Julio A. Muriente Pérez

Tribuna invitada

Por Julio A. Muriente Pérez
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La batalla por la Universidad

En agosto de 1967—hace cincuenta años-- se inauguró el Colegio Regional de Arecibo (CRA) de la Universidad de Puerto Rico, con una matrícula menor a los mil estudiantes, provenientes de los pueblos de la región. Ingresé al CRA poco después de graduarme de cuarto año en la escuela María Cadilla de Martínez, en mayo de 1967. Acababa de cumplir 16 años.

Esta modesta institución universitaria ubicaba en la barriada Buenos Aires, contiguo al centro del pueblo del cual a mucho orgullo soy oriundo.

El director designado del CRA era Roberto Rexach Benítez, quien más adelante se convertiría en legislador del Partido Nuevo Progresista (PNP) y presidente del Senado. Su esposa y prima hermana, Celeste Benítez Rexach, dirigía el departamento de Humanidades. Años después se transformaría en una activa dirigente del Partido Popular Democrático (PPD), tras haber fungido como Secretaria de Educación.

¡Fui asignado a la sección 551, donde habíamos 21 estudiantes, veinte muchachas y yo…!

Los tres años que pasé como estudiante universitario en el Colegio Regional de Arecibo han sido, sin lugar a dudas, determinantes en mi vida. Eran los tiempos de la guerra de Vietnam, de la lucha contra la presencia del ROTC en la Universidad, de la llegada de una administración del PNP al gobierno colonial, del centenario del Grito de Lares y de un significativo auge de la lucha de independencia.

En 1968, un grupo de estudiantes—apoyados por dirigentes estudiantiles del recinto de Rio Piedras-- fundamos un capítulo de la Federación de Universitarios Pro Independencia (FUPI) en el CRA, que me correspondió presidir. Simultáneamente ingresé al Movimiento Pro Independencia (MPI), antecesor histórico del Partido Socialista Puertorriqueño (PSP).

Guardo gratos recuerdos de esos años en el CRA y de las muchas personas con quienes compartí entonces, en plena adolescencia arecibeña. Desde entonces me acompañan el olor a tinta de mimeógrafo, el afán por la lectura y el compromiso activo con mi País.

En 1970—pocos meses después del asesinato de mi querida compueblana Antonia Martínez Lagares-- me trasladé al recinto de Río Piedras de la UPR. Tras los sucesos del 11 de marzo de 1971 fui suspendido sumariamente. Al siguiente semestre, cuando presidía la FUPI de Rio Piedras, fui expulsado de por vida, acusado de varias presuntas faltas. Tenía veinte años.

A finales de la década de 1970 no me quedó otro remedio que irme al extranjero a estudiar. Fue así como llegué a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde estudié Geografía.

Regresé a Puerto Rico cargado de nuevas experiencias. También con un “título” que, aunque parezca increíble, me abrió las puertas del recinto de Río Piedras, ahora como profesor. El entonces presidente de la UPR Fernando Agrait decretó una amnistía a los estudiantes expulsados por décadas. De manera que, además, pude iniciar y completar trabajosamente, mi doctorado en Historia de la UPR.

Llevo casi treinta años como profesor, en la Facultad de Ciencias Sociales del Recinto de Río Piedras de la UPR. La experiencia ha sido inigualable. Compartir con estudiantes, educadores y trabajadores universitarios; participar en las luchas libradas aquí, contribuir aunque sea un poco en la formación de nuestros jóvenes universitarios, ha sido un enorme privilegio.

Han pasado cincuenta años—medio siglo—desde que entré por primera vez a un aula universitaria. La Universidad ha sido la mayor parte de mi vida. En gran medida, lo que soy se lo debo a la UPR.

Hoy los universitarios enfrentamos nuevos retos. Son muchas las amenazas que se ciernen sobre este patrimonio de nuestro Pueblo. Hoy como ayer, daremos la batalla a favor de la Universidad. Es un deber de vida. 

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