Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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La burbuja

Puerto Rico despierta interés en el mundo. La curiosidad se viene fraguando hace años, pero a raíz del huracán María y sus secuelas, el interés de parte de instituciones académicas y de medios de prensa ha aumentado considerablemente.

Por casi un año ya, Puerto Rico no ha desaparecido de la prensa escrita, la televisión y las redes sociales de Estados Unidos y otras naciones. Nuestras imágenes han asombrado, cuando no chocado, a lectores y televidentes. El descubrimiento del monto de la deuda pública, la precariedad de la red eléctrica, la vida paupérrima de al menos la mitad de la población, la ineficiencia y tendencia de sus gobernantes a la corrupción, han sobrecogido a un número incalculable de personas. Sin embargo, la curiosidad de los ciudadanos de otros países, y especialmente de los estadounidenses, ha soslayado o puesto en un plano muy secundario al gobernador y otros funcionarios del gobierno. Estos, indudablemente, han aparecido en los reportajes de la prensa y la televisión, pero no han logrado captar la atención. Han sido vistos como figuras inciertas y dubitativas, como gente incapaz de respuestas claras y firmes y se les ha observado desde la desconfianza, con la sospecha de que en alguno de los bolsillos del traje traían una agenda oculta.

En los reportajes de grandes consorcios mediáticos y los trabajos realizados sobre la isla por prominentes periodistas e intelectuales, la oficialidad gubernamental cuenta tan poco que a veces ni se la menciona. Esta circunstancia es exactamente el opuesto de lo que ocurre dentro de Puerto Rico.

Hace apenas dos semanas, participé en un simposio dedicado al país en la Universidad de Oxford en Inglaterra. A lo largo de todo un día se discutió nuestra situación a partir de tres conferencias a las que reaccionaron igual número de comentaristas. Al final, se llevó a cabo una mesa redonda en la que participaron los seis deponentes de la jornada y que moderó Lloyd Pratt, profesor del Departamento de Inglés de Oxford. Pratt es estadounidense, blanco y no sabe español. El simposio se condujo en inglés y, a lo largo de sus muchas horas, a Pratt se le vio en las primeras filas tomando notas.

Su introducción a la mesa redonda no resultó ser un formalismo académico. Pratt había preparado un texto y en la pantalla de la sala iría comentando escenas de varios documentales. Al escucharle y luego al conversar con él, pude comprobar las razones de su interés por nuestro país. Lloyd Pratt no es sencillamente un estadounidense blanco, sino que a estos datos hay que añadir que es de Nueva Orleans. Su ciudad, familia y amigos fueron víctimas de Katrina. Mientras hablaba de esta experiencia, pude detectar el tono de voz que se va ahogando en la emoción que, de un tiempo a esta parte, es tan común entre nosotros. En su relato y argumentaciones se hallaban el dolor por los muertos y la indignación ante el trato recibido después de la catástrofe. Allí, en una sala del Instituto de Estudios Estadounidenses de uno de los 38 colegios que componen una de las universidades más prestigiosas del mundo, estaba, pervivía, se respiraba la carga humana de los huracanes y de sus secuelas sociales y políticas. Cientos de miles de habitantes de Nueva Orleans perdieron su ciudad, al igual que un número comparable de puertorriqueños se encuentran ahora en el proceso de perder a su país.

Puerto Rico interesa al mundo porque se inscribe en una cadena de depredaciones económicas y sociales que manifiestan nuevas formas de gestión de gobiernos y centros económicos. Ahora, la catástrofe ya no es un final, sino la oportunidad, el principio para generar una transformación en la que sus víctimas se abstraen y no se toman debidamente en cuenta. María y Puerto Rico no son por tanto un hecho aislado, sino un capítulo importante en un proyecto de una nueva conquista de las sociedades. En este nuevo designio globalizado, el número de víctimas es extraordinariamente alto y los beneficiados son pocos e, irónicamente, las más de las veces no vivieron el huracán. Puerto Rico es pertinente porque le muestra al mundo lo que será el futuro.

Al regresar al país, me topé con su abrumadora cotidianidad que parece reducir las riquezas y complejidades de la realidad a las pugnas entre dos partidos o, mejor sea dicho en estos días, de las facciones dentro de uno solo. Dos nombres se repiten constantemente: Rosselló y Rivera Schatz. Cuando el martes pasado el gobernador se dirigió al país exigiendo una sesión extraordinaria del Senado, cuando al día siguiente Rivera Schatz se negó vehementemente a este pedido, fue que caí en cuenta de que estos políticos probablemente no fueron mencionados una sola vez en las muchas horas de discusión en Oxford. Lo mismo, sin duda, ha ocurrido en incontables simposios, artículos, conferencias y reportajes.

En su inmensa mayoría, los políticos puertorriqueños son incapaces de pensarse fuera de la colonia. Sin embargo, su incapacidad no es circunstancial y temporal, sino el resultado definitivo de una deformación. Muchos no han vivido un solo minuto de sus vidas fuera de las supersticiones de la excepcionalidad puertorriqueña. Su mundo siempre ha sido privilegiado, minúsculo y bizarro: el mundo más desmundializado que se pueda imaginar.

Así, en esta semana, firman un proyecto de presupuesto como un “acto simbólico” en un gobierno que ha sido por 120 años toda una simbología de la ausencia de poder. Así, en esta misma semana, el gobernador afirma que “le duele” que los puertorriqueños emigren del país, cuando tan solo unos días antes se presentaba en Washington la última estrategia para la obtención de la estadidad. ¿Cómo alguien impulsa con su presencia esta medida y apenas días después conmisera a aquellos que parten al exilio en el país al que pretende unirse?

Vivir con estas contradicciones e incoherencias sólo es posible cuando se ha estado indefinidamente en situación de desoír la crítica o prescindir de la autocrítica. Quizá sea posible cuando se ha pertenecido a los propietarios de la burbuja de la colonialidad puertorriqueña. Fuera de ese medio singular y enrarecido, no existe indicio de capacidad alguna: ni intelectual ni política y, por ello, no hay peso ni protagonismo posibles. El cerco que impone la burbuja alberga una sopa de palabras incoherentes y muertas.

Conceptualmente, el presidente del Senado es también un distinguido habitante de la burbuja, solo que, a diferencia del gobernador, ha buceado provisto de una escafandra las calles, en las que como decía Palés "el pueblo se morirá de nada" y, como tantos otros políticos, ha heredado por generaciones la administración del poder ausente. Como el gobernador, es un símbolo con piernas, lo único que viene entrenado para doblar brazos y columnas vertebrales. La cúpula del Capitolio es también un plato de sopa con palabras muertas.

Hoy más allá de la burbuja sólo hay una cosa: la Junta. Sin haber sido electos, sin pertenecer al país, con lealtades puestas en otra parte e intereses precisos que nos son ajenos, está a punto de imponer un presupuesto que añadirá capítulos al huracán María. Ante ella Rosselló y Rivera Schatz hiperventilan desprovistos de oxígeno suficiente dentro de la burbuja. Sin embargo, no se ve la salida por ninguna parte, porque no la habrá si no se deja de comer sopa de palabras muertas.

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