propia. Claro, esos que trabajan y se ganan la vida por cuenta propia, son menos dóciles y menos propensos a ser manipulados por la burocracia política, que los que dependen de cupones, sección ocho y subsidios de agua y luz. Por tanto, su capital electoral es menos rentable, aunque su dignidad humana se incremente, al ser menos dependientes.

Hace falta un contingente de hombres y mujeres que sean “atrapacheles”, sin dádivas, con la ética del trabajo restaurada, inmersos en una verdad sencilla: el trabajo honra, el sudor dignifica cuando se produce para buscar el sustento.

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